INTRODUCCIÓN
Las
prácticas socioeconómicas de los indígenas del norte de la
Patagonia sufrieron una sustancial modificación a partir de su derrota
militar acaecida hacia fines del siglo pasado. Su incorporación al capitalismo
respondió a un doble mecanismo de extensión y de profundización
del sistema. En este trabajo desarrollaremos algunas reflexiones sobre este proceso.
Resulta
inevitable partir de un breve comentario sobre las condiciones de existencia de
los grupos mapuches antes de las acciones militares. Pasaremos luego a las causas
que motivaron la campaña del desierto (2) y cómo afectaron a los
grupos aborígenes ciertas características del modelo económico
impuesto, tales como la penetración de la forma salario en el campo de
las relaciones de producción y la privatización del suelo. Finalmente
comentaremos las distintas formas por las cuales estas unidades domésticas
han contribuido a la reproducción ampliada del capital.
Consideramos
que estos puntos, cuyo eje económico es indudable, debían ser analizados
tomando en consideración la fuerte incidencia de los factores políticos
en el proceso de transición a formas socioeconómicas capitalistas.
LAS
RELACIONES ENTRE EL MUNDO INDÍGENA Y EL MUNDO "WINKA": EL PRIMER
IMPACTO
El mundo indígena y el blanco
(winka) no conformaron ámbitos separados dado que múltiples relaciones
los vinculaban a través de las fronteras. Mandrini menciona cómo
"hábitos y costumbres del blanco penetraron la sociedad indígena,
mientras que muchos elementos de esta última eran adoptados por los pobladores
blancos de la frontera" (1984:7).
La coexistencia de la violencia militar
junto con intercambios pacíficos permitió que el comercio y otras
formas de contacto no violento se desarrollaran intensamente aunque en forma acotada
a ámbitos locales.
León Solís señala la existencia
de dos tipos de intercambio, por un lado el comercio practicado por "conchabadores"
que actuaban como intermediarios entre los indígenas y la sociedad colonial
introduciendo manufacturas europeas en el interior del mundo indígena,
y por otro el intercambio de distintas prestaciones entre los miembros de un mismo
grupo o entre vecinos o posibles aliados militares.
La intensidad del flujo
del intercambio tendió a incrementarse con el correr del tiempo y provocó
cambios estructurales en el sistema económico de las poblaciones indígenas
que ajustaban su producción y consumo a las fluctuaciones del mercado fronterizo.
En el comercio con los blancos los indígenas intercambiaban ponchos, matras,
cueros, plumas, etc.; obteniendo a cambio tabaco, harina, azúcar, telas,
yerba, etc. "... En la medida en que la mayoría de estos productos
eran tratados como mercancías, se puede pensar que el modo de producción
aborigen sufría una reestructuración sustancial tanto en lo que
se refiere a la organización de la fuerza de trabajo como en la orientación
de la producción hacia mercados lejanos" (León Solís,
1990:187).
Las modalidades de ocupación de la población indígena
estaban definidas por un doble ciclo productivo, por un lado la explotación
extensiva de la ganadería cuyo objetivo era el intercambio transandino,
y por otro un ciclo agrícola cuyo destino era el consumo doméstico.
El ciclo del ganado, señala Mandrini, sostenía la estructura socioeconómica
indígena y el malón era la empresa colectiva por excelencia. Su
objetivo era la apropiación del ganado de los winkas y consistía
en una empresa económico-militar que reunía a distintos grupos para
tal fin.
Con respecto a las prácticas hortícolas este mismo autor
señala la importancia que adquirían el maíz, el trigo, la
cebada y algunas cucurbitáceas en la dieta indígena y destaca el
posible uso de arados y canales de riego en el proceso de producción. Otra
actividad económica importante en este ciclo de subsistencia era la caza
que complementaba la ingesta de carne básicamente proporcionada por el
ganado, al tiempo que permitía el abastecimiento de cueros, pieles y plumas.
Es importante destacar que todo excedente producido en estas actividades era destinado
a la comercialización.
Cuando la producción ganadera se desarrolla,
la participación de los grupos indígenas en la integración
de distintos mercados regionales cobra su mayor dimensión. Anteriormente
los intercambios se reducían a productos de caza o pesca y en algunos casos
a la colocación de ciertas artesanías, pero es a partir del desarrollo
de la producción ganadera cuando los intercambios se plantean en una escala
distinta.
La integración económica de los pobladores indígenas
con los mercados del Pacífico a través del intercambio de su producción
ganadera (ganado en pie, pelo de caprino, lana, etc.) es una constante de la que
incluso encontramos evidencia hasta bien entrado el siglo XX. Por su parte, las
provincias del sur de Chile abastecían de bienes de consumo básicos
a los productores de norpatagonia (vinos, azúcar, fideos, té, café,
ropa, harina, etc.). Esta misma estructura de comercialización de la producción
ganadera por bienes manufacturados se repetirá cuando los mercachifles
asentados en territorio argentino reemplacen el aprovisionamiento de los bienes
llegados de Chile y continuará hasta el presente, como veremos más
adelante.
