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Un Cuento de Navidad


Por Carlos César Contesti

Esta historia que les voy a contar, llegó a mis oídos accidentalmente, quizá por escuchar lo que uno no debe, pero de cualquier manera es ya de mi conocimiento y comienza de la manera tradicional que lo hacen todos los cuentos maravillosos.

Hace mucho, muchísimo tiempo, tanto que por entonces Papá Noel aún no tenía barba, existió un bosque repleto de vida. La vegetación compuesta por enormes árboles y tupidas plantas, albergaba a un sin fin de animales que hallaban sombra en el verano y cobijo durante el invierno.

En cercanías de la navidad, un manto de nieve cubría el lugar y sus habitantes permanecían en las madrigueras, cuevas y nidos durante la noche y salían a conversar con sus vecinos mientras los débiles rayos de sol jugaban con sus sombras.


Una gran variedad de especies convivía en este maravilloso lugar y todos ellos eran muy felices... bueno, casi todos.

En lo alto de un viejo árbol seco, vivía un pajarillo muy triste; en las noches calmas, podía ocasionalmente escucharse sus lamentos. ¿Cuál era la causa de tanta tristeza? El motivo por sencillo era terrible a su vez, la pequeña avecilla tenía un plumaje de un gastado color marrón y a pesar de que todos los años pedía como regalo de navidad un color distinto para sus plumas, ni siquiera el propio Papá Noel podía ir contra la naturaleza para complacerlo. Un año le regaló un hermoso gorro rojo similar al de él, otro le trajo un nido muy confortable, en esta ocasión tenía planeado llevarle una hermosa bufanda blanca como la nieve, pero en el fondo sabía que estos presentes no podrían
borrar la pena del ave.

La víspera de la noche buena, presentaba un sabor especial, los animalitos del bosque conversaban animadamente, con la inquietud que produce la curiosidad de saber que regalo recibirían ese año.

Cuando la luz del día se fue esfumando y las sombras comenzaron a reinar, un fuerte viento se abatió sobre el bosque. Soplando con vigor, arrancando silbidos a los objetos asombrados por su bravura, meciendo el follaje de los gigantes y barriendo alborotadamente las hojas del suelo. Ante la presencia del travieso y feroz vendaval, los
animales corrieron a refugiarse, cada uno en su hogar. Ya tendrían tiempo mañana de hablar y lo que es mejor aún, de mostrar sus nuevos regalos.
El pajarillo triste, se metió en un hueco de su árbol y permaneció allí esperando la calma y la llegada del nuevo día, pero sin ninguna expectativa. Afuera una llovizna fría, comenzaba a congelarse y convertirse en copos de nieve, que volaban con gran velocidad y se estrellaban en las ramas y en el suelo; nadie recordaba una tormenta tan fuerte como ésta.

Una lechuza muy anciana calmó a sus nietitos diciéndoles que el viento, tenía apuro de llegar a su casa para abrir sus regalos. Nuestro amigo, preparado para ir a dormir, se colocó el gorro de abrigo y se metió en el cálido nido para luego cerrar sus ojos. A punto
estaba de dormirse, cuando un ruido llamó su atención; se quedó quieto escuchando por largo rato, pero el sonido no se repitió.

Suponiendo que era un quejido del aire, se dispuso a olvidar el asunto, pero no pudo; otra vez y más claro que antes llegó a sus oídos un ahora muy claro pedido de auxilio. Se asomó al hueco y entonces divisó entre las ramas secas a un grupo de mariposas, que golpeadas por la furia del viento, en vano trataban de protegerse. Sin pensar en sí, ni en el peligro de su acción, el ave se lanzó en picada hacia las infortunadas víctimas, una a una las fue llevando a su hogar para repetir nuevamente la maniobra, solo se detuvo cuando estuvo seguro de tener a todas consigo.

Habiendo culminado el rescate, las observó temblar con preocupación, si no hacía algo más por ellas, puede que algunas no sobrevivieran. A fin de darles calor, con la misma delicadeza con que las había salvado, las acomodó entre sus plumas y a pesar del frío que le producía, las mantuvo allí durante toda la noche.

Con la llegada del alba, el viento había dejado el bosque y un tímido sol se asomaba desperezándose en el horizonte; el ave se despertó y con satisfacción pudo ver que las mariposas estaban vivas. Se asomó a una rama y abrió sus alas para permitirles salir, los
insectos sacudieron las suyas y se elevaron felices de su suerte.

- ¡Gracias pajarito de los infinitos colores por salvarnos! Que la suerte esté siempre de tu lado. – se despidieron con cortesía y llenas de agradecimiento.
Las vio alejarse y dijo para sí: - Las salvé de una muerte segura y aún así se burlan de mí, yo un pajarito de muchos colores, que descaro. Mientras decía esto, se colocó en el cuello la bufanda regalo de navidad y bajó hacia el lago a beber; al llegar a la orilla, el agua cristalina le devolvió a sus ojos la imagen de un ave preciosa, el pajarillo se dio vuelta buscando al propietario del reflejo, más no pudo hallarlo.

Entonces, sin querer se miró a sí mismo y asombrado observó que en su cuerpo, tenía miles de colores distintos, en cada lugar donde albergara una mariposa, sus plumas se tiñeron de los magníficos tonos de las alas de estas.

Una lágrima, pero esta vez de alegría cayó de su rostro por última vez, el pajarillo corrió junto a los demás, que no dejaron de maravillarse con la novedad. Más tarde comprendieron al oír a las mariposas, que se trataba de una justa recompensa para alguien que sin pensar en si, arriesgó su vida por los demás.

Hoy en día si pasas por el bosque, puedes ver a una de las más preciosas aves en lo alto de un viejo árbol seco, su canto es una plegaria a la vida; si lo oyes, sabrás que los milagros existen.

   


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Publicación de Fundación UNIDA
Año 4 Número 44
Diciembre de 2007

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