Reúno en este trabajo dos reflexiones
relacionadas. Una se instala en la ecología política y la otra en
la filosofía política, dos ramas fuertes de la teoría antropológica
(es decir, la teoría del lugar del ser humano en el mundo).
Una primera
reflexión se refiere a las distintas versiones de mundo que son pensables
en términos de homogeneidad vs. pluralismo cultural. Las denomino "escenas
para pensar", en el doble sentido de lugares donde instalarse a pensar el
mundo, y de mundos pensables como posibles. La cantidad de cuatro escenarios es
un poco arbitraria, aunque el número es cabalístico y se asocia,
por ejemplo, con las cuatro estaciones del año. Esto da lugar a una mirada
secuencial cíclica, algo a lo cual también invito, así como
a examinar la metáfora. El papel de la diversidad cultural en el futuro
de la humanidad (incluyendo el futuro inmediato, es decir el presente) es el tema
argumental instalado en las cuatro escenas.
La segunda reflexión
parte de un debate en el cual me he instalado confortablemente en varias oportunidades
(Rabey 1987, 1990) (2) y que focaliza mi actuación
en FLACAM: el que se refiere a la controversia entre las epistemologías
hegemonistas que se centran en "el" saber, y las epistemología
pluralistas (como las de Feyerabend, Foucault y algunos neomarxismos, que se ocupan
de "los" saberes (Rabey et al 1995). Luego, paso a mirar el liderazgo,
y sus estilos, a los que correlaciono con procedimientos políticos, ámbitos
cognoscitivos del liderazgo y momentos culturales. Esta reflexión se expresa
en un segundo esquema de cuatro componentes. Aquí la ciclicidad me parece
aún más evidente.

Cuatro
estaciones de la ecología, cuatro estaciones de la política, cuatro
estaciones de la humanidad y su/s cultura/s. En el pensamiento de los Andes Centrales,
la región donde actualmente habito, el mundo se vuelve a hacer luego de
cada ciclo. Es el Pachacutec, el retorno a los orígenes en una fase superior
de desarrollo, que invita a una epistemología pluralista centrada, ya no
en las comparaciones o en los reduccionismos, sino en la analogía.
Cuatro
escenas, cuatro estaciones
En el verano todo parece pleno, pero es la
decadencia de la primavera. Lo orgánico se pudre por el exceso de calor
y sobreviven las semillas: hay aniquilación de culturas y sociedades (3).
Viene entonces el otoño, donde la materia orgánica se incorpora
al suelo: es el sometimiento cultural de las mayorías . Le sigue el invierno,
donde las semillas producidas en el verano son cuidadas por el propio frío,
que las preserva de sus enemigos, y se manifiestan los aislamientos culturales.
La primavera recupera el crecimiento y la diversidad, la diversidad sociocultural.
La
metáfora de las semillas para las culturas y su diversidad no es nueva.
La acuñó hace más de mil años San Agustín,
uno de los primeros europeos que valorizó la diversidad de las culturas.
Son las "semina verbum", las simientes del conocimiento verdadero. No
recuerdo ningún ejemplo contemporáneo notable del uso de esta metáfora,
que rescato aquí, en un sentido más amplio que el que habitualmente
se le reconoce a Agustín.
Uno puede instalarse a pensar el mundo
desde cualquiera de las cuatro estaciones propuestas. También puede preferir
una de esas cuatro estaciones como lugar de llegada. Creo que la mayoría
de la gente prefiere la benigna y modesta primavera, que no se caracteriza por
la cantidad, sino por la variedad. Sin embargo, es evidente que hay gente con
aspiraciones de poder que prefiere el verano, la cantidad: un gran consumo material.
La gente que quiere conservar sus prebendas del verano, guarda las provisiones
acumuladas en almacenes durante el otoño, para poder gozar de un consumo
material muy diferenciado, que se mantiene en la estación siguiente. Y
como se trata de provisiones humanas (gente trabajando, sus conocimientos, sus
aptitudes), éstos tratan de guarecerse de la sumisión en el invierno,
lejos de los amos, para volver a fructificar en la primavera, donde impera un
consumo material auto-controlado.
No se trata de un reduccionismo de la
sociedad y la cultura a la naturaleza y la ecología. Estamos explorando
las analogías profundas a las que nos invita por ejemplo Cristopher Alexander
con su Lenguaje de patrones. O la fructífera idea indagada por Gregory
Bateson en Mind and Nature. Los ciclos de la naturaleza son analógicos
con los de la cultura, la evolución natural es análoga al pensamiento
humano: toda la realidad tiene un patrón común.
