El
poder transnacional reclama para sí los genes que fueron creados para transmitir
la información de la vida generación tras generación. En
este proceso se excluye a los campesinos que en el futuro deberán comprar
las semillas a las transnacionales. De no hacerlo, se expondrán a sus demandas
penales por uso ilícito de bienes privados.
I. El Análisis
desde la óptica Ambiental
Antes de abordar el debate sobre
el significado de las plantas transgénicas en la agricultura colombiana,
es pertinente presentar un marco teórico de referencia a través
del cual se pueda comprender lo que se considera como dimensión ambiental
del desarrollo, porque ello tiene incidencias en la aceptación de una serie
de interrelaciones complejas que vinculan a los actores sociales del agro, con
las particularidades ecosistémicas de sus áreas de influencia.
La
comprensión de los fenómenos de la naturaleza, empujada por el creciente
avance científico tecnológico del siglo XX, impulsó la gestación
de la ciencia ecológica, a medida que se desentrañaban los complejos
mecanismos de interrelación entre los diversos componentes de los ecosistemas.
Los
fenómenos naturales, antaño provistos de explicaciones míticas
o mecanicistas, se revelaron como tramas complejas de intercambios de materia
y flujos de energía reguladas tanto por la influencia de leyes termodinámicas,
como por leyes ecosistémicas de equilibrio dinámico espacial y temporal.
Entraron en escena nuevas categorías de análisis interdisciplinario
que tomaban conceptos de la química, la física y la biología
para introducir una ciencia nueva, la ecología, portadora de una visión
diferente, de un saber emergente.
A los conceptos tradicionales de las ciencias
naturales del siglo XVIII se sumó la nueva interpretación de una
naturaleza vista más por sus interrelaciones que por la suma de sus partes.
Desde el acuñamiento del término ecosistema, hasta las nuevas interpretaciones
de los nichos y hábitats ecológicos, esta ciencia no ha dejado de
crecer y de proveer innovaciones aplicables en otros campos del saber.
La impresionante
estructura teórica y práctica de la ecología, le ha valido
para que se le otorgue el título de ciencia síntesis y para que
prácticamente sea considerada como la disciplina que ha posibilitado entender
lo que Odum llama "la trama de la vida". En efecto, a partir de los
adelantos espectaculares de la ecología en los últimos decenios,
se han podido conocer e interpretar los delicados equilibrios que constituyen
la esencia misma de la vida sobre el planeta.
Pero la ecología sola
no puede explicar el comportamiento humano, por muchos esfuerzos que se hagan
para superar los límites artificiales impuestos por la filosofía
kantiana a las ciencias naturales.
Una vez que comenzó a ser evidente
la desacomodación del ser humano dentro de las explicaciones ecosistémicas,
se realizaron enormes esfuerzos por tratar de encontrar su sitio dentro de la
dinámica material, energética e informativa propuesta por la ecología
como interpretación teórica de la naturaleza. Los primeros esfuerzos
provinieron de biólogos y ecólogos quienes propusieron, sin éxito,
categorías como la ecología humana para tratar de explicar las íntimas
relaciones del hombre con su entorno biofísico.
Cada vez que los ecólogos
han intentado introducir al hombre como una especie más dentro del ordenamiento
ecológico, se han tropezado con la insuficiencia de sus instrumentos analíticos
que no pueden dar cuenta de su comportamiento, aún cuando se pretenda incluirlo
dentro de los balances de masa y energía.
Las mejores explicaciones,
sin embargo, fueron aportadas por antropólogos e historiadores quienes
vieron en los procesos adaptativos del hombre a los límites ecosistémicos,
las causas y a la vez los efectos de la intervención de los grupos humanos
sobre el ecosistema, término que reemplazaría la connotación
de naturaleza. A su vez, la cultura, entendida como un sistema de adaptación
parabiológica del ser humano, vendría a reemplazar los conceptos
energéticos o materialistas empleados por los ecólogos para definir
el nicho de la humanidad.
El hombre no puede ser considerado como una especie
más dentro de la estructura ecosistémica. De hecho, no ocupa un
lugar específico o un nicho particular dentro de los ecosistemas. Esta
afirmación, no siempre bien comprendida ni aceptada en varios círculos
de corte biologista, implica que el hombre es independiente de las leyes que rigen
los equilibrios ecosistémicos. Si ello no fuera así, no existirían
problemas ambientales porque las sociedades humanas estarían regidas por
las mismas leyes que determinan el crecimiento y el comportamiento poblacional
de cualquier especie. Pero el hombre modifica todas las leyes ecosistémicas
en función de su cultura.
