El poder, tal como es entendido por la mayoría de las personas, consiste en las facultades que tienen una persona o un grupo selecto para ejercer su dominio sobre el resto.
Es una cualidad adquirida y que sólo se adjudica a un sector determinado y reducido. Es la capacidad de someter a una comunidad a la voluntad propia.
Hoy aceptamos que el mercado tiene el poder, ya que a través de su lógica y su dinámica domina todos los asuntos de la sociedad, la política, la economía, la salud, la educación...
El gobierno tiene poder formal porque es el órgano electo por la comunidad que emite los permisos, dictamina leyes, ejerce la justicia y toma bajo su poder la responsabilidad de la vida de la gente.
En una empresa, el dueño, el director o el jefe tienen poder para establecer políticas y normas, y obligar a los empleados a acatarlas.
De por sí el poder por sí mismo no es malo, sino las implicancias que pudiera tener y los matices que desarrolle en función de cómo se lo concibe y ejerce.
Una condición insoslayable para una concepción adecuada y un ejercicio aceptable, es que ese poder sea ejercido en beneficio de todos y no sobre otros.
A su vez, la garantía de esto es que el poder sea ejercido por el colectivo y no por la parte.
Cuando el poder es concentrado por la parte, es difícil asegurar que la motivación que guíe su ejercicio sea otra que la satisfacción de las necesidades propias y de un sector determinado, a costa del beneficio del resto.
En el balance ético general esto es perjudicial ya que el cuerpo colectivo humano es inseparable y aún el beneficio de la parte requiere del beneficio del conjunto.
Cuando el poder en cambio está orientado hacia la procura de un beneficio conjunto y la generación de satisfactores sinérgicos, su bendición llega a todos por igual. Es entonces una virtud tenerlo y, valga la redundancia, potenciarlo.
Para que esta clase de poder sea instaurada se necesita de la acción de todo el colectivo humano. El poder se trasvasa de un sector reducido hacia la comunidad que se apropia de él y es ejercido entre todos, para todos y en beneficio de todos.
Las características y dinámica de ese poder son diferentes, no están basadas sobre la lucha y la contienda, no promueven el conflicto. Prevalece el espíritu de asociación y colaboración por sobre la negociación, ya que se visualiza claramente el beneficio de todos.
Es un poder despojado de competencia feroz y orientado a la coopetencia integral.
Una de las manifestaciones de este poder podría darse en los procesos de desarrollo local de una comunidad. Todos los miembros quedan dotados de ese poder para el ejercicio de sus cualidades y el desarrollo de sus potencialidades. Los diferentes actores influyentes de la sociedad son, por orden de significación respecto del bien común, en primer lugar y por excelencia, la comunidad en su conjunto, luego las organizaciones de las sociedad civil (OSCs), en tercer lugar, el gobierno local y finalmente las pequeñas empresas, que estrechan lazos para el progreso de su comunidad y el inicio de un desarrollo endógeno.
Es difícil imaginar las condiciones para que las grandes empresas, y más aún cuando son transnacionales, puedan realmente aportar al beneficio colectivo de una comunidad local.
El rol clave de las OSCs es propiciar los medios para que el traspaso del poder a manos de la comunidad sea realizado del modo más armónico, provechoso y acelerado como catalizadores del proceso de transición de un poder sobre otros, a otro poder entre todos.
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