De
alguna manera son los proyectos los que dan sentido a la vida del ser humano y
justifican su existencia.
Es cómo el árbol frutal. Su fin
es crecer, florecer y dar frutos. Si no cumple con tal objetivo, entonces su existencia
no tendría sentido y sin dejar descendencia, quedaría reducido finalmente
a leña.
Es el comienzo del tercer año del Boletín Unid@s
y queremos empezarlo con un nuevo proyecto. Un proyecto noble, de enorme potencial
y sinergia, tal como orientar los esfuerzos en la educación de los niños.
Como
todos los procesos de cambio y transformación, este propósito también
necesita tiempo, calidad y seguimiento.
Quienes somos padres nos preocupamos
por la educación material de los niños: que estén bien nutridos,
se desarrollen en un medio saludable observando las medidas de la higiene.
La
educación formal la dejamos en la mano de una estructura que hoy en día
necesita una profunda revisión y revalorización. Así, se
los adiestra dentro de un modelo con fuertes resabios positivistas, mecanicistas,
occidentalizantes, una visión única y lineal del mundo y de la historia.
Las
emociones son derivadas a una ciencia psicológica muchas veces conductivista.
Y lo fundamental, que es el desarrollo espiritual, centrado en valores,
lo humano en el más pleno sentido de la palabra, lo dejamos a la deriva,
ya que en la concepción de la sociedad actual basada en el capitalismo
y el individualismo despótico no tiene cabida, o, a lo sumo, se lo confina
a los límites de una materia descontextualizada, o a ritos tradicionales
y formas desvitalizadas.
Es interesante ver que la "conciencia ecológica"
se ha ido incorporando poco a poco en la educación formal. Pero este sistema
ya obsoleto, trata el medio ambiente como una "cosa" a cuidar, y todo
parece reducirse en última instancia a no tirar papelitos o a interesarse
por los animalitos. No se propicia desde temprana edad una visión crítica
del modelo que produce el deterioro, lo que finalmente nos llevaría a la
problemática más profunda de la equidad, a otro desarrollo no centrado
en crecimiento económico, a la unidad en diversidad, a la paz mundial,
la participación, y finalmente a los valores espirituales.
La educación
espiritual promueve la puesta en marcha de virtudes como la veracidad, honestidad,
compromiso, solidaridad, unidad, desprendimiento, entre otras. Y esto solamente
se aplica en una sociedad que las valoriza como base para la construcción
de un mundo donde todos vivan en armonía.
Una adecuada educación
basada en los valores espirituales y morales (en un sentido vital y resignificado
de la palabra) de los niños es indispensable para que la humanidad pueda
superar su actual aflicción y elevarse hacia su alto destino.
La
adquisición desde la temprana edad de una educación que combine
lo espiritual, social y material, permitirá que en la edad adulta nuevas
mujeres y hombres sean los estandartes de la paz y la unidad de la humanidad.