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| Resumen
“…una verdadera catástrofe ecológica…”; así fue calificado el proyecto Paraná Medio por el grupo de estudios ecológicos contratado hace años por Agua y Energía. Esa calificación fue censurada, pero es evidente que las obras gigantescas, si bien se publicitan (en forma masiva) solamente sus beneficios, son catastróficas. Por los enormes movimientos de tierra que aniquilan el paisaje. Por formar “lagos” artificiales que inundan cientos de miles de hectáreas que, por ser los valles de los ríos, están llenas de valores agrícolas, paleontológicos, turísticos, históricos, edilicios, faunísticos, florísticos y paisajísticos (en el caso del Paraná Medio serían 1.500.000 hectáreas). Por cubrir de cemento o de acero grandes áreas, antes llenas de vida. Por alterar el drenaje, las napas subterráneas, el régimen normal de los ríos, lo cual daña a la flora, la fauna, la agricultura y la ganadería. Por destruir miles de hogares y chacras, considerados por los funcionarios como “un ínfimo porcentaje del costo de la obra”. Por transformar economías regionales y modos de vida.
¿Por qué se hacen obras que dan estos resultados? Se dice que son imprescindibles. ¿Es cierto? ¿Hubo verdadera investigación científica? La ciencia busca la verdad, sea cual sea; en cambio, en estos casos, se busca demostrar y justificar las bondades de las obras. Esto fija de antemano el “resultado” de la investigación —que entonces no es tal—. Por eso, por más aparatos modernos y millones de “horas-hombre” que se usen en los estudios, siempre se encontrará ese dictamen favorable buscado; aunque el construir tales obras es desastroso. Para imponer estas obras, se hacen afirmaciones optimistas sin fundamentos. Se llega a “aclarar” que el dictamen debe ser favorable, como paso previo antes de establecer los contratos con los “investigadores”. Todo esto se repite en innumerables casos, en muchos países. Se considera a los informes de impacto ambiental, como cuestiones de relaciones públicas, o simplemente como obstáculos, “trámites sin sentido” que los bancos internacionales exigen para dar préstamos. El caso más reciente es la represa de Urugua-í, en Misiones, pero hay muchos otros en el país. Un grupo de 10 científicos y técnicos del grupo de estudios del Paraná Medio, firmó una carta donde decían que se sentían obligados a declarar que la obra no debía hacerse porque era catastrófica. Esa carta desapareció, y no figura en el informe publicado por Agua y Energía.
Muchas veces se habla y escribe públicamente sobre las grandes obras hidroeléctricas como si la generación de electricidad y de “fuentes de trabajo” fueran sus únicos resultados, y como si las únicas dificultades para hacer estas obras fueran los problemas financieros.
Pero las represas gigantes en grandes ríos de llanura siempre provocan cambios drásticos en áreas de cientos de kilómetros cuadrados de extensión, en el caso del Paraná Medio en una superficie de más de un millón y medio de hectáreas. Esto afectaría destructivamente a millones de personas, en realidad a todo el país, como iré explicando, y no se puede compensar con el aumento de producción eléctrica ni con los supuestos nuevos empleos - que en su mayoría durarían mientras se construye la obra.
Los embalses eliminan hogares, chacras, economías regionales, ciudades.
Serían destruidos todos los puertos del Paraná Medio, haciendo obligatorio reconstruirlos. Por alterarse el tipo de oleaje a causa del enorme embalse, serían inservibles las actuales chatas de transporte y sería necesario reemplazarlas. También sería imprescindible hacer de nuevo el balizamiento. Todo esto es enormemente costoso.
Desaparecerían las islas del Paraná Medio, eliminándose así la opción de hacer el modo de vida del isleño, ya sea como residente o como turista. El tan conocido, valioso y apreciado Litoral, que por algo es tema de tantas canciones y poesías, sería nada más que un recuerdo. Serán cuestiones sentimentales, pero las incluyo porque muchos parecen haber olvidado que un ser sin sentimientos no sería humano. Y lo que importa es el ser humano íntegro, las obras y cifras por sí solas no valen nada.
