En
un ecosistema conviven miles o millones de especies que interactúan permanentemente.
Podemos observar que existe una unidad manifestada en todas sus diversidades.
No todas las especies tienen afinidad aparente entre sí. En el pastizal
pampeano por ejemplo coexisten la falsa Yarará, la vizcacha o el hornero,
por citar algunas especies disímiles.
Existe un movimiento permanente,
un equilibrio dinámico, una búsqueda de homeostasis. Especies que
sí son parecidas en cuanto intentan ocupar el mismo nicho, realizar una
función similar, compiten en su medio por la subsistencia.
Pero también
son importantes las relaciones de cooperación, del comensalismo, de simbiosis.
La comprensión del funcionamiento ecosistémico ha echado luz
sobre la producción de biodiversidad: allí donde la famosa "supervivencia
del más apto" (que en realidad en la versión actual de la teoría
evolutiva es simplemente la "supervivencia de los aptos") resultaba
ya insuficiente para explicar la maravillosa biodiversidad, las relaciones de
tipo cooperativo han venido a completar esa explicación.
El funcionamiento
de los ecosistemas puede servir como isomorfismo, o al menos como una analogía,
para pensar las relaciones entre las organizaciones de la sociedad civil.
Pero
para ello, es necesario no hacer traspolaciones apresuradas, colocando en lo social
y organizacional lo que es propio de lo natural.
Si dos especies compiten
o cooperan, no lo hacen con animosidad u odio en el primer caso, ni con amor o
amistad en el segundo: simplemente hacen lo que la sabia Naturaleza les dicta
genéticamente que tienen que hacer.
Esto desautoriza todo darwinismo
social, para justificar el avasallamiento de unos seres humanos contra otros.
(Y además, si se quiere extrapolar libremente, habría que extrapolar
también las relaciones cooperativas y no sólo las competitivas entre
especies)
Pero en el mundo de las organizaciones, que es un mundo de colectivos
humanos, aparecen otras propiedades emergentes.
La "competencia"
entre especies, que es una conducta sin animosidad y necesaria para sostener el
equilibrio dinámico, cuando la llevamos al plano de lo humano, se torna
éticamente cuestionable, desequilibrante y destructiva.
El mundo
de las organizaciones de la sociedad civil, aquellas no animadas por el ánimo
de lucro -que lleva implícito el patrón de conflicto y la lucha-
tiende a ser un mundo de complementariedad, de unidad en diversidad.
Lo
importante aquí es que dos organizaciones, aún con diferentes objetivos
organizacionales (misión) tengan o creen un punto de interacción
desde su lugar de actuación en pos del bienestar de la comunidad.
En
la conformación del ecosistema de organizaciones humanas puede lograrse
mucho más que la suma de las partes (en este caso las Organizaciones de
la Sociedad Civil). Un todo que supera cada una de sus integrantes y su suma estando
aisladas y hace surgir esa entidad sutil que hace progresar sinérgicamente
a la humanidad.
Pero este ecosistema humano no surge automáticamente.
Hay que construirlo por medio de redes de cooperación y colaboración,
construyendo alianzas inteligentes basadas en la unidad en diversidad. Es una
construcción consciente y permanente.
Aún hoy existen muchas
organizaciones que se desarrollan bajo el paradigma mecanicista, fragmentario,
sin visión de unidad ni reconocimiento de suprasistema común, donde
la lucha del poder y el individualismo despótico tienen un lugar relevante.
Las
Organizaciones de la Sociedad Civil, viéndose cada una en su diversidad
pero articuladas en la construcción de un vasto proyecto planetario, tienen
la capacidad de revertir esta tendencia.