La dependencia de las plazas del sur chileno era muy importante (Valdivia,
Temuco, Concepción, etc.) tanto que, en razón de ello, la única
moneda que circulaba era la chilena. Según Bandieri, esta situación
fue común hasta aproximadamente 1930 (1991:218).
LA
CAMPAÑA MILITAR
En el año 1877
asume en el Ministerio de Guerra Julio Argentino Roca, quien plantea la necesidad
de realizar una campaña ofensiva cuyos objetivos serán por un lado
el cierre de los pasos andinos, objetivo que tenía un componente económico
y otro geopolítico, y por otro desalojar a los indígenas de las
áreas de las cuencas de los ríos Negro y Neuquén.
La importancia
económica de esta campaña militar fue muy grande dado que "las
tierras conquistadas sumaban 60 millones de hectáreas. Prácticamente
la superficie de explotación económica se habla duplicado..."
(Tur, 1972:73). Desde 1876 hasta la finalización del siglo los distintos
gobiernos nacionales entregaron más de las dos terceras partes de las tierras
incorporadas a un número muy reducido de personas. Resulta importante destacar
que las operaciones militares fueron financiadas básicamente por la clase
terrateniente, interesada en ampliar sus posibilidades económicas, a través
de su participación en un "empréstito patriótico"
que fue pagado con la entrega de tierras en propiedad una vez finalizada la campaña
(Viñas y Gastiazoro, 1968). La incorporación de los territorios
indígenas a la esfera de control estatal trajo como consecuencia inmediata
la privatización de importantes extensiones del recurso tierra.
Las
transformaciones económicas y las características de la inserción
del país en el comercio internacional como un importante exportador de
carnes precipitaron la competencia de la clase terrateniente por un recurso escaso,
no renovable: la tierra. Las inmensas extensiones bajo control de los grupos indígenas
resultaban vitales para la expansión de esta clase y la consolidación
del modelo económico.
La llegada de las fuerzas militares no sólo
estaba respaldada en la eficacia de los fusiles rémington sino que también
se vinculaba a determinados cambios tecnológicos, tales como la expansión
de las vías férreas que posibilitarían transportar la producción,
el telégrafo que permitiría comunicar rápidamente los centros
de producción con los de comercialización y embarque. La instalación
de los frigoríficos resultó otro cambio importante dado que durante
la década del 80 la venta de ovinos congelados a Inglaterra llegó
a casi 4.000.000 de animales. Es a principio de la siguiente década cuando
adquiere gran importancia el embarque de ganado en pie.
Estos factores permiten,
como señala Tur, que "en esta nueva etapa se asiente y consolide el
predominio del latifundio ganadero y los inmigrantes agricultores queden subordinados
a los requerimientos del desarrollo pecuario" (1972:48).
Debemos agregar
que no sólo los inmigrantes agricultores se subordinaban a los requerimientos
de la expansión latifundista orientada a la producción ganadera
sino que todos los sectores económicos y sociales debieron supeditarse
a las demandas del nuevo modelo económico.
Este modelo planteaba una
reorientación en la comercialización: de lo regional a lo internacional,
de una salida al Pacífico, al Atlántico, del transporte en arreos
a través de los pasos transandinos a la rápida salida por el ferrocarril
hacia Buenos Aires donde la hacienda era embarcada rumbo a Europa. Con respecto
a la producción la consolidación del latifundio trae aparejado el
alambrado de las propiedades. Esto no sólo es la delimitación de
la propiedad privada de determinada parcela de tierra. El alambrado de los campos
también ocasiona profundas modificaciones en el proceso de trabajo dado
que por un lado limita el desplazamiento de los animales, lo que minimiza las
pérdidas de cabezas y al mismo tiempo facilita el seguimiento de la hacienda.
También permite la separación de la unidad de explotación
en cuadros, lo que implica una racionalidad específica en el manejo del
ganado.
Hasta tal punto resulta identificable este tipo de cambio, en principio
tecnológico, con un determinado modelo socioeconómico, que un informante
mapuche (quien había trabajado un tiempo en estancias de Santa Cruz para
luego regresar a la provincia de Río Negro), durante una entrevista nos
respondía lo siguiente:
P: - Allá
en donde usted trabajó ¿había mapuches?
R: - No allá
no hay mapuches, allá es puro alambrado.
La
asociación de ciertas modalidades productivas con determinada identificación
étnica resulta muy sugerente y evidencia el claro contraste entre un modelo
económico y otro.
Paralelamente a la denominada campaña del desierto,
en el lado chileno también se desarrollaron acciones militares que sugerentemente
fueron denominadas con el eufemismo de "pacificación de la Araucania".
Estos movimientos no respondían a una acción planificada en conjunto,
sino que eran el resultado, entre otras cosas, de procesos paralelos de afirmación
de los nuevos Estados y su consecuencia inmediata fue el avance sobre la nación
mapuche. Las mutuas desconfianzas entre el Estado chileno y el argentino ocasionaron
fuertes tensiones militares. Ninguno de los dos gobiernos concebía la presencia
de contingentes militares de un lado de la cordillera y, del otro, de grupos mapuches.
