La
belleza de un ecosistema se nutre de la diversidad de las especies en permanente
interacción que en él habitan.
Una melodía es rica
cuando intervienen diversos instrumentos en su construcción, entrelazando
notas en una dinámica que adquiere sentido en la continuidad, en la que
cada sonido cobra sentido por sus lazos con otros armónicos simultáneos,
con lo inmediato anterior que el oído recuerda y con el inminente futuro
que se anticipa.
La hermosura de un jardín se disfruta por la variedad
de los colores y formas de las flores y plantas que lo componen.
Las distintas
personas tienen unos y otros saberes, y en su conjunto e intercambio construyen
la sabiduría de un pueblo, de una cultura.
Y en todo el universo
contemplamos el cumplimiento de esta sagrada ley.
La ley de la diversidad que
esta sostenida por la unidad profunda generadora de sentido y que dota de belleza
y significado a sus componentes.
Ha llegado el momento de comenzar a sacar
el velo delante de nuestros ojos.
Las organizaciones humanas no escapan
a esta ley. Ellas son diversas, con sus misiones, marcos conceptuales, estilos
de trabajo, temáticas abordadas, modos de funcionamiento.
La mayoría
de ellas, las que se orientan al bien común, aún sin saberlo, están
unidas en lo profundo por un centro de unidad, un atractor universal que les confiere
sentido y las vincula en una red vital, en un vasto proyecto planetario.
Las
lógicas de la lucha, el conflicto y la competencia son ajenas a este mundo
vital y trascendente.
Al despojarnos del velo que nos imponen estas racionalidades
obsoletas, como quien sacude el polvo que cubre al espejo, veremos el sendero
de reflejos que nos guían a esa inefable fuente de luz, el espíritu
de la nueva era, del cual han nacido y el que les insufla fuerzas para actuar.
Tornar consciente y manifiesta la unidad generadora y fuente de creatividad,
será el catalizador que acelere los procesos urgentes para el nacimiento
de la nueva humanidad, la civilización planetaria una y diversa.