Las leyes físicas de la termodinámica,
de la expansión de los gases o de la atracción gravitacional continúan,
por supuesto, actuando sobre el conjunto de los seres que habitan el planeta,
incluido el hombre, en la medida, dirección y magnitud que la actual experiencia
científica acepta, basada en los paradigmas dominantes. Permanece, igualmente
el carácter biológico del hombre. Lo que la cultura modifica son
todas aquellas regulaciones biofísicas, inter e intraespecíficas
que actúan sobre los ciclos de la materia y los flujos de la energía
en el ordenamiento ecosistémico.
Esta dinámica del pensamiento
confluyó en la aceptación, a partir de la segunda mitad del siglo
XX, de un nuevo paradigma explicativo: la dimensión ambiental, que implica
un acercamiento interdisciplinario y una manera diferente de percibir no solamente
la educación y la investigación, sino prácticamente todos
los componentes del pensamiento y de la acción humana. Las estructuras
simbólicas, la organización social y la plataforma tecnológica,
elementos indisolubles de la cultura, serían a partir de esta nueva concepción,
el vehículo unificador a través del cual los grupos humanos se relacionan
y se han relacionado desde épocas anteriores al neolítico, con su
entorno ecosistémico, generando una serie de consecuencias que han sido
interpretadas desde el pensamiento ambiental, en un marco holístico e interdisciplinario.
Las
estructuras simbólicas se refieren a la manera en que el hombre ha pensado
la naturaleza. Incluye tanto las aproximaciones míticas como todas las
grandes construcciones del pensamiento: la ciencia, la filosofía, el derecho,
la sociología, el arte.
La organización social es el resultado
de dirimir las tensiones de los grupos humanos en torno a la producción,
a la distribución de excedentes y a la propiedad, que se resuelve en términos
de poder, de jerarquías y de intereses que segregan a los grupos sociales
en determinados roles y funciones. Tanto los grupos de recolectores-cazadores
como los imperios agrarios de Mesoamérica o las sociedades capitalistas
actuales, responden a esas tendencias.
Por último, la tecnología
es la instrumentación de los conocimientos adquiridos por la humanidad
a partir tanto de la acumulación del saber como de su inserción
utilitarista dentro de la organización social lo cual implica, necesariamente,
que en ella confluyen diversos intereses económicos, políticos,
sociales y militares que hacen imposible la pretendida reivindicación de
inocencia del aparato tecnológico. En el mundo contemporáneo se
habla más de tecnociencia para expresar los fuertes lazos que se dan entre
el conocimiento científico, excluyente de otras formas de conocer, y el
poderío económico que la sustenta.
Lo ambiental tiene vigencia,
entonces, no solo como una manera interpretativa de la realidad o como un marco
filosófico de vida personal, sino también y de forma mucho más
marcada, como una vía crítica para resaltar los beneficios o indicar
los peligros de los actuales estilos de desarrollo, vigentes en la actualidad
casi exclusivamente bajo la férula del progreso económico.
La
percepción ambiental de la realidad, en últimas, es una herramienta
de análisis que ayuda a clarificar las múltiples variables inmersas
en las complejas relaciones sociedad-naturaleza y que en la actualidad cobran
mayor relevancia dada la intencionalidad de los denominados procesos de planificación
del desarrollo y los retos que ello implica para el futuro de la humanidad.
En
el plano agrario, la dimensión ambiental exige una comprensión del
escenario biofísico o ecosistémico en el que se desarrollan las
actividades de producción y, al mismo tiempo, una aproximación cultural
a los grupos humanos, en donde se haga visible la estructura simbólica,
la organización socioeconómica y la plataforma tecnológica
a través de las cuales se realiza la apropiación de la naturaleza.
Un
debate sobre el tema de la ciencia y la tecnología agraria y, en especial
del reto que plantean las plantas transgénicas, no puede realizarse sin
introducir la gama de efectos que ellas producen tanto en el entorno biofísico
como en las relaciones socioeconómicas. Pero el análisis tampoco
sería completo si se omitieran los juegos de interés comercial,
político y económico que subyacen a la selección de esta
opción tecnológica. La ética, el derecho, las relaciones
comerciales entre los países, la salud de la población, las preferencias
y los patrones de consumo, la decisión política, la globalización
(y los globalizadores), los acuerdos internacionales y aún las presiones
diplomáticas, también entran en este juego de definir los modelos
de agricultura.