La
concepción de equilibrio geopolítico y la competencia territorial
de ambos Estados resulta un factor importante para explicar la simultaneidad de
ambas campañas. Como resultado de estas circunstancias el pueblo mapuche
se vio sometido a una clásica maniobra militar de "pinzas" que
facilitó el genocidio.
Una consecuencia importante de esto fue la gran
movilidad de determinados grupos domésticos y linajes por ambos lados de
la cordillera. Esto fue utilizado desde los sectores hegemónicos para negar
la nacionalidad (3) -argentina o chilena, según donde se radicaran- facilitando
de esta manera el trato discriminatorio (4) y los despojos que acaecieron con
posterioridad de las campañas militares.
LA
CONSOLIDACIÓN DEL LATIFUNDIO Y EL CORRIMIENTO DE ALAMBRADAS
Unos
pocos estancieros eran dueños de toda la Patagonia, pagaban con vales o
en moneda chilena...
Coronel Pedro Viñas Ibarra, jefe de una de las
columnas represoras de las huelgas patagónicas (Bayer, 1986:29).
Esta
etapa coincide con la expansión económica del país. La incorporación
territorial había aliviado la presión pastoril sobre las llanuras
bonaerenses. También se habían podido incrementar los volúmenes
de
producción y de esta manera satisfacer la demanda de los mercados
de Europa en lana y carnes (Bandieri, 1991:213).
La producción de ganado
lanar ocupó un papel preponderante en la economía de las tierras
incorporadas. Las nuevas fronteras agrarias permitieron el desplazamiento a la
Patagonia de este tipo de producción. La "desmerinización de
la Pampa húmeda" es señalada por Giberti (1954:160) como el
traslado de millones de ovinos a la Patagonia, proceso que se vio favorecido por
el escaso valor de la tierra y los buenos rendimientos para el pastoreo. En el
año 1895 había en la región 1. 790. 000 de cabezas mientras
que en 1908, sólo trece años después, el stock ganadero se
incrementaba a 11.000.000 de animales, lo que implica un crecimiento de 614,5%
(Suma de geografía, IV:373).
Sin embargo no debe pensarse que todo el
sistema productivo respondía a los patrones técnicos y sociales
del modelo predominante. Coexistieron (y coexisten) junto a los latifundios (unidad
de explotación que respondía a las pautas de la nueva formación
económica), pequeños productores dedicados a la cría de ganado
menor, quienes sobre la base del trabajo doméstico y practicando en muchos
casos un manejo transhumante de la hacienda encaraban la producción extensiva
de ganado menor. Esta estructura agraria se mantiene sin grandes modificaciones
en la actualidad, aunque indudablemente los desplazamientos de pequeños
productores debido a la competencia por las mejores tierras es un hecho constatable.
A
principios de este siglo resultó una práctica frecuente el "corrimiento
de las alambradas". Mediante esta acción continuó la expropiación
de los grupos mapuches que se habían reasentado, luego de la derrota militar,
en tierras de reducida productividad o de difícil acceso. En la mayor parte
de los casos la extensión de éstas era muy reducida. Sin embargo
el aumento de la renta (5) de las tierras en razón de las mejores comunicaciones
o bien sencillamente porque aún no poseyendo una excelente productividad
comenzaba
a ser rentable su explotación, hizo que estos predios resultaran ahora
atractivos para los nuevos pobladores (6) .
En la mayor parte de los casos
se procedía simplemente a la redefinición de los perímetros
del latifundio permitiéndoles a sus anteriores dueños, en ciertas
ocasiones, seguir ocupando los predios, pero indudablemente bajo la imposición
de nuevas condiciones sociales. La imposibilidad de realizar reclamos legales
debido a su situación de ocupantes fiscales hizo que numerosos grupos domésticos
se reubicaran en predios todavía más inhóspitos y de menores
posibilidades productivas.
Este proceso de despojo se dio con la aquiescencia
del poder político, que respaldó con el empleo de las estructuras
militares y jurídicas esta nueva usurpación.
Stoler menciona
que la subsunción del trabajo al capital puede darse en el proceso de trabajo
y / o en las relaciones sociales en las cuales se reproduce la fuerza de trabajo.
Esta autora afirma que en los procesos de expansión agrícola acaecidos
en los países del Tercer Mundo "... la mano de obra asalariada 'libre'
ha sido contratada y retenida en medio de sanciones estatales estrictas contra
el acceso de una población específica a la tierra y otros medios
de producción" (1988:120).
La ausencia de coacción política,
premisa básica del modelo capitalista desarrollado por Marx, debe ser reformulada
para aplicarla a casos como el estudiado por la autora y el que aquí desarrollamos.
Es indudable que el capitalismo propicia la explotación de la fuerza de
trabajo en términos exclusivamente económicos y que la forma salario
es predominante. La ausencia de mecanismos extraeconómicos en los sistemas
que permiten la apropiación de un excedente, tales como el uso de la fuerza
pública, la privación de las libertades personales, responde a las
características del modelo capitalista pero, como señala Díaz
Polanco, "... ello no significa, sin embargo, que el capitalismo, en sus
fases más atrasadas, no utiliza jamás mecanismos extraeconómicos
de apropiación del excedente" (1984:36).
