El
individualismo despótico resultado de décadas de materialismo y
consumo ha dejado secuelas muy marcadas en nuestros esquemas mentales.
Existen
corrientes de pensamiento que hablan de la diversidad cultural y el respeto a
las prácticas de cada etnia y grupo social. Otras que reflejan marcadamente
el etnocentrismo y la superioridad de una sociedad sobre la otra.
En los ámbitos
sociales y académicos, la primera, el relativismo cultural, es considerada
avanzada y progresista, la segunda, fascista.
Adolecemos de la palidez y
la tibieza frente a los asuntos que atañan a la humanidad.
A lo sumo
reflejamos nuestra "empatía" con miradas espantadas frente a
las mutilaciones genitales de las mujeres en África.
La siguiente
cita de la Biblia nos puede llevar a reflexionar un poco sobre nuestra postura
frente a los asuntos de la vida y de la humanidad.
Conozco tus obras; sé
que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras lo uno o lo
otro! Por tanto, como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por
vomitarte de mi boca. (Apocalipsis 3:15,16. NVI)
El modelo hegemónico
imperante nos lleva a tomar esta postura de tibieza respecto de las necesidades
y los satisfactores humanos, ya que el eje central esta puesto en el desarrollo
económico y el desarrollo económico tiene sus raíces en la
competencia y el sobresalir uno sobre el otro.
Con respecto al relativismo
cultural pasa algo similar, la tibieza de no meterse en los asuntos de los demás
que conforma la cultura de cada etnia está dejando de ser algo sensato.
Si como un cuerpo humano somos todos unidos, no nos puede ser indiferente la mortandad
de las mujeres por ser mutiladas "como una cuestión cultural".
Hay
que subsanar estas prácticas que poco tienen que ver con la cultura y mucho
con la negligencia.
Habría que procurar el bienestar de todos y
apostar hacia el progreso de la humanidad en su conjunto, por supuesto respetando
la cultura de cada grupo.
La aceptación de la diversidad cultural
requiere a su vez de unas bases universales mínimas, una ética global.
En un mundo altamente interdependiente la acción de cada grupo repercute
definitivamente en el todo.
En una orquesta cada músico toca un instrumento
diferente, y eso hace a la riqueza musical. Todos procuran coordinar entre ellos
para dar origen a una melodía bella. El director de orquesta tiene que
ser consciente y le tiene que importar cada músico y la melodía
que toca y la interacción con el resto. De esa interacción es que
nacen melodías que nos llenan de espíritu.
Si en cambio toma
una actitud tibia y deja a la deriva a cada músico, ya que opinar sobre
la forma en que toca el instrumento es considerado autoritarismo, entonces no
existirá interacción ni sinergia, y resultará un sonido disonante
y desagradable.
Pero ¿quién o quienes, que sistema realizará
la labor del director? ¿Quién y cómo se establecerán
las bases de la ética mundial? Cabe pensar en una construcción participativa
y democrática, inédita, que asuma el liderazgo mundial desde la
propia diversidad.
Tenemos que trascender los límites de la tibieza
humana y tomar en nuestras manos las riendas del bienestar de todos en nuestras
manos y procurar el progreso de todos en su forma integral y conjunta.
No
corre más el discurso de que "yo no intervengo, ya que a mí
no me concierne". Si es un asunto de la humanidad me concierne por que soy
humano también.