El Paraná Medio quedaría transformado en una extensión monótona de agua de más de un millón de hectáreas, sin islas, chata, vacía y lisa, rodeada de inmensos barreales desolados y un paredón de casi trescientos kilómetros de largo reemplazaría a la orilla santafesina, impidiendo ver el río a menos que uno esté en el borde. Todo eso en lo que ahora es una de las regiones más valiosas, dotada de uno de los paisajes más maravillosos, donde se combinan armoniosamente bosques, brazos de río, cultivos y pasturas de gran valor, casas, ciudades y pueblos, playas, islas grandes y chicas, barrancas, madrejones, arroyos y lagunas llenos de vida. Paisajes del mayor atractivo turístico, selvas, una fauna diversa y llamativa de aves, una vegetación muy variada.
Algunos dicen que, como esas islas y costas del litoral son inundables, valen poco. No tienen en cuenta que las crecientes normales son temporarias y renuevan la productividad de los suelos del litoral. El proyecto Paraná Medio haría la destrucción permanente de miles de kilómetros cuadrados de tierras que están entre las más productivas del país desde todo punto de vista, de una región de valores agropecuarios, culturales, turísticos, recreativos, deportivos, históricos, arqueológicos y científicos inigualables, de paisajes que son de lo más lindos, pintorescos y tradicionales.
Estas razones han sido suficientes para detener la construcción de represas gigantes en países con mayor experiencia en represas y una población más consciente de las realidades ambientales (Lewin; Bs. As. Herald).
Efectos de la alteración del régimen de crecientes y bajantes
La fauna y la flora necesitan el ciclo natural de crecientes. Las subidas y bajadas del nivel de agua causadas por el funcionamiento de las represas no coinciden con ese ciclo natural (1). Por eso es muy común que parte de los valles de ríos endicados estén inundados en épocas del año en que los seres vivos necesitan aire, y secos cuando los animales y plantas necesitan agua. Esto mata la vegetación, silvestre, cultivada o forrajera y mata los huevos de muchos animales y las crías que todavía no pueden escapar. Sin plantas, no puede haber fauna. También la ganadería y los cultivos se hacen imposibles (2). Por eso en todos los embalses se ve una zona sin vida, que los rodea. En embalses hechos en ríos de montaña, que corren por valles de paredes naturales de roca casi verticales, la superficie de esta área muerta es menor. Pero en los grandes ríos de llanura, un aumento de pocos metros en el nivel del agua puede cubrir muchos miles de hectáreas, que vuelven a quedar secas cuando baja el nivel del embalse. Así se producen inmensos barreales desolados. Este efecto se extiende muchos kilómetros río arriba y río abajo de los embalses.
Y esa franja, por quedar sin vegetación que la proteja, es desgastada por la lluvia, el viento y el río, produciendo sedimentos que rellenan el embalse; la orilla es socavada cada vez más. Esto puede destruir ciudades y cultivos, a menos que se construyan defensas, que son costosas y destruirían lo poco que quedaría del paisaje.
Cambios en la fauna y la flora
Desaparecerían el dorado, el surubí, el pacú, la boga, el sábalo, y otros peces que para reproducirse necesitan recorrer distancias grandes por los ríos; las represas se lo impiden, y como las escaleras y elevadores para peces cuestan mucho, hay gran oposición a hacerlos, y aún los mejores permiten el paso de mucho menos peces que el río sin represar. Hay un proyecto de usar un riacho lateral, como “escalera para peces”, pero esto causaría más problemas graves de erosión, inundación, anegamiento…: las supuestas “soluciones” a los problemas causados por obras gigantescas y violentas crean a su vez nuevos problemas, en una sucesión infinita que complica y desequilibra todo. Además, los embalses hacen difícil la vida para los peces que necesitan agua corriente, estos peces disminuyen en cantidad; en cambio aumentan las especies de aguas quietas, por ejemplo las pirañas, que, por aumentar de número, llegan a hacerse muy peligrosas en embalses situados en zonas de América del sur con clima parecido al del Paraná Medio (Boneto, 1978; Welcome, 1983).
En el embalse aumentaría el camalote, trayendo problemas graves para la navegación, la pesca, la salud, el riego y las turbinas. El control del camalote es costoso si se hace a máquina y peligroso si se hace químicamente, y debe continuar indefinidamente (Vietmeyer, 1975).