Mientras Díaz Polanco
nos habla de "fases atrasadas del capitalismo", para Stoler es una característica
del "capitalismo periférico tercermundista" la combinación
de distintos mecanismos de extracción de excedentes. No se trataría
ya de determinadas etapas del capitalismo sino de procesos de expansión
capitalista, en los cuales el control político de los resortes estatales
y la coacción extraeconómica brindan alternativas extraordinarias
pero no por ello menos eficientes para favorecer el proceso de acumulación
de capital.
La economía de los grupos domésticos desplazados
estaba pautada por los mecanismos de la explotación y la comercialización
capitalista que se había iniciado con la derrota militar. La privatización
del suelo y el pasaje a la órbita del valor de cambio de ciertos bienes
y servicios, como por ejemplo la tierra y el trabajo, causó un gran impacto
en las formas organizativas de estas unidades domésticas que debieron reorientar
sus esquemas productivos y sus pautas de consumo a la nueva situación.
Estos grupos domésticos debieron modificar la modalidad productiva que
habían desarrollado: ganadería extensiva sin limitación en
cuanto a la superficie de tierras ocupadas y agricultura en zonas fértiles.
La
agricultura tenía gran importancia en el pasado, cuando además de
la huerta para consumo doméstico se sembraban cereales (principalmente
trigo y maíz), y forrajeras como la alfalfa. Luego de
destinar una
parte para el consumo, los excedentes se comerciaban en parajes cercanos conformando
circuitos
de intercambio zonal y regional (7).
Consideramos importante esto último
debido a que, como ya señaláramos, antes de la campaña militar
existía un importante ciclo de subsistencia desarrollado por las unidades
domésticas mapuches que incluía un fuerte componente hortícola.
Esta práctica, como vemos, continúa durante mucho tiempo, al punto
que algunas unidades de producción sólo se dedican a la actividad
agrícola, pero es a partir del afianzamiento de las relaciones capitalistas
cuando se da un vuelco casi exclusivo a la práctica ganadera debido a la
demanda de pelo, lana y animales en pie.
Las contradicciones entre la producción
para este ciclo orientado a la subsistencia y el intercambio en mercados zonales
y la producción de mercancías y la comercialización en mercados
de integración mundial, como es el caso de la lana, están mediadas,
en principio, por la composición demográfica de cada grupo doméstico.
Sin embargo a partir de la monetarización de la economía se produce
la especialización en la cría de ganado menor como actividad económica
prioritaria (8).
Este hecho hace que las unidades domésticas se vuelvan
dependientes en lo que respecta al abastecimiento de forrajeras y en muchos casos
de productos hortícolas.
A la violencia militar le siguió la
violencia del mercado que en pocos años incorporó al sistema económico
a estos grupos domésticos no sólo como productores de mercancías
sino también como consumidores. Los términos en los que se da esta
incorporación han sido analizados en otros trabajos pero queremos señalar
aquí la particularidad de este proceso debido a la condición étnica
de los grupos involucrados. Como bien señala: "El sistema de comunidades
[...] lleva a sostener relaciones con el sistema económico político
dominante de una naturaleza tal que pierde constantemente capital y mano de obra.
Esta situación la sufre [...] [el mapuche] en su calidad de campesino.
Pero a la vez, por ser indio, sufre una doble supeditación al poder central"
(1976:102)
La condición de indígenas hizo que las familias mapuches
se vincularan a la tierra en términos de "no propiedad". La propiedad
es una relación social que plantea un criterio de exclusión. En
el caso de los grupos domésticos reasentados luego de las campañas
militares esta exclusión se aplicó en forma total para asegurar
la propiedad privada de las tierras repartidas en latifundios y en forma parcial
para pautar las condiciones en que accederían estos grupos a tierras que
pertenecían al Estado. El régimen de tenencia,
como hemos visto,
era el de ocupantes fiscales, hecho que imponía una precariedad absoluta
a la ocupación y la explotación de la tierra. La ley 817 de 1876
establecía que debían crearse "misiones" con el objetivo
de propiciar en los indígenas las prácticas de una "vida civilizada"
estableciéndolos por unidades familiares en lotes de cien hectáreas
(9). Sin embargo, sólo aquellos que participaron en las acciones militares
en el bando ganador recibieron tierras (10).
Recién a partir de la
década del 30 se les reconoce la condición de "ocupantes"
y comienzan a otorgarse permisos de usufructo. Es importante aclarar que esta
condición implica una serie de compromisos por parte de los productores
tales como el pago de un canon a los Estados provinciales en concepto de "pastaje".
La
creación de reservas indígenas es posterior a esta época.
Entre la década del 60 y la del 70 las provincias de Río Negro y
Neuquén sancionaron leyes tendientes a regularizar la ocupación
territorial de las agrupaciones mapuche.
En 1964 el gobierno provincial neuquino
dictó el decreto 737 y sus complementarios, mediante los cuales se concedía
a un cierto número de comunidades indígenas el usufructo de la tierra
que ocupaban, mencionando que en un futuro y luego de efectuadas las mensuras
de las tierras se entregarían los títulos de propiedad.
