Este
es un mundo hipercibernetizado que con pasos gigantescos se dirige hacia su deterioro
y decadencia, un mundo en el cual hasta hace décadas la tendencia era a
la cientificación y tecnificación de la vida -tendencia menos explícita
desde el discurso de hoy, pero que sigue imperando-, en el que el rol de las religiones
sigue siendo entendido desde la hegemonía como una serie de rituales para
los más ignorantes y los menos racionales.
Se observa que el eje
central había sido puesto en el desarrollo. Un desarrollo basado en el
crecimiento económico, con el ser humano a un costado y en función
de ese progreso. El medio se había transformado en un fin y este a su servicio.
El desarrollo guiado desde el estado, con algún resabio de keynesianismo
y políticas sociales cedió paso a la "globalización",
en la que la carrera por el crecimiento económico, la tecnología
y la acumulación ilimitada sigue, en pocas manos, guiada por el capital
financiero, con el vasallaje de pueblos y gobiernos en pro de esos intereses.
El desarrollo perdió así lo único que tenía de "bueno":
la intención de llegar un día a todos.
Pero el problema va
mucho mas allá de que este "desarrollo" no sea para todos. Por
un lado, aunque tal universalidad pudiera económicamente ser posible, el
ecosistema planetario no lo resistiría. Pero aún mas ¿quién
dijo que aunque social y ecosistémicamente hubiera sido posible, los seres
humanos deseábamos ese desarrollo, aspirábamos por sobre todo al
consumo?
Cualquier mente imparcial diría que ese ser noble que es
el ser humano ha sido poseído por los gurúes del mercado capitalista
y del consumo.
Los viejos templos de las religiones son despreciados como
burdos ejemplos del primitivismo, pero al mismo tiempo son reemplazados por los
nuevos templos, los centros comerciales gigantescos, donde se produce la vana
fantasía de estar vivos, de participar, de pertenecer, a través
del comprar, (claro que para los pocos que pueden hacerlo).
Es el "ser
por el tener", denunciado por Erich Fromm, claro que es un "ser"
que no llega jamás a ser pleno, porque la acumulación y el consumo
son, utilizando terminología del Desarrollo a Escala Humana "pseudosatisfactores",
verdaderos espejismos. Así, las encuestas revelan que luego de cierto umbral,
el aumento del consumo no produce una mayor sensación de bienestar, sino
lo contrario.
En el camino de sobreconsumo, los pocos pudientes han dejado
fuera del sistema y condenado a morir de hambre a cientos de millones, porque
debemos decirlo con toda claridad: existe una relación directa entre el
consumir más de lo necesario y los niños moribundos de África,
Asia o América Latina.
El sobreconsumo es un asesino legitimado, poco
visible y sin castigo.
Es que los valores morales se han quedado estampados
en las letras de ciertos libros y recuerdos y no se les permite tomar vida. Conceptos
como la trascendencia, el desprendimiento, la frugalidad, el servicio a los demás,
la unidad, la justicia, el amor son manipulados hasta el punto de parecer un pecado
mortal nombrarlos. De hacerlo seremos identificados como anacrónicos ignorantes
moralistas.
Una estrategia probablemente diseñada con toda intencionalidad,
o tal vez resultante de un conjunto de elementos discursivos dominantes, ha tenido
éxito: se ha logrado confundir los verdaderos valores espirituales del
ser humano y su origen, con los sistemas religiosos institucionalizados y clericales,
que poco y nada tienen que ver con aquellos.
Y por rechazar a estos últimos,
en el mismo paquete rechazamos los valores.
Seremos muy claros: los valores
espirituales y su fuente, el legado de diversos educadores universales de distintas
épocas, son el patrimonio de la humanidad, un verdadero "código
genético" para otro desarrollo, y no debemos permitir que nadie se
erija con la pretensión de intermediar entre los seres humanos y tales
valores.
La sociedad civil emergente, con sus procesos participativos, constituye
la esperanza histórica de revertir las tendencias de destrucción
que aceleradamente se propagan gracias al sistema hegemónico.
Es indispensable
comprender que no se trata de procesos políticos, ni siquiera meramente
socio-culturales, si no procesos cuya base es espiritual y valórica.
Se
trata entonces de reivindicar los valores espirituales, repensándolos en
un contexto social, organizacional y comunitario.
Les
deseamos toda la felicidad para el año 2006.