Las represas también hacen aumentar el número de víctimas de enfermedades gravísimas, como la malaria, la filariasis y la esquistosomiasis. La última aumentó en Egipto, Brasil y otros países cuando se construyeron represas; en Brasil se la llama “la enfermedad de las represas” y la tienen más de doce millones de personas, a pocos kilómetros de la Argentina. Se contagia con sólo mojarse con agua que contenga estos parásitos. Y el número de enfermos aumenta por más que se hizo una campaña muy completa contra esta enfermedad. Eso nos espera si se hacen estas obras (Cabral, 1975; Toledo Piza, 1975; Caufield, 1983).
Cambios en los suelos
El proyecto, además de inundar cientos de miles de hectáreas, trastornaría las napas subterráneas y el drenaje de los suelos, creando pantanos y salitrales en importantes áreas de cultivo, ganadería y áreas naturales. La inutilización de tierras causada por obras de este tipo muchas veces supera al área supuestamente ganable mediante el riego facilitado en teoría por las obras (Sánchez, 1974; Lozano Cruzado, 1981; Caufield, 1983; Kovda, 1983).
Inundaciones y diques
Algunos hablan de la importancia de estas obras para controlar las grandes crecientes. Pero algunos técnicos de Agua y Energía han dicho que es imposible controlarlas con obras como esta, diseñadas específicamente para producir electricidad. Al contrario, los enormes embalses empeoran las inundaciones, porque el agua embalsada ocupa totalmente lagunas, arroyos, pantanos y parte del valle mismo del río, espacios que, si están más vacíos, retienen y frenan las crecientes, moderándolas.
Proyectos y realidad
Cuando la mente está llena de proyectos y deseos de hacer obras, es difícil percibir la realidad. En este caso, la realidad que no se tiene en cuenta lo suficiente es que los sistemas de ríos (con sus arroyos, napas subterráneas, lagunas) se pueden comparar con el sistema de capilares y venas que lleva la sangre de vuelta al corazón. El funcionamiento normal del sistema venoso es imprescindible para el cuerpo, y los ríos en su estado natural son imprescindibles para el buen funcionamiento de un territorio. El Paraná sería como una de las venas principales, una de las más importantes y gruesas del sistema, la vena cava, por ejemplo. ¿A quién se le ocurriría trastornar el funcionamiento de la vena cava poniendo en ella una “mini” turbina? Esto produciría alta presión en partes del sistema y baja presión en otras, anoxia, intoxicación, edemas, hemorragias, necrosis y muchos otros resultados destructivos, comparables en cierto modo a algunos de los problemas provocados por represas, que son peores cuanto mayor es el río y cuanto mayor es la represa. Viendo las cosas así, es obvio que conviene usar fuentes de energía menos brutales, que causen menos trastornos (ver más adelante).
Alteraciones de las características geológicas
Las formas y estructuras de las islas del Delta del Paraná, de sus orillas y las del Río de la Plata, se deben a la compensación entre la tierra y arena que el río pone y las que saca. Las represas retienen los sedimentos, el agua vendría con menos materiales en suspensión, entonces el río no compensaría con depósitos lo que desgasta (Peter). Por este motivo, el río desgastaría mucho mas las islas del Delta y las riberas. No es necesario decir que esto causaría pérdidas enormes.
Miles de terremotos fueron causados por el llenado de embalses; los millones de toneladas de agua que se acumulan, desequilibran la corteza terrestre. El Paraná corre por una falla geológica, una rajadura de la corteza terrestre, una zona débil. Represas mucho menores que las que se desea construir causaron terremotos. A veces los sismos rompen diques, causando inundaciones rápidas terriblemente destructivas (Rattray-Taylor, 1975; Mc Donald, 1970 en Time; Peter).
Un caso ejemplar famoso
El dique de Asuan, sobre el río Nilo, en Egipto, fue diseñado por un equipo técnico en el que estaba, según me han informado, el ingeniero Malissev, también del equipo del proyecto Paraná Medio. Las dos obras son represas muy grandes en ríos de llanura, en zonas de clima templado-cálido. Funcionarios egipcios querían dar un gran impulso a su país con el dique, pero provocó pérdidas, descontento, epidemias; arruinó el valle del Nilo, que durante más de cinco mil años fue una de las regiones más fértiles del mundo: ahora deben importar fertilizantes. El Delta del Nilo está siendo destruido a causa de esta obra.
En la controversia entre los que fijan su atención en los beneficios del dique de Asuan y los que tienen más en cuenta sus muchas consecuencias catastróficas, se destaca este hecho concreto: Egipto es más pobre a causa de esta obra (Sánchez, 1974; La Nación, 1981; Ing. Mario Fuschini Mejía, comunicación verbal).
