En
el estado actual de la sociedad los niños enfrentan un destino cruel. Millones
y millones en un país tras otro están socialmente desplazados. Los
niños se encuentran alienados por sus padres y otros adultos ya sea que
vivan en condiciones de riqueza o de pobreza. Dicha alienación tiene su
raíz en el egoísmo nacido del materialismo que existe en el centro
mismo de la irreligiosidad que se ha adueñado del corazón de la
gente en todas partes. La marginación social de los niños de nuestro
tiempo es signo inequívoco de una sociedad declinante; dicha condición,
sin embargo, no está limitada a raza, clase, nación o condición
económica alguna, las atraviesa a todas. Nuestros corazones se apenan al
ver que en tantas partes del mundo los niños son usados como soldados,
explotados como trabajadores, vendidos en virtual esclavitud, forzados a la prostitución,
hechos objeto de la pornografía, abandonados por padres entregados a sus
propios deseos, y convertidos en víctimas de otras maneras demasiado numerosas
de mencionar. Muchos de estos horrores son infligidos a los hijos por los propios
padres. El daño espiritual y psicológico es inestimable. (1)
Nuestros
esfuerzos personales se centran en el logro de anhelos materiales, afectivos,
espirituales. Progreso económico, estudios, salud, esparcimiento. En la
mayoría de los casos este espectro de anhelos se reducen al ámbito
de la familia propia. Pero ¿será posible nuestro propio bienestar
mientras millones y millones de nuestros congéneres están pasando
por las peores miserias del mundo, miserias provocadas por el propio ser humano?
Hacemos
planes y proyectos, cuando podemos ahorramos dinero, compramos, vendemos, mejoramos
nuestras condiciones de vida. Entre estas acciones incluimos la educación
de nuestros hijos, entendiéndola como una "inversión",
pensando que así se establecen las bases de potencialidades para su futuro.
Mas ¿qué tipo de potencialidades? ¿Laborales, económicas,
sociales, culturales? Es que el concepto de "inversión" implica
expectativa de retorno, mientras que la verdadera educación podría
tener implicancias que van más allá de esto.
Se requiere,
por un lado extender entonces nuestros corazones a los lejanos horizontes sin
fin y anhelar el bienestar de todos los niños del mundo, pensando en ellos
como si fueran los nuestros. Anhelar la paz, la fraternidad universal, la equidad
y la igualdad de derechos para todos. Ese es el primer paso y el punto de inflexión
en el que se comienza a construir el verdadero beneficio personal, el que sólo
se da dentro del beneficio del conjunto.
Proyectemos y anhelemos una transformación,
un mundo nuevo para todos nuestros hijos. Los cimientos y pilares de esta transformación
son la verdadera educación, que comienza desde el hogar.
El primer
paso es el amor y afectividad de los padres hacia los propios hijos, el siguiente
es extender este amor más allá de las fronteras de nuestra célula
familiar, la visión de pertenencia a la gran familia humana, la conciencia
planetaria y de unidad.
Trabajemos juntos en la construcción de un
mundo nuevo para nuestros hijos. Los niños que están siendo azotados
en forma inhumana bajo las líneas de fuego de la guerra también
son nuestros hijos, los que se mueren de hambre o mueren de enfermedades prevenibles
y curables, los que a nuestro lado están siendo sometidos a los peores
estragos de una sociedad individualista y materialista, y están siendo
fagocitados por el "sistema", también son nuestros hijos. Son
los hijos de la humanidad, son el futuro, los que construirán una nueva
civilización planetaria, una y diversa, siempre que reciban contención
amorosa y una educación inspirada en elevados valores.
Una educación
que recoja los valores y las virtudes que han sido pregonadas por las religiones
universales, aplicando estos ingredientes maravillosos para el cultivo de estas
tiernas plantas. Desde nuestra casa, desde nuestros trabajos, desde nuestros proyectos.
Adoptemos
millones de hijos espirituales, que en definitiva son nuestra riqueza inapreciable
y nuestra esperanza. Ellos construirán un nuevo mundo justo, armónico
y equitativo para TODOS.
(1) Fragmento de un mensaje de la Casa
Universal de Justicia, 2000