Ahondar en
esta cuestión epistemo-lógica, nos permitirá pasar enseguida
a la segunda de las exploraciones planteada al comienzo, la controversia entre
"el" saber y "los" saberes. Porque se trata de percibir que
si el saber es único, quienes no disponen de él son condenados de
la tierra -el verano es el Edén perdido-, culturalmente aniquilados, y
si no pueden adquirir "el" saber, peor para ellos: ese es un saber que
construye UN MUNDO PARA POCOS.
En las crisis otoñales, por ejemplo
cuando se hace evidente que no hay suficientes bienes materiales para todos según
un modelo cultural consumista, el mundo puede escindirse -y para ello hasta se
esgrimen teorías ad hoc, como las de las sociedades y economías
duales-. Ello da lugar a una realidad con DOS MUNDOS-, dejando lugar para otros
saberes sometidos, a los cuales se reserva el lugar de la EXPLOTACIÓN:
por ejemplo, ejércitos laborales - consumidores de reserva. Y en esa escisión
de dos mundos, "los" saberes resistentes pueden seguir subsistiendo
-como simientes- bajo el frío estatuto invernal de la EXCLUSIÓN.
Al final primaveral del ciclo, se reconstruye UN MUNDO PARA TODOS.
Observemos
ahora con un poco de detalle esta confrontación entre concepciones del
saber. Para ello, empezaré introduciendo en esta exploración un
elemento básico de la visión flacamiana: el concepto de proyecto.
El saber del proyecto
Señalemos entonces la crisis
de la idea de un saber monolítico, en el sentido de único conjunto
de verdades. Esta crisis se agudiza cuando la epistemología contemporánea
enfatiza en lo que Paul Feyerabend (1976) ha llamado "pluralismo metodológico".
Es bueno señalar que su "todo vale" ha sido erróneamente
asignado a la praxis, cuando este discípulo heterodoxo de Karl Popper lo
que hace es reclamar libertad para la indagación y recuperar -o más
bien, reconocer- el papel de los sueños, la poesía y, en general,
los otros saberes, en la construcción del conocimiento. El saber deja de
ser singular, para hacerse evidente su pluralidad. El saber deja lugar a los saberes.
El método deja lugar a los métodos.
Y los saberes dialogan
entre sí, del mismo modo que lo hacen los distintos mundos donde habita
el hombre. Si observamos con detenimiento nuestros debates interiores, nos encontraremos
haciendo discutir a nuestros sueños y recuerdos (¿y hay alguna distancia
entre ambos?) con nuestros juegos, a éstos con nuestras crudas cotidianeidades
(¡la esfera de la producción!), y a todos juntos con los preconceptos
anidados en nuestros hábitos de pensar. Pero este diálogo entre
saberes no se da solamente adentro nuestro, sino afuera. La antropología
de las últimas tres décadas, bajo la inspiración de Clifford
Geertz y Frederik Barth entre otros, ha remarcado que las culturas, esas tramas
complejas de significación y acción, no existen tanto por su diferenciación,
sino por su mirada mutua y por lo que más recientemente el chicano Renato
Rosaldo ha denominado entrecruzamiento.
El conocimiento se construye como
diálogo. Diálogo interior, diálogo entre personas, diálogo
entre culturas. El conocimiento es el diálogo. O, como ha sostenido Jürgen
Habermas, la objetividad reside en la intersubjetividad.
El saber proyectual
es el proceso resultante del diálogo entre saberes. Con una visión
didácticamente simplificadora, les enseñamos a nuestros alumnos
a hacer jugar los saberes en los proyectos.

Y
solemos afirmar que el liderazgo del proyecto se instala en la capacidad para
articular esos distintos tipos de saberes. Es líder el que dialoga mejor.
También es el que se permite soñar. El proyecto se instala donde
los saberes dialogan y los saberes dialogan donde se instala el proyecto. Esto
nos envía ahora a repensar el liderazgo. Nuevamente aparecen los ciclos,
esta vez más cargados de temporalidad y larga duración. Veremos
como esta parte de la reflexión nos conduce a revisar las nociones de modernidad
(con su antecesor, la premodernidad) y posmodernidad (con su búsqueda,
la supermodernidad).
Liderazgos
La antropología
y la sociología han prestado un considerable interés a los liderazgos.
Gracias a ellas, sabemos que los liderazgos demandan mucho trabajo (aunque uno
sospecha que es menor que el que le lleva a la ciencia estudiarlos). Veamos algunos
atributos de los líderes premodernos, sobre los cuales se ha concentrado
la antropología. Pierre Clastres señala que los jefes aldeanos amazónicos
deben hablar durante horas en el medio de la aldea, aunque nadie los escuche.