Aumento de la deuda externa
Se habla mucho de que el proyecto Paraná Medio podría dar alguna independencia energética. Pero también haría aumentar la deuda externa en una cifra muy importante, mucho mayor que la de los presupuestos dados a conocer hasta ahora para toda otra obra, y para esta misma obra, como sucede últimamente con los presupuestos de todas las obras públicas de gran tamaño: aumentan incontrolablemente. Esto es grave, las represas en ríos de llanura en zonas de clima templado-cálido dieron beneficios menores que los esperados, y crearon además infinitos problemas. Ahora ofrecen hacerla “gratis” y de acero, pero eso por supuesto no disminuye, los efectos dañinos.
¿Progreso?
La energía eléctrica es útil, pero “usar más electricidad” no es lo mismo que “progreso”, porque depende de en qué se la usa. El progreso verdadero es un avance moral, intelectual, cultural, espiritual y de bienestar, no simplemente usar, o derrochar, más energía, producida al costo de destruir valores importantes. Según esta definición del progreso, también es posible progresar con poco o ningún aumento del consumo de electricidad (Schumacher, 1973, Swatek, 1970).
Se dice que las obras hidroeléctricas gigantes se deben construir “inevitablemente” para satisfacer la “demanda futura de energía”. Pero es una táctica muy conocida el decir que es “inevitable” lo que uno desea que se haga. Y esa “demanda futura” no existe, es un concepto teórico, imaginario, abstracto: no tiene realidad. Los que desean que el consumo de electricidad siga creciendo, dicen que va a seguir creciendo. Y está comprobado que en casos como este la demanda es provocada por la oferta y por la propaganda: el exceso de oferta estimula el uso, el abuso y el derroche, para satisfacción de los vendedores de electricidad (Swatek, 1970, esp. p. 88; J. Jucobi, 1984).
Progreso verdadero
Se puede evitar la construcción de obras de este tipo, hay otras formas de disponer de energía suficiente, si se acepta la responsabilidad de no derrochar energía y de usar fuentes de energía menos catastróficas.
Si el país está mal en ciertos aspectos, no es porque no se construyó Paraná Medio,(3) sino a causa de la corrupción, el desorden, la violencia, el derroche, y el mal aprovechamiento, no de las posibilidades hidroeléctricas, sino de la energía y la inteligencia de la gente, que son los recursos más importantes (Schumacher, 1973).
Bélgica mantiene un nivel de vida y un nivel cultural muy altos, con diez millones de habitantes, sin necesidad de tener más que seis represas hidroeléctricas chicas, menores que los antiguos embalses de la provincia argentina de Córdoba, sin construir represas enormes. Se puede argumentar que no hicieron represas gigantes porque en los ríos de ese país no se puede; pero lo interesante es que viven muy bien sin construirlas. (1990)
Empresarios europeos de la hidroelectricidad se sorprenden del apuro argentino por construir represas gigantes que, según ellos entienden, producirían durante más de cien años más electricidad de la que necesitará el país.
Otros caminos
En lugar de seguir con las obras gigantescas y violentas, se debe:
—Usar la cantidad enorme de gas natural que se quema ahora sin aprovechar (el “venteo”) durante el procesamiento del petróleo.
—Desarrollar las fuentes de energía renovables no destructivas:(4) del sol, del viento, del biogas (gas producido por fermentación de desechos agrícolas), geotérmica, turbinas hidroeléctricas que funcionan sin represas. Si a estas tecnologías menos violentas, no colosales, se les diera el impulso que se da a las represas y a la energía nuclear, su contribución al suministro de energía sería muy importante y con ínfimo deterioro ambiental.
—Reducir el derroche y el uso innecesario de energía; según un estudio, en el caso de Estados Unidos esto puede ahorrar el 60% del aumento de uso de energía previsto para el año 2000.
—Usar la energía de muchos tipos de materiales que en la actualidad se tiran o se queman en enormes cantidades (madera y papel de desechos, restos de los cultivos, etc.). Investigar los nuevos procesos que logran producir mezclas de hidrocarburos parecidas al petróleo a partir de la basura (La Prensa: 1984, en “Fronteras de la Ciencia: Más uso del sol”, 15 al 19 de abril; y “Petróleo de la basura”, 1983; Blackwelder, 1987).
