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Diversidad Cultural y Conciencia Planetaria

 



"Habitantes Naturales, Pobladores o Ciudadanos"

Hacia un escenario social integrado por realidades más consistentes
que las civilizadas costumbres de los individuos que lo componen.

Por Arturo Avellaneda


¿Qué somos los latinoamericanos?

Quizás simplemente ocurra que ni la raza ni el idioma caractericen tanto la construcción social futura como si seguramente lo hará el entorno geográfico. Ese factor ambiental que sustenta a cada colectivo humano, podría dirimir la supervivencia de una civilización o enaltecer a la más remota de las regiones de nuestro planeta por la sola gravitación de su drástica influencia.

La actual posición del quehacer intelectual no alcanza aún a asimilar el duro golpe que representa la futura situación poblacional y el consecuente agotamiento de los recursos naturales en el resto del orbe. Repreguntarnos sobre nuestra identidad, no es entonces inoportuno, toda vez que adaptarse al medio será siempre la regla primordial de la conducta de nuestra especie y mucho más ahora, que el medio ambiente está cambiando de una forma marcadamente acelerada.

Ni el más santo, ni el más apto, ni el más alto, pudieron prescindir de los elementales recursos naturales para sostener la marcha de sus metrópolis. La “reducción” como el modelo cultural de la conquista española, no difiere mucho de estos modelos modernos que desde la mezquindad del saber y la abundancia de la prepotencia, proclaman a la civilización europea como la única meta constructiva de un supuesto “hispano americano” del mañana.

En cambio, no son pocas las culturas americanas que a pesar de haber alcanzado alguna vez estadios comparables a la mismísima cultura griega del siglo de oro, eligieron oportunamente mimetizarse por entre los fecundos brazos de la madre naturaleza abandonando sus metrópolis. Fenómeno aún catalogado de inexplicable por la comunidad científica y que pudo relacionarse con la falta de un horizonte ambiental compatible con el esquema de crecimiento planteado. Algo deben haber querido trasmitirnos nuestros hermanos americanos de aquellos tiempos, algo que probablemente esté tratando de hacerse audible ahora que sacrificamos toda forma viviente a favor de la supervivencia de nuestra población urbana.

No el Estado, no la empresa, sino el ser humano, como único ente capaz de juzgar la conveniencia de una orientación política, será a quien le toque determinar que modo de supervivencia hemos de reconocer entonces como meta colectiva. Y esta orientación deberá ser lo que forme mañana el contenido educativo primero, el comunicacional después y finalmente el discurso político de las generaciones venideras.

 

La inversión del paradigma educativo

Pronto la velocidad a la que se desarrolla la autopista informática, pondrá a disposición de cada hogar, toda la información necesaria para obtener del saber universal los datos necesarios en todos los órdenes de la vida. Sin distinciones clasistas o lingüísticas, la nueva enciclopedia electrónica alcanzará los más diversos escenarios geográficos en todo el orbe promoviendo una colectivización del conocimiento así como también una horizontalisación del ejercicio y la práctica cognoscitiva. En tanto tomemos conciencia de que una nueva generación accederá libremente a combinar exquisito saber universal con sus conveniencias más particulares, podremos anticipar el surgimiento de formas también particulares de desarrollo económico, en cada región del planeta.

Prepararse para el cambio, resultará arduo en el seno de la institución educativa, en tanto sus contenidos dependan del pacto institucional que la educación actual posee con el mercado, el Estado y el sistema de valores. El impacto se percibirá más donde la práctica educativa sea a su vez más vertical y prepotente. La comunicación horizontal motoriza cambios para los que el sistema educativo no esta preparado actualmente. Inexorablemente, allí donde decaiga la capacidad de trazar un horizonte digno, decaerá también la estructura educativa que lo alimente de voluntades. Futurar desde la realidad geográfica y la particularidad cultural, no ha sido una meta cómoda de asumir desde nuestros programas educativos latinoamericanos.