A comienzos
de la década del 70 el estado de Río Negro promulgó el decreto-ley
714/72 por el cual se otorgaron tierras en usufructo vitalicio y gratuito a las
comunidades indígenas. El mencionado decreto-ley apuntaba a solucionar
el problema de la sistemática enajenación de tierras que sufría
la población indígena.
Las garantías de ocupación
vitalicia que les brindaban a las agrupaciones de ambas provincias estos instrumentos
legales eran el primer paso de un proceso debía continuar con la regularización
de la ocupación mediante la legitimación de las tenencias, la demarcación
de los predios y el otorgamiento de los títulos de propiedad, hecho que
sólo se ha producido en algunos casos excepcionales, permaneciendo la mayor
parte de las tierras ocupadas bajo la titularidad fiscal.
El objetivo del "régimen
de reservas" consistía en preservar a los territorios ocupados por
los grupos aborígenes. Este régimen otorga el beneficio del usufructo
vitalicio de las tierras ocupadas pero impone una serie de restricciones y condicionamientos.
Los ocupantes de las reservas indígenas no pueden practicar la "mediería"
(11), ni vender, arrendar o dividir los campos que explotan. Por otra parte tampoco
pueden obtener créditos que podrían financiar el inicio de otras
actividades económicas.
Es también la condición de indígenas
la que hace que ocupen las zonas más inhóspitas y de difícil
acceso, lo que favorece la imposición de precios monopólicos dado
que los intermediarios que los abastecen en la mayor parte de los casos constituyen
el único canal de insumo-consumo. En este sentido las poblaciones mapuche
constituyen un segmento económico del mercado que permite la obtención
de ganancias extraordinarias (12) a determinados agentes económicos vinculados
en la compra de su producción y el abastecimiento de artículos de
consumo e insumos básicos.
La expansión del capitalismo acaecida
entre finales de siglo XIX y principios del XX en la región norpatagónica
incorporó plenamente a los grupos indígenas refuncionalizando sus
pautas productivas y constriñendo sus opciones de intercambio a la comercialización
en el mercado al tiempo que resignificaba sus construcciones simbólicas.
El
ámbito del consumo de los grupos domésticos fue impactado no solamente
por la necesidad de abastecerse a través del mercado de determinados productos
que antes proporcionaba su ciclo de subsistencia.
La creciente monetarización
de las economías domésticas facilitó el consumo limitado
de ciertos bienes que provenientes del winka se encuentran asociados a ciertos
contenidos de prestigio. La creación constante de nuevas necesidades a
través del intercambio simbólico que propició el sistema
interétnico permitió la redefinición del ámbito del
consumo. Los aspectos simbólicos, estéticos y prácticos de
la racionalidad consumidora de estos grupos mapuches facilitaron la construcción
de nuevos espacios de diferenciación y distinción.
En la formación
social resultante del proceso de expansión capitalista, los grupos mapuches
poseedores de características particulares en lo que se refiere a sus formas
culturales fueron subsumidos formalmente al capital y, como veremos en los próximos
puntos, desempeñaron un papel específico en el funcionamiento y
la reproducción del sistema social.
PEQUEÑAS
Y GRANDES UNIDADES DE EXPLOTACIÓN
La
coexistencia de pequeños productores, muchos de ellos de origen mapuche,
y grandes unidades de explotación latifundista producto de la redistribución
de tierra acaecida a fines del siglo pasado es una característica que perdura
hasta nuestros días (13).
Según Chiozza el 65% de las tierras
en explotación de la provincia de Río Negro y el 55% de la provincia
de Chubut son unidades de producción minifundistas, mientras que en la
provincia de Santa Cruz sólo representan el 10%.
Es importante destacar
que en su gran mayoría los campos recibidos por las agrupaciones indígenas
están por debajo de la receptividad media, lo que indica las constricciones
productivas que le fueron impuestas luego del reparto de la tierra pública
(14).
La afluencia de capitales de origen internacional en la apropiación
de la tierra imprimió un nuevo ingrediente en la conformación de
la estructura agraria norpatagónica. Los latifundios no eran ya solamente
la expresión de poder de la antigua clase terrateniente local cuyo modelo
de producción ausentista y el criterio rentístico imprimían
una lógica específica a la planificación de la producción
y a los criterios de reinversión de los beneficios obtenidos.
A manera
de ejemplo podemos citar el asentamiento de las empresas británicas Río
Negro Land Co., Maquinchao, Huemu Luán y Pilcanea en la provincia de Río
Negro, y las compañías Leleque, El Maitén y Tecka en la provincia
de Chubut.
Recientemente la firma Benetton compró 500.000 hectáreas
en Chubut y Río Negro con un total de 100.000 ovinos lo que significó
una inversión de u$s 50.000.000. La intención de este proyecto consiste
en encarar la producción de lana para abastecer a la industria textil emancipándose
de las fuertes oscilaciones del precio internacional de este producto y evitar
la dependencia de cualquier abastecedor monopólico.
La irrupción
de estas nuevas unidades de explotación planteó modificaciones en
el tipo de relación que mantenían los antiguos dueños con
los vecinos minifundistas, pero por sobre todas las cosas sobre los empleados
de las estancias adquiridas. Muchos de ellos fueron despedidos y a los que permanecieron
les fueron impuestas nuevas condiciones de trabajo (15).