El modelo de la Revolución Verde
Tampoco
puede olvidarse la historia. El modelo transgénico no aparece de repente,
originado en las probetas inocentes de los científicos. Este modelo es
la continuación de la Revolución Verde, originada a mitad del siglo
XX en Estados Unidos y exportada al planeta entero merced a sus tremendos éxitos
en el incremento de la producción agrícola, logrados a través
de impulsos de capital y tecnología en la química, la genética
y la mecanización del agro.
Se sintetizaron innumerables productos para
el control de plagas y enfermedades y para aumentar los rendimientos vía
fertilización. Se obtuvieron nuevas variedades y plantas híbridas
de altos rendimientos, resistentes a enfermedades y/o con características
de alta demanda en el mercado internacional. Se introdujeron el análisis
químico de los suelos y la fertilización foliar. Se aplicaron nuevos
productos reguladores y mejoradores del crecimiento vegetal. Se desarrollaron
diversas clases de riego por goteo y aspersión. Se diseñaron y fabricaron
nuevas herramientas agrícolas para mecanizar la totalidad de las labores
del campo y, en fin, se mejoraron todos los procedimientos que van desde la preparación
de suelos y la incorporación de semillas certificadas hasta la recolección
y manejo poscosecha de los productos agrarios.
Pero la realidad es que el modelo
había sido construido en y para las condiciones ecológicas y culturales
de la sociedad norteamericana, que goza tanto de un clima temperado y de suelos
fértiles, planos y relativamente homogéneos, como de una excelente
infraestructura física de apoyo para la comercialización, planificación
del mercado a través de incentivos y subsidios y tal vez lo más
importante, un extraordinario respaldo científico-tecnológico. La
aplicación y transferencia de este modelo a Colombia aunque logró
importantes éxitos productivos, generó varios efectos adversos tanto
en el campo biofísico como en el social. Algunos de tales efectos sobre
la conservación de suelos, la contaminación de aguas, la biodiversidad,
la salud de los seres humanos y la pobreza rural, han sido descritos por León
y Rodríguez (2002).
La transferencia del modelo se enfrenta con condiciones
ambientales en nuestro país esencialmente diferentes a las que dominan
en los países donde se originó la Revolución Verde. Colombia
posee un clima dominado por épocas de mayor o menor precipitación,
con temperaturas constantes a lo largo del año (pero con fuertes variaciones
diarias), reguladas por los pisos altitudinales; sus suelos son altamente diversificados
y la mayoría se encuentran en posiciones de vertiente con pendientes pronunciadas.
Las carencias en infraestructura vial, de equipamiento y de servicios públicos
en las áreas rurales, son crónicas. No hay planificación
de mercados y sus regulaciones están, ya sea en manos de cadenas de intermediarios
que encarecen los productos o sujetos a las distorsiones impuestas a nivel internacional.
La propiedad de la tierra, factor esencial para aquilatar los procesos RV, se
encuentra repartida de manera inequitativa.
Adicionalmente, existe una elevada
dependencia científico-tecnológica que implica debilidades crónicas
de los procesos de generación y transferencia de conocimientos. Colombia
ocupa los puestos de atrás en el marco latinoamericano de ciencia y tecnología
y Latinoamérica se ubica, a su vez, en los últimos escalones del
ranking mundial de producción en ciencia y tecnología.
Nuevamente
habría que repasar la historia para comprender el atraso científico
tecnológico del país y apelar a los más de 500 años
de colonización extractiva que ha sufrido la patria y al endeudamiento
crónico a que se ha visto sometida, sino compartido con las demás
repúblicas del Sur. Al respecto y para tener una idea de la dimensión
internacional del desequilibrio social baste mencionar que, de 1980 al año
2000 todos los países del sur le trasfirieron a los del norte alrededor
de 3,5 billones de dólares como pago de la deuda externa cuando ella no
era sino de 0,5 de billones dólares al iniciarse la década de los
ochenta. Es decir, hemos pagado casi siete veces más de lo que se debía
y aún debemos 2 billones de dólares (Esquivel y otros, 2002). La
voracidad internacional también explica el modelo.
En las condiciones
anotadas, el modelo de transferencia tecnológica solamente sirvió
para ciertos sectores dominantes, poseedores tanto de las mejores tierras como
de las mayores posibilidades económicas para absorber paquetes tecnológicos
de punta. Los conocimientos generados en las estaciones experimentales privadas
y del Estado exigían, para su aplicación adecuada, ciertas condiciones
de suelo, relieve, propiedad de la tierra, infraestructura y apoyo socioeconómico,
que poco se dan en las condiciones de economías campesinas de ladera. En
consecuencia, aumentó la polarización de la sociedad rural y la
concentración del capital y la tecnología en pocas empresas, grupos
o personas con las mejores tierras, suficiente capital y acceso al poder político.