—Comprometerse y colaborar sobre estos temas con los otros países, empezando por los países vecinos.
Esto no se conseguirá abaratando la energía, sino con impuestos al abuso de energía y descuentos a los que la ahorran, y enseñando a la población el valor de la calidad en vez de la cantidad, del uso cuidadoso en vez de la explotación y el derroche, lo opuesto a gran parte de la propaganda actual, que intenta inculcar el derroche.
Estas acciones no son fáciles, pero dan resultados satisfactorios sin arruinar el ambiente. En cambio, el “proyecto” fue calificado como desastre por científicos mundialmente reconocidos, como el ecólogo español Margalef; y es calificado como “…catástrofe ecológica” en el propio informe oficial del estudio ecológico del Paraná Medio.
Lo importante es el progreso humano, no el progreso tecnológico
¿Es progreso que muchas personas pasen de un modo de vida artesanal, campestre o de ciudad chica, en contacto con las materias primas, las personas, las plantas, la tierra, siendo cada uno de algún modo su propio jefe, a un modo de trabajo mecanizado, entre máquinas, abstracto, monótono y despersonalizante, como engranaje anónimo de enormes empresas industriales? El aumento de este tipo de trabajo, que deshumaniza y crea dependencia, es presentado como el principal motivo para construir represas hidroeléctricas. Se habla mucho de que esto aumentaría el producto bruto. Pero no se tiene en cuenta el verdadero costo humano: depresión, tristeza, decaimiento, masificación, soledad, anonimato.
El verdadero progreso viene de mejorar la productividad y la organización de ese modo de vida de tipo artesanal, tradicional, independiente, basado en el desarrollo de la verdadera vocación natural de la gente y del lugar, manteniendo su estilo de vida.
No se debe considerar progreso a la tendencia a transformar a las personas en autómatas sumisos, regimentados en fábricas, sacados de sus casas de verdad y archivados en desolados barrios de casitas de cemento prefabricadas impersonales y monótonas (como en la mal llamada nueva “ciudad” de Federación, que es una caricatura tecnocrática de una ciudad de verdad), o en edificios abstractos de departamentos. Estos “conjuntos habitacionales” benefician mucho a los empresarios de la construcción, pero parecen aptos para ser habitados por robots, no por seres humanos. En estos barrios tan “modernos” tienden a desaparecer la vida de vecindario y las tradiciones, reemplazadas por el mirar televisión y el comprar la mayor cantidad posible de “productos de consumo”; esto puede ser beneficioso para el comercio y la industria, pero perjudica a la gente.
De este modo, los proyectos gigantescos y violentamente tecnificantes, como el del Paraná Medio y otros similares, harían que el trabajo rutinario, el “consumo” y el comercio se hagan todavía más dominantes de la existencia humana, y al mismo tiempo provocarían una destrucción excesiva de lo natural y su reemplazo por lo artificial. Estos procesos son considerados totalmente perjudiciales por muchos grandes conocedores del ser humano (M. Eliade, 1963, 1968; A. Huxley, 1977, 1979; K. Lorenz 19??; I. McHarg, 1969, 1971; D. Morris, 1969; L. Mumford, 1964, 1970; F. Schumacher, 1973; J. Sebreli, 1979; The Ecologist, 1972, 1975; Swatek, 1970; J. Jacobs, 1961).
Lo anterior es una descripción abreviada de unos pocos, los más simples y graves, de una cantidad enorme de trastornos (5) gravísimos y pérdidas de valores imprescindibles que son resultados inevitables de este tipo de obras inmensas que ejercen gran violencia sobre el ambiente natural y humano. Todo esto es reconocido por los que desean hacer estas obras pero, como se ve claramente en el artículo del Ing. Peter, ellos creen que la producción eléctrica y las enormes obras de ingeniería son más importantes que todo esto y deben hacerse pase lo que pase, encargándose la ingeniería de remendar como pueda los desastres, y ocupándose los expertos en relaciones públicas de “educar” a la población para que acepte todo esto.
¿Por qué parece que “todo el mundo” quiere que se hagan estas obras? Porque los que quieren hacerlas vienen haciendo desde hace años en diarios, revistas, televisión, publicaciones especiales, radio… en todos los medios masivos de información, una campaña publicitaria y de manipulación de la opinión pública, para crear o aumentar la aceptación entusiasta de estos proyectos por parte de la población, que conoce poco o nada sobre el tema.
