Detrás
de cada acción humanitaria yace el camino hacia la plenitud de quién
la realiza.
Por cada actividad efectuada en pos de la resolución de
las necesidades de la comunidad, el sendero hacia el perfeccionamiento de cada
persona, ya sea individual o colectivo, se torna mucho más claro.
A
su vez estas acciones, como impulsos eléctricos, viajan a través
de los axones llevando consigo el impacto de sus actividades a otros nodos y se
propagan al resto de las organizaciones. De este modo se producirá la sinergia
para el desarrollo del cuerpo-mente entero de la humanidad hacia su plenitud.
Aunque
al parecer este proceso no tenga resultados inmediatos, su efecto comenzará
a relucir de a poco, como el nacimiento de la flor del loto. Al principio la semilla
esconde todo el potencial en su interior y en el medio adecuado, obtendrá
todos los ingredientes necesarios para germinar, florecer y llegar a su integridad
e irradiar su belleza hacia el entorno, incluso limpiar y transformar esa agua
estancada en donde se dió su nacimiento, sin contaminarse jamás.
Siguiendo la línea de pensamiento de
Maturana, su enfoque de autopoiesis, ese entorno será transformado y recreado
por las acciones puras de las organizaciones, ofreciendo su servicio al bienestar
de la comunidad.
El espacio organizacional entonces, siguiendo a Margaret
Weathley, se colma de flujo de energía que hace brotar todas las potencialidades
de los seres, aunque esto pase desapercibido en un primer momento. Al igual que
las estructuras disipativas de Prigogine, es el orden superior naciendo del caos.
Saber
que existe ese potencial implícito en el conjunto de las organizaciones
al servicio del hombre, tomando sus falencias gestivas actuales como una tempestad
pasajera, comprendiendo que detrás de esas nubes de pruebas el sol de la
humanidad brilla con todo su esplendor y sobre todos por igual, será una
visión apropiada para estimularnos a apoyarlas en su proceso de maduración
desde nuestro lugar de participación como ciudadanos en pleno derecho y
obligación.