 

Cultura real, civilización aparente.

El equívoco más notable a la hora de interpretar algunas de las corrientes de pensamiento vinculadas al tema ambiental, consisten justamente en ofrecer aquí, en nuestra tierra, las “soluciones” dadas en otros marcos geográficos infinitamente más pequeños, pobres y superpoblados que los nuestros. La profusa opinión del bien intencionado proteccionismo ecologista, ha resultado insuficiente para abarcar toda la compleja diversidad de elementos que componen nuestra relación con la naturaleza en Sudamérica. Nuestro territorio, nunca fue sobre explotado como si lo fue el del viejo continente. Aquí, simplemente la naturaleza silvestre es desplazada del esquema de desarrollo agroindustrial en boga. Así pues, la ganadería de especies exóticas y el monocultivo de especies exportables, se extiende por toda la superficie rural, como si esto fuera efectivamente una parte anexa a otro continente. Así, cuando algo no coincide con la idea del colono, se lo quema, tala o fumiga indiscriminadamente hasta su exterminio como plaga. Cada exponente de nuestra flora y fauna autóctona, pasa a ser rotulado de intangible, protegido o en peligro de extinción, cuando sencillamente se está vedando su desarrollo como recurso económico e inhibiendo a la población adyacente a emplearlo libremente como recurso. Así, forzándonos a todos a mutar nuestros hábitos culturales en pos de la imposición del modelo colonialista, avanza la conquista y retroceden nuestras legítimas chances de alcanzar un modelo auténtico de desarrollo sustentable.

Así es como quedan vacantes nuestras legítimas potencialidades agro económicas. Pasan a la postergación nuestras culturas regionales y su rica producción etno biológica es desperdiciada por sencilla ignorancia. La colección farmacológica de nuestras selvas interiores, los cueros y carnes de nuestros mamíferos superiores, las maderas, frutos y fibras de nuestra flora autóctona y hasta la totalidad de las formas de vida de nuestros cursos de agua y humedales; pierden terreno día a día frente a este verdadero ataque en contra de la vida misma.

Un esquema de desarrollo sustentable, necesariamente ha de partir de nuestras especies endémicas. Tanto así en la agricultura como en la ganadería. El excedente biológico espontáneo, coincide geométricamente con las costumbres de las culturas adyacentes. Alentar el despliegue de cada cultura como el exponente más digno de cada zona geográfica, compondrá la inexorable meta de nuestro desarrollo y por lo tanto también, la de una política educativa conciente de lo que muy pronto significará encontrar el sendero hacia una forma de desarrollo sustentable en nuestra tierra sudamericana.

 

Conclusiones

Alentar a reconocer en cada una de nuestras culturas el germen de una civilización nueva, fundada en sus oportunidades geográficas, resulta en la imaginación de nuestros educadores una sencilla utopía. Sin el marco referencial de la civilización global muchos zozobrarían en la ignorancia. No habiendo podido recorrer el camino histórico del habitante originario, nuestra anticipada suscripción a la cultura universal ha podido tener lugar solamente en el grado de sucursal del desarrollo ajeno. Un proceso que en lugar de enaltecernos, nos ha postergado hacia el pequeño lugar que hoy tenemos en la historia universal como cultura.

Quizás sólo hayamos logrado confundirnos por un tiempo con el engañoso progresismo. Hoy resulta evidente el estado de agotamiento que afecta a todas las bioregiones expuestas al alcance de la civilización moderna. Ayer no supieron convivir con el nativo, hoy con la flora y la fauna y mañana con el agua potable. El enorme riesgo que ello implica, ejerce sobre nuestro futuro un peso ineludible. Aprender a poblar esta tierra como lo hacían sus legítimos habitantes, es en síntesis el misterio que nunca quisieron estudiar nuestros invasores. Ellos son los cultores del equívoco primordial de nuestro subdesarrollo como latinoamericanos.

Señores: La civilización no se viste ni se impone; se alcanza.

 



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Junio 2007
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