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Editorial



El mundo está sufriendo golpes muy profundos. Sus cimientos tiemblan cada vez más violentamente. La tristeza es el aire que se respira por doquier. Pareciera que no existe esperanza ninguna.

A esto se suma la creencia cada vez más generalizada de que se acerca un colapso ecológico, por el agotamiento y destrucción de los ecosistemas que reaccionan a la agresión humana. La degradación total de la tierra, el enrarecimiento de la atmósfera y el amenazador cambio climático, por cuya probable causa los expertos vaticinan que 2007 será el año más caluroso del que se tenga registro. Todo esto sin contar la amenaza siempre latente de una guerra termonuclear de devastación universal, los conflictos sociales, las hambrunas, los focos de violencia que se multiplican. Algunos vaticinan la caída del sistema capitalista hegemónico, otros ven en todo esto el cumplimiento de las profecías de diversas religiones sobre las calamidades que sufrirá la humanidad.

Todo esto es cierto. No hay duda en eso. El mundo esta experimentando muchos cambios, el proceso de destrucción avanza a pasos agigantados.

No hay a donde huir.

Sin embargo, a la vez se puede observar el nacimiento de un nuevo proceso paralelo constructivo cuya velocidad aumenta y se intensifica al ritmo del proceso de destrucción.

Van juntos pero en sentido contrario.

Tampoco hay duda en eso.

Los signos de esta construcción se pueden observar a través de la conciencia humana sobre la necesidad de paz, la visión de la unidad de la humanidad. Internet y las comunicaciones instantáneas mundiales parecen anticipar, desde un punto de vista físico, la unidad más profunda que se avecina.

Ahora es el momento de que las barreras arcaicas establecidas hace siglos separando los territorios también se derrumben, como el muro de Berlín, a pesar de los nuevos muros como los del Río Grande o Palestina, porque es esta nueva conciencia humana de pertenencia a una familia universal la que los desborda.

Pero sobre todo se desmoronan las barreras que tenemos en nuestros corazones, las de la enemistad, el egoísmo, el egocentrismo, el etnocentrismo, y el individualismo despótico promovido por este modelo en derrumbe.

Está en cada uno de nosotros acelerar aún más los pasos de este nuevo proceso, que garantiza el tránsito de la humanidad hacia su madurez y el establecimiento de la paz sobre la tierra.

En el huevo, antes del proceso de meiosis, se produce una putrefacción total por la descomposición de sus elementos. Pero esto es necesario para dar origen a un nuevo ser. Lo mismo está pasando en el mundo.

Estamos transitando el arduo camino de la adolescencia hacia la madurez. Puede ser muy doloroso, o no tanto. Depende de nosotros y cada acto que realicemos.

En lo que concierne a las organizaciones al servicio de la humanidad, deberemos redoblar nuestras apuestas y seguir trabajando con mucha más potencia para que este tránsito sea más ligero, más desafiante y menos doloroso.

Este es el gran proyecto universal que nos une a todos.

Todos somos artesanos del entramado de nuestro destino, para lograr un diseño bello y luminoso.

 

 

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Publicación de Fundación UNIDA
Año 4 Número 33
Enero de 2007
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