LAS
ECONOMÍAS DOMÉSTICAS Y LA PROFUNDIZACIÓN DEL MODELO
Las
economías domésticas no pueden ser definidas en sí mismas
sino que, partiendo de su historicidad específica, sólo pueden ser
comprendidas en las formas que adquiere su vinculación con el capital.
La
integración de los grupos mapuches en la nueva formación social
se produjo por distintos mecanismos. Pasado un primer momento en el que la reubicación
de los vencidos en las acciones militares constituyó un problema a resolver
por el Estado nacional, las distintas unidades de producción reasentadas
comenzaron la producción y el consumo de mercancías, lo que ocasionó
que paulatinamente se tornaron más dependientes del intercambio de mercado.
Los
grupos domésticos se incorporaron al mercado mediante la venta de pelo
del caprino, lana de ovino, cueros y animales en pie. La producción hortícola
comienza en este momento a circunscribirse a la esfera del consumo (16) para luego
adquirir un expresión aún menor que incluso torna a las unidades
domésticas dependientes del abastecimiento de estos productos de los mercachifles.
Estos intermediarios proveen a las familias mapuches de elementos de consumo tales
como ropas, yerba, azúcar, conservas, harina, papas, verduras, vino, etc.,
e incluso de algunos insumos tales como herramientas, antisárnicos, antiparasitarios,
hormiguicidas y semillas. Como vemos, luego de la ruptura de los vínculos
que unían a estos pequeños productores con los mercados chilenos,
se plantea para los grupos mapuches un tipo de intercambio que reproduce las mismas
características: la venta de productos y subproductos de la actividad ganadera
y el abastecimiento de productos manufacturados.
Muchos autores han analizado
la constitución del ámbito campesino como un espacio "extraordinario"
para la recreación del capital en la medida en que estas unidades de producción
no pueden validar la totalidad del valor de sus mercancías.
La inserción
de los grupos domésticos mapuches no se limita a ser productores y consumidores
de mercancías sino que también son abastecedores de la fuerza de
trabajo requerida por distintos circuitos económicos. Estas unidades domésticas
son estructuralmente expulsoras de mano de obra dado que, como bien sintetiza
el dicho mapuche, "la familia crece, la tierra no" (17) (cit. en De
Jong: 1993).
Gutiérrez Pérez y Trápaga Delfín sintetizan
las funciones de la propiedad campesina en el modelo capitalista: "Por un
lado recrea la economía campesina como espacio indirecto de su valorización,
y por otro lado la reconstituye como forma social que produce y moldea fuerza
de trabajo asalariada... " (1986:139).
Las familias sobrevivientes al
genocidio aportaron la fuerza de trabajo necesaria para la consolidación
del modelo económico.
El trabajo como peón rural se desarrolló
desde el establecimiento de las primeras estancias en la zona. Creemos que éste
fue el primer y principal destino de la fuerza de trabajo que había quedado
disponible luego de la "campaña del desierto". La combinación
producción doméstica con la forma salario con sus complejidades
y contradicciones constituyó una característica de la inserción
de la población mapuche en el ámbito rural que continúa hasta
hoy en día, cuando muchos mapuches son contratados en forma permanente
y estacional por los establecimientos latifundistas.
Actualmente las ciudades
del norte de la Patagonia reciben importantes contingentes de migrantes mapuches
que se insertan directamente o indirectamente en el circuito productivo. Los varones
participan mayoritariamente en tareas de la construcción y en el área
de servicios mientras que las mujeres se dedican a tareas de servicio doméstico.
Estos procesos migratorios explican parcialmente no sólo el explosivo crecimiento
de estos centros urbanos sino que también se relacionan con el aumento
de su actividad económica por niveles superiores a la media nacional.
Otro
tipo de proceso migratorio consiste en participar en las "comparsas"
que reclutan los contratistas para la esquila de los animales. Esta tarea se cumple
en los meses de noviembre, diciembre y la primera quincena de enero. Es común
enlazar este trabajo que nunca supera las cinco quincenas de salario con el traslado
de muchos mapuches hacia la región del Alto Valle para trabajar en la cosecha
de frutas, actividad que comienza a mediados de febrero para finalizar en marzo
o abril.
Como vemos, los grupos domésticos mapuches fueron incorporados
plenamente al sistema capitalista no sólo como productores y consumidores
de mercancías sino también como proveedores de fuerza de trabajo
para distintas ramas y sectores económicos a través de distintas
modalidades migratorias.
CONSIDERACIONES FINALES
Luego
de la guerra con el Paraguay el gobierno nacional pudo abocarse a la ocupación
de los territorios habitados por los indígenas en el Chaco y en el norte
de la Patagonia. La casi simultaneidad de dichas campañas a ambos extremos
del país respondía a las necesidades del nuevo modelo económico
de incorporar nuevas extensiones de tierra, que delegaba en el Estado la responsabilidad
de garantizar la unidad territorial.