El
Modelo Transgénico
En estas condiciones de dependencia aparece
el modelo basado en la modificación genética de plantas o modelo
transgénico, que lleva tras de sí bastantes polémicas relacionadas
tanto con su origen como con sus probables efectos en los ecosistemas y en las
culturas.
De entrada, sus defensores presentan las plantas transgénicas
como parte de una estrategia que disminuirá el hambre en el mundo en tanto
participa de los modelos de agricultura sostenible.
Sus críticos manifiestan
que el problema del hambre no se resuelve a punta de tecnología sino de
justicia social y de equidad. Nunca antes en la historia de la humanidad se habían
producido más alimentos per cápita que en la actualidad, pero nunca
antes tampoco se habían elevado los índices de muertes por obesidad
en el mundo desarrollado y de muertes por hambre en los países pobres.
Mientras en unas partes del planeta se muere por indigestión en otras se
muere por inanición. La desigualdad en el acceso a los recursos de tierra
y agua, los conflictos políticos y el acaparamiento del mercado mundial
están en la base de la responsabilidad social del hambre. Los cultivos
transgénicos no pueden resolver este conflicto, entre otras cosas porque
su origen no se basa en una demanda efectiva por parte de los agricultores campesinos
o de los consumidores de alimentos, sino que proviene de las necesidades manifestadas
por otros actores, ubicados en la otra orilla del acto agronómico: las
grandes compañías multinacionales.
Y aquí aparece tal
vez la mayor fuente de desacuerdo entre quienes critican y entre quienes apoyan
el modelo transgénico, es decir, su estrecha relación con el poder
transnacional.
La investigación biotecnológica que generó
las primeras plantas transgénicas aprovechó el acervo de conocimientos
acumulados durante siglos en los modelos científicos, la mayor parte de
ellos realizados con fondos públicos de universidades europeas y norteamericanas.
Una vez que se comprendieron las bases genéticas y moleculares de la biología
celular y se entendió el enorme potencial futuro que ofrece la manipulación
genética, el negocio pasó a manos de las compañías
transnacionales que dominan los mercados mundiales de semillas y de agroquímicos.
En la actualidad solo siete de esas compañías acaparan el mercado
mundial de semillas transgénicas (Morales, 2001).
Es fácil comprender
que tales compañías, luego de realizar fuertes inversiones en desarrollos
tecnológicos, deseen recuperar el capital invertido asegurando, en primera
instancia, la posesión sobre los avances biotecnológicos a través
de patentes que les confieren derechos de propiedad. La legitimidad de tales posesiones
sobre los genes es altamente cuestionable, especialmente porque el conocimiento
requerido para manipular plantas es producto de siglos de trabajo científico
y de saber tradicional de la humanidad, que no se reconoce en las patentes y porque
los genes no existen solos, levitando en el vacío, sino que hacen parte
del prodigioso tejido de la vida, compuesto por millones de átomos, moléculas,
macromoléculas, tejidos, organelos, órganos, organismos, poblaciones,
comunidades y ecosistemas, cuyas íntimas interrelaciones son desconocidas
a la hora de otorgar valores económicos a dos o tres genes. Pero el modelo
transnacional busca las mejores ventajas comparativas en cada país para
realizar el despegue de las plantas transgénicas, sin preocuparse por indagar
sus relaciones con la realidad nacional de cada nación.
El caso de Argentina
es particularmente revelador: este país se ha convertido en uno de los
principales cultivadores de soya transgénica. Mientras que en 1995 se cultivaban
2,8 millones de hectáreas de soya convencional, en 1996 aparecieron por
primera vez los transgénicos en ese país con 800 mil hectáreas
y solo dos años después, en 1999, Argentina cultivaba 7 millones
de hectáreas de soya transgénica. Ello constituye el caso más
exitoso de transferencia de tecnología que la humanidad ha visto en toda
su historia. Ni siquiera con los híbridos de alto rendimiento se lograron
estos espectaculares índices de crecimiento en área cultivada. De
cero a cien por cien en solo cuatro años.
Por su parte, el nivel de
ventas de Round - Up, el herbicida para cuya resistencia han sido genéticamente
modificadas las plantas de soya, se incrementaron dramáticamente en el
mismo período, pasando de menos de 8 millones de litros a más de
50 millones en el mismo período (Pengue, 1999 citado por Morales, op. cit.).
