(APE).- En El hombre y sus
obras, ya considerado un clásico de la antropología cultural, Melville
Herskovits nos cuenta que las primeras huellas de la agricultura primitiva se
remontan a tiempos del Neolítico, es decir, a ocho mil años antes
de la era cristiana.
Durante décadas los antropólogos pensaron
que los recolectores habían sido sucedidos por los cazadores, que después
de los cazadores habían venido los ganaderos y que finalmente habían
llegado los agricultores. No fue así. Daryll Forde ha explicado con claridad
que los pueblos no tienen etapas económicas, sino, simplemente, economías,
y que éstas no son sencillas ni exclusivas, sino fruto de combinaciones.
A partir de esa observación, cientos de "excepciones"
recogidas por los antropólogos alrededor del mundo pasaron a ser sostén
de una sola ley o patrón de comportamiento, y nos ayudaron a entender mejor
la naturaleza de este bicho pensante que -sin ofender a otros- es el ser humano.
Primitivos que dan cátedra
Entonces, dejaron de
ser raros los esquimales, que en invierno comen grasa de focas y ballenas y que
en verano establecen el tabú de comer focas y ballenas, para obligarse
a balancear la dieta.
Y también los llamados cazadores de las praderas,
que en sus ratos libres cazaban... maíz.
Y los llamados recolectores
de arroz silvestre de la región superior de los grandes lagos, que a lo
largo del año, de acuerdo con la estación, consumían azúcar
de arce; y más tarde, bayas y cereales verdes; y luego, bayas con tasajo;
y después, arroz almacenado en sus propios depósitos; y en la primavera
gallinas salvajes de los campos de arroz...
Qué decir de los athacaspan
que cuenta Herskovits. Ellos eran pescadores-cazadores-recolectores-agricultores,
todo a la vez. Tenían 15 variedades de cuerdas, 41 clases distintas de
recipientes, 23 útiles de pesca diferentes. De sus 29 diseños de
construcción, 11 eran instalaciones para el ahumado de pescado o el almacenamiento.
Cuando los europeos llegaron a América, descubrieron que podían
cultivarse 30 variedades de plantas que apenas si eran conocidas en el Viejo Mundo:
el maíz, el cacao, la papa, la batata, la mandioca, el maní, el
tabaco y el tomate, entre ellas.
En el oeste norteamericano, los cazadores
que cosechaban el maíz de las lomas, acostumbraban fertilizar el suelo
con pescado.
Más al sur, ya en Sudamérica, exploradores europeos
-como el italiano Pigaffeta- descubrieron modelos de plantación múltiple:
guías de porotos trepando por los tallos del maíz, junto a enredaderas
de calabaza que se extendían por el declive del terreno.
Las terrazas
y el cultivo escalonado de los incas, lo mismo que los bancales de las Filipinas,
constituían auténticos modelos de agricultura de regadío.
Y eran modelos, también, de distribución del agua.
Mucho
antes -y mucho después- de la invención del arado, las culturas
"primitivas" de cinco continentes conocían la laya o estaca de
cavar.
A veces, le añadían una agarradera (cultura cowichan);
otras, un estribo (cultura maorí). En Nigeria, desarrollaron el notable
azadón de hoja ancha. Los indios Thompson -se sabe- tenían su diseño
exclusivo de plantador.
Ah, y nos olvidábamos: también se
sabía, hace miles de años, del agotamiento de los suelos. Por eso
los agricultores planificaban la rotación trienal de los terrenos. Y de
un modo empírico, pero seguro, identificaban los nutrientes que necesitaba
cada uno de sus cultivos.
Disculpará el lector estas enumeraciones.
Queremos interrumpir un diario masajeo mediático que rotura, cual arado,
nuestras cabezas, y pretende sembrar en ellas un pensamiento único llamado
soja, donde la soja aparece como único protagonista, milagro del nuevo
siglo, proeza de la bioingeniería y panacea universal.
A juzgar
por el discurso publicitario, la humanidad estaría yendo, de la mano de
la soja transgénica y su socio el glifosato, hacia la tan postergada distribución
equitativa de la riqueza.
Estaríamos a punto de resolver el problema
del hambre en el mundo, y todo por la soja.
Una estirpe vencedora
Cultura, en un sentido antropológico, es la respuesta que los
grupos humanos, a lo largo del tiempo, van dando a los desafíos de la existencia.
Si un orden económico determinado quiere imponer un pensamiento
único y una sola manera de hacer las cosas, la otra parte de la humanidad,
ésa que ha sido marginada, excluida o expulsada del banquete, produce inmediatamente
su respuesta, como saludable acto de supervivencia.
Así, cuando
la economía formal busca convertir el planeta en una sola cadena
de shoppings y supermercados, con ciudadanos-consumidores rigurosamente empadronados,
bancarizados y controlados, la economía informal se convierte
en la respuesta de las mayorías atenazadas por el hambre, empujadas por
las ganas de vivir, dueñas de un irrenunciable sueño de libertad.
Y cuando el agro es sólo una industria prepotente, concentrada
en pocas manos, donde el sol, el agua y hasta el milagro de la vida devienen variables
de una receta ingenieril, renacen como plantas, en los bordes y las grietas, en
los sitios de sombra, los verdaderos agricultores.
Ellos pertenecen a una
estirpe de diez mil años. Son dueños de un conocimiento atesorado
por generaciones. Ellos conocen la soja, el trigo, el maíz, y los secretos
de la huerta. Hablan con los frutales. Dialogan con el sol.
Los sacerdotes
del pensamiento único los ignoran, pero cada vez son más, y ya no
podrán ignorarlos.
Se han propuesto recuperar una tierra devastada.
Lo van a lograr.
Nota Publicada en el Boletín electrónico
de la Agencia de Noticias Pelota de Trapo.
04/07/06
agenciapelota@pelotadetrapo.org.ar
Fundación
Pelota de Trapo / Uruguay 212 / Avellaneda / Buenos Aires / (5411) 4209-5109
http://www.pelotadetrapo.org.ar/