Suele afirmarse que la campaña
de Victorica tuvo como objetivo someter y asentar a los grupos indígenas
(wichi, toba, etc.) con el propósito no sólo de apropiarse de una
enorme extensión de territorios, sino también de garantizar la fuerza
de trabajo que sería empleada en los obrajes e ingenios del norte. En contraposición,
también se afirma que la campaña de Roca fue de exterminio, dado
que el modelo económico no requería mano de obra indígena.
Desde
esta concepción la presencia del indígena en el norte de la Patagonia
significaba un obstáculo para el desarrollo del capitalismo, sin embargo
los procesos productivos que se implantaron en los territorios ocupados requerían,
aunque en escala limitada, la incorporación de fuerza de trabajo indígena.
Es cierto que en un primer momento los sobrevivientes de la campaña militar
significaron un problema para el Estado. Lenton señala las discusiones
parlamentarias acerca de cómo financiar los gastos ocasionados debido al
mantenimiento de los prisioneros. Las acciones llevadas a cabo consistieron en
lo que hoy llamaríamos la "reconversión de la mano de obra
indígena". Empleamos aquí esta expresión tan usada en
estos días dado que la fuerza de trabajo disponible debió adecuarse
a los cambios que proponía el modelo económico tanto en relación
con el tipo de proceso de trabajo y con la utilización de nuevas tecnologías
como con las profundas modificaciones acaecidas en el campo de las relaciones
sociales de producción.
Mases menciona el envío de contingentes
mapuches a los ingenios azucareros debido a que en opinión del Ministerio
de Guerra y Marina presentaba ciertas ventajas "... la sustitución
de mano de obra de los matacos "holgazanes y estúpidos" [sic],
por pampas y ranqueles más inteligentes y fuertes" (1987:102)
Otras
formas de disminuir los gastos del Estado en el mantenimiento de prisioneros fue
la distribución de mujeres y niños en los centros de población
urbanos para incorporarlos al servicio doméstico. También se procedió
a la incorporación de los indígenas a los cuerpos militares.
Puede
el señor senador revisar en nuestros cuerpos de línea cuántos
indios salvajes, perturbadores del orden público, están hoy convertidos
en elementos de orden, en elemento de paz, fraternizando con el soldado de quien
eran ayer el mayor enemigo.
[S. 1879, 26/28] (Lenton, 1992:29).
Mas
allá de este primer momento crítico en cuanto a la utilización
de la fuerza de trabajo indígena, los sobrevivientes fueron incorporados
a los procesos productivos y a los circuitos económicos locales.
En
este sentido, las relaciones que se establecieron entre blancos y mapuches luego
de las acciones militares no sólo conformaron un sistema interétnico
sino que también expresaron relaciones de clase. La vinculación
de estos grupos a los procesos económicos del nuevo modelo respondía
a diversos requerimientos. Parafraseando a Bartra, el mapuche en tanto campesino
integra una clase sometida a múltiples y complejos mecanismos de explotación,
en los que se combinan "... la extracción de excedentes a través
del intercambio desigual en el mercado y la obtención de plusvalía
por medio del trabajo asalariado a tiempo parcial" (1989:9).
La presencia
de grupos indígenas, que desde ciertas concepciones evolucionistas y desarrollistas
fue vista como un obstáculo para la expansión del sistema capitalista,
resultó en este caso un elemento que favoreció su desarrollo y reproducción.
La
acumulación originaria que constituyó la expropiación de
sus medios de producción continuó a través de otras formas
de extracción de excedentes. Para ello fue necesario contar con mecanismos
que permitieran coaccionar extraeconómicamente a la población mapuche.
El asentamiento de unidades militares regulares en la región no sólo
fue producto de las tensiones con el Estado chileno sino que también estaban
destinadas a la represión de cualquier intento de rebeldía ante
las nuevas condiciones socioeconómicas.
(1) Agradecemos el apoyo técnico brindado por el ingeniero
Roberto Pepe en la elaboración de este artículo.
* Juan Carlos
Radovich, Facultad de Filosofía y Letras UBA. INAPLA. Secretaría
de Cultura. UNCPBA. Alejandro Omar Balazote, Facultad de Filosofía y Letras
UBA, Departamento de Ciencias Sociales. UNLu. UNCPBA.
(2) La utilización
del término "desierto" ha sido denunciada por numerosos trabajos
antropológicos pero, como señala Lenton: "Ya en 1881, un senador
opositor al roquismo, autonomista correntino, denuncia[ba] que el PEN utiliza[ba]
la calificación de 'desierto' para ocultar el exterminio de sus adversarios
y legitimar el robo, la destrucción, la especulación en tierras...."
(1992:29).
(3) Un asesor de la Comisión de Asesoramiento Legislativo
vigente durante la última dictadura militar decía ".... a mí
que no me vengan a decir nada de esos mapuche [....] si son todos chilenos".
La justificación del prejuicio y la discriminación no se limitaron
a los tiempos posteriores a la campaña del desierto sino que constituyen
prácticas aún vigentes.