La gran beneficiada de este proceso es, sin duda alguna, la compañía
Monsanto que es al mismo tiempo la propietaria de las semillas transgénicas
y del herbicida Round - Up. Negocio perfecto. El monopolio de las semillas y de
los herbicidas, que constituye una enorme revolución de la posmodernidad,
se apoderó de los campos argentinos sin una sola gota de polvo de resistencia,
en medio de un silencio que impresiona.
Mientras tanto, Rulli (2002) denuncia
que el modelo rural argentino, netamente exportador, genera el material de soya
con los que se alimenta el ganado europeo, en tanto que casi la mitad de la población
se encuentra por debajo de la línea de pobreza, 500 obreros son desplazados
por cada unidad de máquina y han sido expulsados 300.000 productores de
las zonas rurales hacia las urbes argentinas en la década de los años
noventa. Veinte millones de hectáreas que podrían alimentar ampliamente
a toda la población de ese país, se encuentran concentradas en 200
empresas en buena parte puestas al servicio del modelo exportador de soya. En
este caso, la realidad parece que supera las ficciones borgianas.
Parte de
la explicación del éxito de la transferencia transgénica
en Argentina, radica en políticas favorables a su producción, en
la reducción de costos de mano de obra y en el no cobro de los derechos
de semilla por parte de la citada multinacional.
El Derecho a sembrar
El
mercado transgénico se apoya en la obtención de patentes y en el
cobro de derechos sobre la utilización de las semillas. El valor de estas
transacciones se mide en varios miles de millones de dólares al año
y en ellas están involucradas principalmente las compañías
transnacionales que se han repartido los nichos de mercado. Unas se especializan
en semillas tolerantes a herbicidas y otras en plantas transgénicas que
producen toxinas contra insectos.
En el futuro se crearán plantas transgénicas
para diversos usos puesto que las posibilidades de manipulación genética
son literalmente infinitas, en la medida en que todos los seres vivientes son
susceptibles de ser transformados genéticamente. El mercado de la vida
está abierto. Podrán comprar los que posean los suficientes recursos
económicos, que cada vez serán menos. Los vendedores son homogéneos
e impersonales. Puede decirse que son solo marcas comerciales.
El poder transnacional
reclama para sí los genes que fueron creados para transmitir la información
de la vida generación tras generación. En este proceso se excluye
a los campesinos que en el futuro deberán comprar las semillas a las transnacionales.
De no hacerlo, se expondrán a sus demandas penales por uso ilícito
de bienes privados.
Es lo que le ha pasado a Percy Schmeiser, quien ya inscribió
su nombre en la historia debido a que es el primer agricultor demandado penalmente
por una empresa transnacional que le acusa de tener en sus campos de cultivo semillas
transgénicas de canola resistentes al Round - Up. A pesar que Schmeiser
afirma que no utilizó las semillas transgénicas de la empresa Monsanto
ni compró el herbicida que produce y vende esa misma compañía,
debe pagarle una multa de $10.000 dólares por la licencia y de $ 75.000
por regalías (veredicto del juez Andrew Mackay, de acuerdo con información
de RAFI, consultable en www.fct-cf.gc.ca). Este primer caso del año 2002
ilustra bien el futuro campesino si se permite que las semillas tengan dueño
absoluto.
Las compañías transnacionales han lanzado sus tentáculos
más allá de las raíces de las plantas y realizan esfuerzos
económicos cada vez más importantes para llegar a la entraña
misma de la tierra: el complejo, maravillosos y poco conocido mundo de los microorganismos
edáficos.
En el universo limitado de los incontables hongos, bacterias,
actinomicetes y algas y en el mundo subterráneo de los meso y macroorganismos
que habitan la oscuridad del suelo, existe un potencial enorme de posibilidades
biológicas para industrializar, de acuerdo con la lógica dominante.
Cada microorganismo de la tierra y cada fracción de su genoma son una patente
posible y una victoria comercial.
El modelo transgénico, entonces,
le sirve a las compañías transnacionales pero no está al
servicio de los campesinos. No hubo ni habrá participación comunitaria
en la definición de las líneas de investigación que se desarrollan
en los laboratorios. Jamás ningún campesino colombiano solicitó
una planta transgénica para solucionar sus problemas de producción.
Claro que no tardaremos en escuchar esas peticiones de boca de los técnicos
que están al servicio del poder transnacional, quienes nos dirán
que ya no pueden más debido a la enorme cantidad de solicitudes de plantas
transgénicas realizada por nuestros agricultores. Va una apuesta en ese
sentido.
