| Había una vez una pequeña liebre con un suave pelaje color caramelo, ella nunca salía de su madriguera, su protegida casita estaba en medio de un frondoso bosque habitado por majestuosos árboles, el suelo cubierto por un manto de flores multicolores, y cruzando no muy lejos de allí, se sentía el continuo correr del agua más cristalina y fresca que se pudiera encontrar.
Hermelinda, esta liebre soñadora, pasaba sus días muy solitaria, lejos de todo y de todos. Al comienzo de la primavera, cada mañana los animalitos del bosque, se acercaban y la invitaban a jugar, pero ella algo temerosa y retraída siempre se escondía y con el paso del tiempo dejaron de buscarla.
Sus padres intentaban convencerla, le decían: - “Hermelinda, debes salir a pasear, debes descubrir el mundo hermoso que te aguarda al cruzar esta puerta” -, pero ella algo molesta por las insistencias, más se retraía y más se refugiaba en sus fantasías.
A Hermelinda le gustaba sentarse en la alfombra bordada de flores azules que le hizo su abuelita, cerrar sus ojos y crear historias maravillosas de aventuras, juegos, llenas de personajes valientes y divertidos que atravesaban los mayores desafíos, protegían a los más débiles y creaban comunidades maravillosas, en sus fantasías los protagonistas siempre tenían un gran corazón, y valoraban la amistad y el amor como el mayor de los tesoros.
Una tarde fresca de verano, caminando lentamente, llegó la dulce abuelita a visitar a su nieta. Hermelinda se puso muy contenta, ya que adoraba a su abuela y sentía que ella era la persona que más la comprendía en esta tierra.
Hermelinda tomo el té con su abuela, conversaron, rieron y disfrutaron mucho ese encuentro, luego de unas horas la nieta invitó a su abuela a jugar a su pasatiempo favorito, la llevo a su cuarto, se sentaron en la alfombra bordada de flores azules y le explicó que debían cerrar los ojos y juntas comenzar a imaginar una historia fantástica.
La abuela aceptó ese desafío de soñar despierta, pero con la condición de que al día siguiente, el juego lo elegiría ella, Hermelinda accedió muy entusiasmada, no podía esperar para comenzar a fantasear.
Sentadas en el cuarto, ambas construyeron una historia apasionante de tres amigas, una mariposa, una vaquita de San Antonio y una hormiga colorada, que tenían un alegre espíritu trotamundo y decidieron viajar juntas en busca de aventuras. Emprendieron una larga travesía que duraría varios meses cruzando selvas peligrosas, arenas movedizas, y escalando altas montañas, tuvieron cientos de encuentros maravillosos y en su camino hicieron muchos amigos.
Transcurrido el tiempo, ya casi era la hora de cenar, cuando Hermelinda y su abuela abrieron los ojos y felices rieron y se abrazaron luego de la estupenda historia que habían creado y disfrutado.
Cenaron sentadas muy juntitas, ya que no querían separarse, y muy temprano se despidieron de todos para ir a dormir. Mientras se preparaban para ir a la cama, Hermelinda le dice a su abuela: –“Abuelita, es tan lindo soñar estas historias... yo no quiero jugar a nada más ...!-
A la mañana siguiente el sol entró a través de las cortinas de la habitación y se posó en los rostros de Hermelinda y su abuelita para despertarlas, afuera se sentía el canto alegre de los pajaritos, las mariposas tomaban agua de las gotas de rocío que brillaban sobre los pétalos de las flores, las ardillitas jugaban a la pelota con las nueces que debían almacenar, y un par de gusanitos cavaban redondos túneles en una manzana que se había caído el árbol.
Luego de desayunar galletas con leche y mucha miel, la dulce abuelita le dice a su nieta: – “Querida Hermelinda, como hoy debo escoger a que jugaremos, elijo que seamos exploradoras, debemos salir a investigar todo el bosque que nos rodea, y encontrar los lugares mas hermosos”-
Nada convencida con la idea y muy a regañadientes Hermelinda aceptó, la abuelita tomó su blanca sombrilla de encaje para protegerse del sol, y ambas salieron al bosque, se miraron un instante, se pusieron de espaldas y comenzaron a caminar, cada una por caminos diferentes, con la consigna de regresar a la hora del té.
Hermelinda caminaba muy despacio e insegura, todo era nuevo y extraño para ella, los árboles eran como gigantes, cuyas verdes hojas danzaban y cantaban con el viento, todo los colores parecían brillar intensamente, siguió avanzando hacia el creciente rugir de la cascada del río, y para su sorpresa, allí en la orilla, encontró nadando y jugando a todos los animalitos del bosque.
Cuando ellos la vieron, se pusieron muy felices de que por fin la liebre soñadora decidiera acompañarlos, la invitaron a jugar, y así, toda la tarde fue transcurriendo, jugaron a la escondida, y descubriendo los mejores escondites del bosque, escalaron los árboles, quienes complacidos los hamacaban en sus ramas y les mostraban el esplendor del paisaje desde las alturas. Saltaron una a una las rocas de colores que esconde el río bajo su espuma blanca, y todas las flores se mecían con la brisa regalando su perfume.
Cuando llegó la hora, todos juntos cantando alegres canciones emprendieron el regreso a casa, la abuelita sentada en la escalinata de entrada vio llegar a su nieta y amiguitos muy divertidos y ya tenía preparada una larga mesa llena de manjares para todos.
Antes de sentarse a la mesa, Hermelinda pensativa pregunto: – “¿Abue, como sabías que íbamos a ser muchos los que llegaríamos?, ¿como sabías que tendría tantos amiguitos?-
Y la abuelita con una sonrisa le respondió: – “Un sabio viejo dijo alguna vez: Nuestros sueños estando solos, son solo sueños... pero Nuestros sueños compartidos y en unidad, son una Realidad ”.
Fin.
Adriana N.
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