(4) Olivera y Briones de Lanata citan
el caso de una familia de la reserva de Ancatruz (provincia de Neuquén)
que conservaba un documento de 1981 en el que se certificaban los servicios prestados
por un antecesor en el ejército de Roca y afirman lo siguiente: "....dicho
documento constituye para sus poseedores una ratificación de su condición
de argentinos....". Uno de los integrantes de la familia quería obtener
la jubilación y "....el reclamo jubilatorio no sólo se apoyaba
en la evidencia de los años trabajadores bajo relación de dependencia,
sino -sobre todo- en el derecho ciudadano centenariamente acreditado" (1987:62).
(5) David Ricardo señala que cuando un país debe recurrir a terrenos
de menor fertilidad para poder procurarse los alimentos necesarios, la renta sobre
las tierras más fértiles aumentará (1985:53).
(6) Las
dos causas que independientemente de la extensión de la tierra y del capital
invertido en ella permiten obtener una renta diferencial son la fertilidad y la
ubicación (Marx, 1985:605).
(7) En este caso nos referimos a principios
de siglo pero es importante recordar las prácticas agrícolas anteriores
a la campaña del desierto señaladas por Palermo, quien basándose
en Olascoaga señala que cuando el ejército avanzó por territorio
neuquino encontró "... pruebas de cultivo de trigo, cebada, maíz,
poroto, garbanzos, papas, etc., en algún caso incluso con riego" (1986:162).
También Mandrini menciona la importancia de las prácticas hortícolas:
"... maíz, trigo, cebada, varias cucurbitáceas complementaban
la dieta del indígena. El testimonio de Ceballos, que incluye una descripción
de un arado, no deja lugar a dudas, pero no es el único. Hay, incluso,
testimonio de la existencia de canales de riego en valles cordilleranos"
(1984:12).
(8) Hemos constatado en nuestro trabajo de campo que en aquellos
grupos domésticos que disponen de un cierto exceso de fuerza de trabajo
(generalmente responden a un grupo familiar extenso de tres o más generaciones)
la actividad hortícola adquiere una mayor importancia.
(9) La superficie
de cien hectáreas en términos de producción pastoril resulta
a todas luces insuficiente para el desarrollo de esta práctica económica
y hubiese condenado a su extinción al grupo doméstico receptor.
(10) El cacique Coliqueo y su tribu recibieron a principios de 1880 16.000 hectáreas
en el partido de General Viamonte en la provincia de Buenos Aires, pero recién
en 1988 comenzó la entrega en propiedad individual, cuando ya se habían
reducido a sólo 4.000 hectáreas (Fischman y Hernández, 1990).
Otros caciques como Syhueque, Namuncurá y Catriel recibieron tierra, pero
debieron sortear diversas dificultades para acceder a ellas.
(11)
El régimen de mediería consiste en que un productor se compromete
a cuidar animales ajenos obteniendo como retribución el reparto de las
crías así como también de los frutos (pelo, lana) de los
animales. El dueño de los animales aporta el "capital" mientras
que su contraparte es el que aportará el trabajo y el recurso tierra.
(12) Nos referimos aquí a la posibilidad de vender productos por encima
del precio de producción que ya lleva implícito la tasa de ganancia
media y también a la compra de la producción mapuche por precios
inferiores del de producción.
(13) Como ejemplo de lo afirmado citaremos
el caso de la provincia de Neuquén, en la cual los departamentos con mayor
porcentaje de población indígena y con mayor presencia de unidades
de explotación minifundistas presentan la siguiente concentración
de la tierra. En Collon Curá, diez explotaciones (21,7%) ocupan el 87,7%
de la superficie departamental, en Picunches: cinco explotaciones (9,4%) ocupan
el 77%, en Catán Lil: cuatro explotaciones (12,1%) ocupan el 46%, en Lácar:
cuatro explotaciones (4%) ocupan el 72,6%, en Aluminé: tres explotaciones
(4%) ocupan el 50%, y en Loncopué tres explotaciones (13,6%) ocupan el
53, 1% (fuente: Censo Nacional Agropecuario, 1988).
(14)
La receptividad media indica que es posible encarar la producción de un
animal de ganado menor (Unidad Oveja Seca) cada tres o cuatro hectáreas
disponibles, lo cual nos da aproximadamente 700 animales menores por legua cuadrada
sin degradar el recurso tierra por la práctica del sobrepastoreo. En los
campos asignados a las agrupaciones indígenas esta relación baja
a una cabeza cada seis hectáreas lo que implica que es posible producir
sólo cuatrocientos animales por legua cuadrada.
(15) Nuestros informantes
manifestaron que a partir de la compra de las tierras por la firma Benetton los
empleados que permanecieron contratados no fueron autorizados a la cría
de animales en los campos de las estancias. Esta práctica era muy difundida
por los anteriores dueños dado que de esta forma mediante la pequeña
producción familiar de sus empleados se abarataba el costo de reproducción
de los mismos (salarios).
(16) En muchos parajes la producción de forrajeras
y productos hortícolas resulta excedentaria hasta fines de la década
del 50. Esta producción era intercambiada en otros parajes conformando
un mercado con especificidades regionales.
(17) Las
causas últimas a las cuales hacemos mención se refieren a las limitaciones
para acumular capital y acceder a créditos y nuevas tecnologías
que presentan estas unidades productivas sólo se explican a partir del
análisis de sus condiciones domésticas de producción.
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