Por supuesto que en la misma lógica puede argumentarse que
jamás ningún campesino solicitó un híbrido y, sin
embargo, a partir de híbridos y variedades mejoradas fue como se aumentaron
los rendimientos de muchos cultivos. Pero muchos híbridos fueron desarrollados
con la participación de agricultores, utilizando sus conocimientos para
las pruebas de campo y, en todo caso, los híbridos no iban amarrados contractualmente
a los agroquímicos.
El derecho a saber
Varios escándalos
han sacudido al país en relación con la venta y comercialización
de cultivos transgénicos. En mayo del año 2001 se detectó
soya transgénica en los envíos de buena voluntad del gobierno norteamericano
dirigidos al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, que son repartidos entre
niños de bajos recursos. Nadie en la patria sabía que era soya transgénica.
El 2 de septiembre de 2002 aparece una nota del semanario El Espectador informando
que "desde hace dos años los colombianos importamos alimentos genéticamente
modificados para el consumo interno, y que en varios sectores de los Llanos Orientales
se cultiva con semillas de maíz y soya tratadas genéticamente, sin
control por parte del Estado y menos con advertencia a los consumidores. Las autoridades
sanitarias y ambientales niegan que haya consumo y siembra de productos genéticamente
modificados en el país. Pero reconocen que no se posee la tecnología
necesaria para diferenciarlos del banco nacional de semillas..."
Lo anterior
refleja el nivel de la polémica. Los transgénicos son negados por
sus creadores e introducidos de contrabando en diferentes países, con fines
oscuros. ¿Cuáles son las razones para no colocar etiquetas en los
alimentos procesados o frescos que provienen de plantas transgénicas? ¿Será
temor a que el mercado castigue este tipo de productos y en consecuencia disminuyan
las ventas? ¿Habrá otras razones? ¿Algo relacionado con la
salud de los consumidores? ¿Se estará probando la capacidad nacional
para controlar el consumo de tales alimentos?
Desde que las compañías
transnacionales se niegan a etiquetar sus productos, cualquier especulación
es válida.
Pero se deberían etiquetar? ¿Tienen los consumidores
derecho a saber qué están consumiendo, independientemente de los
efectos que puedan causar tales alimentos en su salud? La respuesta es Sí.
Tenemos derecho a saber lo que consumimos y a decidir sobre ello, así esa
decisión sea ideológica, estética, política o ética.
Un solo ejemplo basta para ilustrar el asunto. Existe una papa transgénica
que fue modificada para que produjera lectina, sustancia que se utiliza para repeler
ácaros. Al mismo tiempo la lectina, que está presente en habas y
fríjoles, genera una alergia entre ciertas personas, conocida como fabismo.
Ahora bien. Una persona con fabismo puede ingerir, sin saberlo, papas transgénicas
con lectina y enfermarse. ¿Tienen esas personas derecho a saber que en
estos alimentos se encuentran sustancias que las afectan?
¿Y si alguien
decide no comprar alimentos transgénicos simplemente por oponerse al modelo
de globalización y a los globalizadores? O porque considera mejor no arriesgar
su salud o la de su familia? O simplemente por motivos éticos? O porque
definitivamente no lo desea?
La sostenibilidad del Modelo Transgénico
Dado
que la sostenibilidad se juega en ámbitos que trascienden el escenario
ecosistémico, las dudas que se ciernen sobre los cultivos modificados genéticamente
y que provienen del ámbito cultural, juegan en contra de su supuesta sostenibilidad.
En efecto, ellos tienen que pasar necesariamente por filtros relativos a sus implicaciones
sociales, políticas, tecnológicas y científicas, además
de las ecosistémicas.
¿Por qué? Porque se trata de una
tecnología que libera plantas transformadas irreversiblemente en un ambiente
biofísico que le pertenece a toda la sociedad, con altos grados de incertidumbre
sobre sus efectos tanto sociales como económicos y ecosistémicos.
Igualmente porque la agricultura está indisolublemente ligada a la
sociedad en su conjunto y por lo tanto sus límites se difunden, casi sin
proponérselo, hacia incontables actores y procesos en múltiples
áreas del tejido social, incorporándose en todas las esferas de
la sociedad, aún en aquellos sectores que parecen más alejados de
la fertilidad de la tierra. Cuando se habla de desarrollo agrario sostenible se
habla también de un nuevo modelo de desarrollo general de la sociedad (León
1996).