Franz Boas, en su descripción clásica de los kwakiutl de la costa
oeste norteamericana, detalla cómo para conseguir y retener su liderazgo,
el jefe debía realizar un potlach, donde se consumía gran cantidad
de bienes y el remanente se quemaba: para ello debían trabajar arduamente
sus esposas y sus respectivas familias.
Esa trabajosa práctica de
ser jefe (o, en el popularizado término de los indios caribe, cacique)
construye un ámbito cognoscitivo que técnicamente se llama carisma:
ese atractivo tan peculiar que se establece entre el líder y quienes lo
siguen o acompañan y hace que todos tengan la sensación de estar
percibiendo, sintiendo, entendiendo al unísono. Un atractivo que en los
comienzos de la modernidad dio lugar a la figura heroica del re/conquistador (de
la España ocupada por los árabes, de los territorios que ellos percibían
como "vacíos" en América (4) el
caudillo). Y a partir de ese atractivo, la gente los sigue: los
caciques y caudillos conducen. Veamos una sutil cuestión de escala y de
actividad social, con fuertes consecuencias políticas. En grupos más
bien pequeños, y sin una fuerte orientación bélica, sus caciques
toman generalmente las decisiones en consulta con su gente: el poder es consultivo.
En cambio, en sociedades más grandes, o cuando sociedades pequeñas
se orientan centralmente a la guerra, el caudillo no consulta y el poder se hace
delegativo.
Y como para remarcar que los recorridos cíclicos no abandonan
jamás ciclos históricamente anteriores, los carismas siguen estableciéndose
en los posmodernos tiempos actuales sobre las mismas bases que en la premodernidad.
Miremos a nuestro alrededor, recorramos las páginas de algunos periódicos,
hagamos zapping por las películas que pasa la TV, y nos encontraremos con
líderes políticos, empresariales, profesionales y de la vida cotidiana
(en sus barrios, aldeas y otras culturas locales), hablando largamente frente
a auditorios que a veces ni siquiera fingen amable interés, o gastando
(a veces gran) parte de sus recursos en agasajar a sus seguidores.
De todos
modos, la modernidad trajo algún aditamento nuevo al liderazgo, fundamentalmente
la razón, de la cual Weber ha dicho que reemplazó al carisma. Los
líderes dejaron de ser atractivos por las emociones que concitan y empezaron
a serlo por la adhesión a sus ideas: precisan persuadir, para que en las
elecciones, que es donde se instalan estos líderes racionales, puedan resultar
elegidos. Y desde el sitial electivo ejercen su poder por representación.
Serían necesarios todos los cambios que conducen a la posmodernidad
para que reaparezca la premoderna noción de consulta, perfeccionada y profesionalizada
a través de los procesos de participación. El líder no lo
es por los afectos que le permiten conducir y lo dejan decidir por delegación,
como en la premodernidad; tampoco por las adhesiones racionales que hacen que
sea electo y pueda decidir por representación, como en la modernidad. El
líder posmoderno se establece a través del consenso y decide a través
de la participación. Y ¿cuál es el ámbito cognoscitivo
que se ha agregado al carisma y a la razón?: el proyecto.
Antes de
continuar esta exploración, preciso plantear aquí que este modelo
donde aparece una secuencia de fases o momentos culturales no constituye una evolución
sociocultural ni nada que se le parezca. Insisto: son momentos de un desarrollo
cíclico. Como tales, pueden darse de distintas maneras en distintas sociedades,
en distintos momentos históricos, en distintos lugares del planeta. Los
ciclos pueden abreviarse e incluso interrumpirse. Invito, por ejemplo, a considerar
la posibilidad de una modernidad política interrumpida en la Roma Clásica
y un retorno a los caudillos. Realidades confusas como Irán y sus ayatolas,
Chiapas, el zapatismo y su ciber-guerrilla, desafían también a practicar
una revisión semejante.
Estas confusiones que ofrece la realidad
política contemporánea se deben a que la evolución cultural
no es ni unilineal -como se sostenía en el Siglo XIX-, ni multilineal,
como lo plantearon algunos brillantes teóricos de mediados del Siglo XX.
La evolución cultural es entrecruzada, con un entrecruzamiento diacrónico
y sincrónico. Es decir que las espirales del desarrollo cultural, además
de desplegarse cíclicamente en el sentido de la flecha del tiempo, se entrecruzan
en distintos momentos de sus diversas trayectorias. Entonces, al cruzarse las
distintas tradiciones culturales en distintos momentos de sus ciclos de desarrollo,
los rasgos propios del momento que están atravesando se transfieren mutuamente.
Estas culturas híbridas, para usar la expresión del antropólogo
argentino García Canclini, pueden combinar rasgos premodernos, modernos
y postmodernos tomados de las culturas con las que se entrecruzan, o de sus propias
trayectorias: la hibridez cultural es témporo-espacial.