Se habla mucho sobre los supuestos beneficios de estas obras,(6) mientras que se suprime, deforma o tapa toda información sobre sus malos efectos. Paracen querer tranquilizar a la población asegurando repetidas veces que los “posibles” (en realidad, inevitables) efectos graves están perfectamente calculados, medidos y descriptos con todo detalle, con las técnicas y aparatos más modernos (Peter). Es como si dieran por seguro que, al hacer todo esto, los efectos graves desaparecen por arte de magia; esto se parece mucho a esa típica mentalidad burocrática que dictamina que, cuando hay un problema, lo único que hay que hacer es formar una comisión para que lo estudie y redacte un informe (que después se archiva).
Algunos apoyan este tipo de obras porque creen que son buenas para el país, debido a que están entusiasmados con los beneficios supuestos o reales y saben muy poco de los efectos malos enormes.
Otros: empresarios, asesores, etc., las impulsan principalmente porque son buenas para ellos: en círculos empresarios es bien sabido que la principal razón por la cual se hacen obras enormes es que algunas personas aumentan su fortuna con ellas - no la búsqueda del bien público.
Otros motivos por los cuales se desea hacer esta obra son los beneficios políticos y de imagen pública que algunos esperan conseguir, y el deseo de varios funcionarios de tener pleno empleo, aunque el “costo” incluya la aniquilación del Litoral y el arruinamiento del funcionamiento del río Paraná, y aunque sean empleos en su mayoría temporarios y destructivos de lo mucho que hay de bueno en el modo de vida y el modo de ser de la gente del Litoral.
También se dice: hay que hacer represas porque Brasil las hace y no debemos quedar en desventaja. Pero sería mejor comprometerse con Brasil a mejorar los países por otros medios y no hacer más represas: muchos de los problemas de Brasil son mayores a causa de las represas: gran deuda externa, epidemias, inundaciones, erosión, pérdida de fertilidad de los suelos, cambios perjudiciales en el clima, desestabilización de poblaciones (Caufield, 1983). Esta “carrera de las represas” con el Brasil debe detenerse. Brasil ya arruinó parcialmente con sus represas ríos importantes que fluyen hacia la Argentina, el Paraná, entre otros. Se debe destacar que el hecho de que un río, o lo que sea, esté parcialmente arruinado, es motivo para cuidarlo más, no para darlo por perdido; la actitud racional, inteligente, no es “todo o nada”, es “lo mejor posible” (J. Jacobs, 1984).
El proyecto Paraná Medio es obsoleto en su idea central, la decisión de hacer enormes obras en los grandes ríos se tomó hace cerca de cincuenta años, cuando había una confianza casi total en la tecnología y el “progreso” y la mayor parte de la gente sabía poco sobre el valor de cuidar el funcionamiento natural de los ríos y sobre los desastres causados por grandes represas. Esto se advierte al leer el libro de Isaac F. Rojas (1969, 1975).
Nunca se hizo un solo estudio científico ambiental para investigar si era conveniente hacer esas obras. El único “estudio” ambiental se hizo porque un banco internacional lo pidió como condición para dar préstamos para las obras. Pero ese estudio se hizo bajo instrucciones de demostrar que convenía hacer las obras: antes de hacer el “estudio” se decidió cuáles iban a ser las conclusiones. Debido a esta falta ética, las conclusiones estaban falseadas desde antes de empezar. Un jefe de los grupos de “estudios ecológicos” del Paraná Medio dijo: “Tratar de salvar el río Paraná y su valle es como romperse la cabeza contra un muro de piedra. Las represas van a provocar desastres, pero no les importa, igual están decididos a hacerlas”.
Las “decisiones políticas”, ¿deben ser siempre inmunes a la lógica, la verdad, la inteligencia, la ciencia y la ética?
Los funcionarios, políticos, técnicos y empresarios responsables de este proyecto, ¿nunca se preguntaron si deben hacerse estas obras? ¿La única pregunta fue cómo lograr hacerlas, cómo esquivar o destruir lo que ellos consideran solamente como obstáculos para su construcción? Así lo indica todo.
Este proyecto, lo mismo que la mayoría de las obras gigantescas, es una imposición sobre la población. Parece que se intenta seguir aplicando la política de la prepotencia, del hecho consumado, de la tiranía, la dictadura.