Mirado desde el punto de vista sistémico, la agricultura incluye
no solamente las prácticas inherentes al manejo de suelos, aguas, coberturas
vegetales y especies animales, sino que contempla, de manera integrada, los procesos
de almacenamiento poscosecha, transporte, distribución y mercadeo de los
productos agrícolas; fuentes de crédito y financiación; manejo
de residuos; infraestructura de servicios, salud, nutrición y consumo de
alimentos; uso y conservación de cuencas hidrográficas; administración
de recursos naturales; participación comunitaria y desarrollo institucional;
legislación y comercio internacional; educación, investigación
y generación tecnológica; políticas estratégicas de
Estado en relación con nuevas perspectivas de desarrollo y, en fin, otras
características relacionadas con condicionantes sociales, económicos,
simbólicos y biofísicos. En todos estos niveles los transgénicos
tienen que demostrar su sostenibilidad.
En consecuencia las tecnologías
de plantas transgénicas para ser sostenibles, entre otros, deberían
resolver satisfactoriamente cuestionamientos como los siguientes:
* ¿Soluciona
efectivamente las causas por las cuales aparecen enfermedades o plagas en los
cultivos?
* ¿Incrementa o no el uso de agroquímicos a corto,
mediano y largo plazo?
* ¿Es compatible con la valoración de
la biodiversidad?
* ¿Genera o no erosión genética?
*
¿Aumenta significativamente la producción de alimentos en comparación
con sistemas de agricultura ecológica o incluso del modelo convencional?
*
¿Mejora la calidad nutricional de los alimentos y por ende representa un
incremento en la calidad de vida de los consumidores?
* Afecta la salud de
los seres humanos?
* ¿Agudiza, o por el contrario, resuelve desequilibrios
económicos de la población rural?
* ¿Aumenta la dependencia
tecnológica de los grupos de productores o los libera de la importación
obligada de insumos?
* ¿Afecta otros componentes estructurales y/o funcionales
de los agroecosistemas y de los ecosistemas?
* ¿Resuelve problemas centrales
de manejo de suelos, como desequilibrios nutricionales, procesos de compactación
o deficiencia de materia orgánica entre otros?
Transgénesis
y Agricultura Ecológica
Quienes tienen en claro que las
plantas modificadas genéticamente hacen parte de una propuesta insostenible
son los cultores de la agricultura ecológica (AE), también denominada
orgánica o biológica (León, op. citi)
Existe una incompatibilidad
básica entre estos tipos de agricultura y la introducción de transgénicos
en los campos de cultivo.
* En primer lugar, porque la AE basa su discurso
en movimientos de contracultura que se opusieron durante largo tiempo a la filosofía
y a la práctica de la Revolución Verde, como una forma de vida.
El rechazo al uso de todo tipo de venenos para proteger cultivos y la promoción
de la vida en el agro sistema son las bases que sustentan a estos movimientos
y que las hacen girar en torno a la producción de alimentos sanos, no contaminados,
nutritivos y libres de cualquier riesgo sobre la salud humana. Atributos que no
poseen las plantas transgénicas debilitadas per se al incluir en sus códigos
genéticos elementos extraños que potencian alguna característica,
pero que pueden influir negativamente en otras (muchas desconocidas)
* La AE
promueve la diversidad de cultivos y la transgénesis niega esa diversidad,
aunque afirme que las plantas modificadas pueden subsistir junto a las normales.
Los campos diversificados son en si mismos estrategias de control de plagas y
enfermedades, porque en un ambiente de abundante oferta alimenticia aparece igualmente
una gran cantidad de organismos que se interrelacionan entre sí y con las
plantas cultivadas y emergentes, facilitando el autocontrol del agrosistema. Un
campo genéticamente uniforme tiene una susceptibilidad mayor a cualquier
factor adverso del ambiente porque no posee la multitud de expresiones de la vida
que se pueden oponer a él.
* Además, existe una pretensión
tácita inmersa en la transferencia de tecnología de plantas transgénicas
en suponer que se trata de condiciones edáficas y climáticas similares,
en donde las plantas modificadas pueden prosperar libremente. Los suelos son cuerpos
naturales sobre la superficie terrestre que responden, a través del tiempo,
a cambios en los factores clima, relieve, material parental y organismos. Esto
supone que el comportamiento de los suelos tropicales no es el mismo que el de
los suelos de las zonas templadas e, incluso, que en el mismo trópico no
pueden homologarse las características de un vertisol ubicado, por ejemplo,
en terrazas cálidas con las de un andisol de montaña. Incluso, al
nivel de la misma finca los suelos pueden ser diametralmente diferentes. La presunción
de homogeneidad de la transgénesis choca con las argumentaciones agronómicas
mínimas de las pruebas de adaptación.