Esto nos
permite ubicarnos con más precisión en la concepción de proyecto,
tal cual ha sido desarrollada por Rubén Pesci y el grupo de la Fundación
CEPA. Como he señalado antes, el proyecto es el ámbito cognoscitivo
en el cual se instalan los liderazgos en la postmodernidad, liderazgos preñados
de atributos premodernos y modernos y construidos en las zonas donde hay más
diálogos de saberes y entrecruzamientos de trayectorias culturales. El
mejor modelo para representar el proyecto es la helicoide, no a causa de un procedimiento
de abstracción, sino porque la helicoide es la mejor representación
geométrica posible de esas trayectorias cíclicas y entrecruzadas
del desarrollo cultural.
En la postmodernidad, el liderazgo es entonces
la capacidad para ser en el proyecto:. la capacidad para volver a construir polis.
Una capacidad que la modernidad no le reconoce al hombre común y que la
premodernidad casi no reconoce siquiera como atributo humano.
Pero dijimos
también que el liderazgo proyectual no solamente es la capacidad de diálogo
entre saberes y culturas, sino que esa capacidad se instala en la madre de todas
las destrezas: la capacidad y la voluntad de soñar. Y esto nos lleva al
final y nuevo comienzo de este modelo cíclico de los desarrollos culturales.
Propongo para esta fase final el nombre de supramodernidad. En la supramodernidad
el sueño -como en el vuelo shamánico de las premodernidades tempranas-
se hace real: la realidad es el recuerdo capaz de proyectarse hacia el futuro.
Su procedimiento político es la utopía, ese lugar donde todos somos
los líderes de la proyectación hacia el futuro. Su mecanismo para
la toma de decisiones es la comprensión, donde cada uno de los miembros
de la polis somos capaces de aceptar todas las identidades culturales sobre la
base de la tolerancia y el respeto mutuo, y donde cualquier futuro posible / imaginable
alberga más diversidad. Y en este liderazgo ejercido por el propio colectivo
en toda su diversidad cultural, el ámbito cognoscitivo es la vida.
En
este momento, detengo la reflexión, y presento el cuadro final como invitación
a esos sueños.
1.
Profesor e Investigador en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, de
la Universidad Nacional de Jujuy, donde actualmente está a cargo de la
función de Decano. Investigador Independiente en el CONICET. Profesor y
Proyectista en FLACAM.
2. Nota sobre las citas, consumir
a. He tratado de reducir el número de citas al mínimo. En mis propios
artículos anteriores a éste se puede encontrar numerosas citas de
autores no mencionados en este texto, tales como Gramsci, Foucault y Kush, entre
otros.
3. Todas las expresiones marcadas en color, ya
sea con negrita o en mayúscula, remiten a la figura anterior ("CUATRO
ESCENAS PARA PENSAR").
4. Este continente que estaba de hecho lleno de
habitantes, algunos de los cuales, los quechuas, lo llaman Abya Yala.
Bibliografía
Alexander,
Cristopher, Un lenguaje de patrones.
Barth, Frederik, (comp.), 1976, Los grupos
étnicos y sus fronteras. México: Fondo de Cultura Económica.
Bateson, Gregory, 1980, Espíritu y naturaleza. Buenos Aires: Amorrortu.
Boas, Franz
Clastres, Pierre, La Sociedad contra el Estado. Caracas: Monte
Avila.
Feyerabend, Paul, 1978, Against method: Outline of an anarchist theory
of knowledge. London: Verso;
trad. esp. 1986, Tratado contra el método:
Esquema de una teoría anarquista del conocimiento. Madrid: Tecnos.
García
Canclini, Néstor, . Culturas híbridas: Estrategias para entrar y
salir de la modernidad.
Geertz, Clifford, . La interpretación de las
culturas
Habermas, Jürgen, 1989, Teoría de la acción comunicativa.
T. 1: Racionalidad de la acción y racionalización social. Madrid:
Taurus.
Pesci, Rubén, 1999, La ciudad de la urbanidad. La Plata: Fundación
CEPA.
Rabey, Mario, 1987, Tecnología tradicional y tecnología
occidental: una perspectiva ecodesarrollista. Revista de Economía del CERIDE,
8: 98-119.
Rabey, Mario., 1990, Conocimiento popular y desarrollo. Medio Ambiente
y Urbanización, 31: 46-55.
Rabey, M. A., V. Hernández y G. Pérez,
1995, La construcción del conocimiento: De la descripción y la norma
al constructivismo radical en Epistemología, Teoría Social y Antropología.
Documentos de Trabajo, Universidad de Belgrano, Serie Posgrado, 3.
Rosaldo,
Renato, 1989, Culture and Truth: The remaking of social analysis. Boston: Beacon
Press.