El
contexto operante está atravesado por discursos variados, muchos de ellos,
acaso la mayoría; consta de un contenido elevado y dirigido al progreso
de la sociedad.
Esta variedad de discursos emana desde el ámbito
gubernamental y político, las organizaciones de la sociedad civil, las
empresas y el público en sí.
En última instancia, todos
se hallan en la búsqueda del bienestar de la comunidad. Algunos están
dirigidos hacía toda la comunidad y otros hacía un sector específico
y acotado.
Algunos son más plenamente desinteresados y altruistas, en
otros la genuina preocupación por el bien común se mezcla con intereses
particulares, que cuando están subordinados a aquél, no son necesariamente
nocivos.
¿De qué modo se pueden articular estos discursos
de modo de conformar un lenguaje útil necesidades y los requerimientos
de la humanidad en el día de hoy?
Ninguno por sí solo cuenta
con la verdad absoluta. Esta es sinónimo de una perfección que nadie
posee, ya que el ser humano es, por condición, limitado e imperfecto.
Si
observamos detenida y desapasionadamente, nos damos cuenta de que la inmensa mayoría
de estos discursos, en su esencia, no se contradicen.
Refrescando la parábola
de los de los ciegos y el elefante, en la que cada ciego insiste en describir
al elefante según la parte del animal que tocó -imaginándolo
como una columna, como un tonel o como una gran serpiente sin llegar así
a una comprensión del elefante en su totalidad- podemos, a diferencia de
los ciegos, interrelacionar todas nuestras descripciones llegando a un discurso
integrador, uno y diverso, con sentido para toda la comunidad.
Podríamos
aproximarnos un poco más a la realidad del elefante...
Desde una
perspectiva dialéctica podemos imaginarnos saliendo de la edad de la adolescencia,
caracterizada por los discursos contrapuestos y excluyentes, autoafirmantes de
nuestra identidad por la diferencia con el otro, y podemos vernos entrando a la
edad de la madurez de la humanidad, en la que los discursos, sin perder su diversidad,
se articulan en todos superadores.
¿Seremos capaces de comprometernos
en tomar una actitud madura en los asuntos que conciernen a la humanidad con una
actitud de cooperación y colaboración?
Cómo plantea
David Bohm en el enfoque del orden implicado, las aparentes diversidades en el
plano de lo manifiesto, encuentran su unidad en el orden subyacente, implicado.
¿Sabremos descubrir la complementariedad y unidad esencial de nuestros
discursos?
Más que descartar la labor de ciertos grupos o sectores
podemos unir todas las fuerzas por medio de canales de interacción sinérgica
y apostar todos al desarrollo humano de nuestra especie.
Los discursos, despojados
de la connotación ideológica, sectorial o dogmática, transformados
en opiniones, aportes, puntos de vista, pueden interactuar dialógicamente.
Junto
a Edgar Morin aceptamos que el opuesto de una verdad profunda no necesariamente
es un error, puede ser otra verdad profunda.
Imagino las diferentes piezas
de un rompecabezas. Si miramos cada pieza por separado no encontramos sentido,
aparentemente nuestras piezas no engarzan entre sí. Pero si nos esforzamos
desde una actitud cooperativa y madura, tal vez descubramos que existen uno o
más diseños integrales, plenos de sentido, que pueden configurarse
articulando apropiadamente todas las piezas.
Un discurso total, holístico,
uno y diverso, un gran proyecto imbuido de un espíritu que irradie de todos
y a todos por igual, la posibilidad de que asistamos al nacimiento de una humanidad
ilustre y unida.