* La agricultura ecológica
promueve el conocimiento del universo limitado de microorganismos del suelo, responsables
de la nutrición mineral de los vegetales a partir de las interrelaciones
formadas a través de milenios entre las raíces de las plantas y
los planos de acción rizosférica, situación no contemplada
hasta ahora por la transgénesis que impulsa plantas modificadas sin realizar
evaluaciones sobre tales interacciones. Podría resultar que, con el tiempo,
los exudados radicales de las plantas transgénicas modificaran las rizosferas
e hicieran que las poblaciones microbianas se desplazaran en composición
o función hacia nuevos equilibrios. El sentido de tales desplazamientos,
no se conoce.
* La AE se basa en el conocimiento ancestral de agricultores
campesinos e indígenas y la transgénesis desconoce el saber popular,
puesto que se basa en la aplicación de conocimientos científicos
de punta, disponibles en su lenguaje solo para reducidos círculos de individuos
que comparten el privilegio del acceso a las Universidades y a los Centros de
Investigación Biotecnológica. Difícilmente los campesinos
de ruana y machete serán oídos en los laboratorios de Monsanto,
de Zyngenta o Novartis. La transgénesis es un instrumento de exclusión
social y económica que coloca el acento sobre una sola manera de entender
el mundo (la ciencia positiva al servicio del lucro transnacional).
* En el
monocultivo transgénico domina el interés que proviene de la acumulación
de capital sobre toda otra consideración posible. El mercado presiona para
dejar de lado todo resquicio de tradición, que se pierde con la constante
aparición de novedades tecnológicas. No se acumula sabiduría
sino eficiencia. La tierra no se percibe más como un patrimonio afectivo
sino como una sucesión de hectáreas a tractorar valoradas únicamente
en función de los costos que ocasiona y de los beneficios económicos
que aporta. La erosión genética de las especies es la condición
necesaria que exige este monocultivo para su reproducción, que a la larga
se convierte en una más de las facetas de dependencia social, económica,
tecnológica y política.
* Los cultores de la agricultura ecológica
promueven la integración de la producción animal y vegetal en campos
de cultivo diversificados y en procesos de reciclaje de materiales como una manera
de aprovechar los recursos locales y de facilitar la autonomía económica,
situación que jamás se logrará dependiendo de semillas suministradas
por fabricantes impersonales. Este punto es una ruptura irreconciliable entre
las dos visiones de la agricultura. En efecto, una de las mayores criticas al
modelo de revolución verde fue la dependencia que generó entre varios
tipos de agricultores para la compra de insumos externos (semillas, maquinaria,
agrotóxicos). Ahora los cultivos transgénicos vienen amarrados a
la compra de los herbicidas que ofrecen las transnacionales profundizando la dependencia.
Los agricultores ecológicos luchan por liberarse de los venenos de la química
agrícola y también de los venenos de la dependencia económica.
La
agricultura ecológica tiene bases espirituales que le apuntan a una sociedad
mejor, más justa, más armoniosa. Los transgénicos le apuestan
a una sociedad impulsada por el lucro, la utilidad a toda costa y la marginalización
de los productores. Aquellos sin poder de compra no podrán acceder al paquete
completo de semillas transformadas y venenos que ofrece este tipo particular de
aplicación biotecnológica y se sentirán excluidos, al igual
que lo fueron durante el auge de la revolución verde. No es que se trate
de defender el acceso de todos al uso de transgénicos sino de prever efectos
posibles en una sociedad globalizada que por imitación, por intereses económicos
y por presiones de toda índole tratarán de ingresar al barco de
los transgénicos sintiéndose en un nuevo Titanic. Solo que esta
vez el naufragio podría ser universal.
Bibliografía
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La biotecnología y el modelo rural en los orígenes de la catástrofe
que sufre la Argentina. Grupo de Reflexión Rural. (rtierra@infovia.com.ar)
Notas
(1)
Parte de este documento se presentó en la cátedra Manuel Ancízar
"Biotecnología para no biotecnólogos". Universidad Nacional
de Colombia. Agosto 28 de 2002.
* Tomás León Sicard
Agrólogo
M. Sc. candidato al doctorado en Tecnología Agroambiental.
Profesor
Asociado Universidad Nacional de Colombia - Instituto de estudios Ambientales.
Email: teleonsi@bacata.usc.unal.edu.co