Como
en todas las cosas de la Naturaleza, a las organizaciones también se les
puede adjudicar un comportamiento cíclico.
Algunos autores dan nombres
y períodos aproximados para las diferentes etapas de ese ciclo de la vida
organizacional, asemejándolas a las etapas de crecimiento y desarrollo
de un ser viviente: nacimiento, infancia, "go-go", adolescencia, plenitud
La
analogía es válida, ya que muestra que la organización esta
viva y en movimiento.
Como ser viviente, en algunos modelos se prevé
el envejecimiento (aristocracia y burocratización) y muerte de la organización.
Sin
embargo, podemos dar otro salto cualitativo en nuestro modelo, y en vez de cerrar
el círculo, concebir el ciclo en forma de espiral o helicoide.
Siendo
que la misión de las organizaciones sociales, en general, es procurar el
bienestar de la comunidad, no tendrían porque desaparecer con un ciclo
cerrado, con el decaimiento y muerte organizacional.
Lo que les dio origen
siempre se recreará y quedará y cada vez que se completa un ciclo
habrá un salto cualitativo, con una renovación del flujo de energía
y un recambio, una adaptación a las nuevas condiciones internas y externas,
al nuevo nivel de aprendizaje y al contexto cambiante, para tomar envión
siguiendo una espiral ascendente.
Habrá ciclos de crisis y victorias,
que no se cierran sobre si mismos, si no que se dan dentro de esa tendencia al
ascenso.
Esta condición de renovación y permanencia solamente
se puede lograr cuando la organización se apoya en una base firme que es
la construcción de una visión compartida y gestionada por todos
los miembros y toda la comunidad afectada. Cuando se logra la unidad de ese grupo
y esa comunidad.
Unidad de visión y de acción.
Unidad que
claramente tiene que estar dialógicamente vinculada a todas sus diversidades.
Las
crisis y victorias dependerán de los errores y los aciertos, las oportunidades
y las amenazas, serán parte del proceso de aprendizaje organizacional,
de los cambios en el entorno y de los cambios internos e intersubjetivos.
Y
una envolvente en ascenso garantizada por una inquebrantable unidad en diversidad.
Como
dijo Galeano respecto del horizonte, este nunca se alcanza, pero sirve para caminar.
Lo más importante es el hecho de comenzar el camino y andar, sin perder
la unidad, que hace al ser, al alma de la organización.
Esta dinámica
estaría dada por dos condiciones: el ser organizacional, sostenido por
la unidad, como fuente, generación de energía, por un lado, y la
apertura a la diversidad, interna y externa, a la comunidad, como espacio de dar
y de intercambiar, de aprender, de hacer de la organización un sistema
abierto. Entonces se establece un flujo permanente, el flujo de la vida.
Si
se logran estas condiciones, la diversidad como fuente de unidad y visión
compartida, se produce una alta sinergia organizacional y el impulso será
tan grande que transformará la energía potencial de la organización
en energía cinética y provocará un salto de la comunidad
hacia la concreción de sus potencialidades.
Luego de cada crisis
habrá un triunfo, que será seguido de una nueva crisis y una nueva
victoria, valles y crestas sucediéndose en un proceso abierto e ilimitado.