Lo que se dio a conocer como información sobre el proyecto, era propaganda a favor del proyecto, sin objetividad ni imparcialidad. Se procuró tranquilizar a la población respecto de los resultados destructivos, mediante la repetición de la frase: “Se tomarán medidas para aminorar los efectos adversos”. Pero en las obras de este tipo, los resultados adversos tremendos son inevitables por más que se hagan estudios y se tomen medidas, porque los efectos destructivos no son causados por detalles que puedan cambiarse o mejorarse, sino por las características esenciales de estas obras, por alterar el funcionamiento de los ríos con enormes diques que destruyen el ritmo anual del caudal.
No se consultó a técnicos ni científicos, no se pidió a profesionales conocedores del tema que dictaminen libremente; lo que se hizo fue recoger y difundir la opinión, únicamente de los que dijeron que la obra debía hacerse.
Muchos apoyan las grandes represas, las autopistas urbanas y otras obras gigantescas y destructivas debido a la creencia en que es bueno todo lo que es grande, “nuevo” y moderno (es decir: aparenta tener más poder que lo anterior, ya que lo elimina), y está hecho con mucho cemento y acero (sustancias duras, aparentemente indestructibles), y muchos millones de dólares (el poder máximo, según muchos). Esta creencia es típica de la mentalidad autoritaria, que busca todo lo grande, violento, poderoso, porque corresponde a sus ansias de poder y control totales sobre el hombre y sobre la naturaleza (M. Eliade, 1963; E. Fromm, 1974; A. Huxley, 1977; D. Morris, 1969; L. Mumford, 1964).
Todo esto es desprecio de la realidad humana y natural del presente para imponer promesas, para el futuro: planes y proyectos tecnocráticos y “financiocráticos”, mediante la prepotencia y la propaganda. Lo mismo que en los casos de las represas de Urugua-i, Salto Grande, Futaleufú, Piedra del Aguila y muchas otras.
Situaciones como estas, repito, son posibles debido al autoritarismo: ciertos funcionarios sienten que tienen derecho a disponer de los ríos (o de las ciudades, el campo, etc.); la educación pública y el medio cultural tienden a impulsar a las personas a ser sumisas a la autoridad, al poder (ya sea monetario, político, militar), a lo que, mediante la propaganda, se les hace creer que es la opinión prevaleciente, y cautelosas en lo que pueda amenazar sus empleos. Por eso, fueron pocos los profesionales que dieron a conocer los resultados negativos, que conocen muy bien.
Esperemos que, con el mejor conocimiento de la realidad, prevalezcan la cordura, el respeto por el hombre y la naturaleza, y el deseo de no aumentar la enorme deuda externa, para que no sea destruida esa parte única, irreemplazable, de la Nación, que es el Paraná Medio. Conceptos parecidos son aplicables a otros proyectos enormes.
Por último: ¿los legisladores están informados correctamente para decidir sobre estos casos, o toda su información es tendenciosa y nada objetiva, por ser provista por los vendedores de electricidad, de cemento, de turbinas, consultorías, grandes empresas constructoras y de ingeniería, especuladores políticos y financieros, y otros con intereses particulares directos en proyectos como éste?
Notas:
1 Si se intenta hacerlas coincidir, baja la producción eléctrica, que es lo que debería pagar el costo de las obras.
2 Las crecientes naturales, en cambio, los permiten; incluso traen beneficios que no se dan fuera de los valles inundables.
El “lobito de río”, el “lobo gargantilla” y otras especies en peligro de desaparición, perderían una zona en la que pueden vivir.
3 El país está bien en otros aspectos gracias a que no se construyó Paraná Medio.
4 Las represas hidroeléctricas no sólo son destructivas, sino que muchos especialistas empezaron a clasificar la energía hidroeléctrica obtenida mediante represas como recurso energético no renovable, debido a que su aprovechamiento arruina los ríos. Son obras autodestructivas.
5 Cada trastorno causa otros, y éstos a su vez otros, y éstos a su vez otros, y así sigue. Y las “acciones correctivas” también causan trastornos, y pasa lo mismo.
6 Se mencionan con insistencia el esquí acuático (sólo para adinerados) y el turismo (en un lago chato y vacío en vez de las islas y brazos del río).
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