Introducción
Durante
la segunda mitad del siglo XIX la estructura de la economía europea sufrió
modificaciones importantes a consecuencia del empleo de capital y técnicas
de producción que incrementaron la productividad del trabajo. El industrialismo
adquirió preponderancia en el desarrollo económico de los países
imperiales. Los salarios reales y los niveles de vida de los trabajadores en estos
países aumentaron.
La revolución
productiva en la industria desbordó sus efectos hacia la agricultura, los
transportes marítimos y fluviales y sobre el desarrollo ferroviario. Las
actividades comercial y financiera adquirieron una importancia inusitada y su
expansión favoreció a la población de los países industrializados.
Frente a este panorama se produjo no la idea de que el fortalecimiento de los
países más desarrollados se debía precisamente a la explotación
tanto de los asalariados como a las poblaciones y recursos de las colonias, sino
que dedujeron que con la expansión del capitalismo se daba un mentís
a la teoría de la explotación de Marx. Surgió el marginalismo
como explicación tanto del origen de los valores económicos generados
como de la distribución del producto creado.
En
lo productivo se generalizó el principio de que cada factor contribuye
al proceso productivo de acuerdo con su aportación marginal. En consecuencia,
en materia de distribución, "a cada agente una participación
determinada en la producción, y a cada cual una remuneración respectiva:
he aquí la ley natural de la distribución"(1) .
Mediante
este cambio ideológico, el modelo clásico del comercio internacional
fue objeto de dos modificaciones por los economistas neoclásicos. De un
lado, dicho modelo sufrió enmiendas y ampliaciones que tuvieron por objeto
más bien "acercarlo a la realidad", mediante el procedimiento
de eliminar los supuestos simplificadores o irreales. A consecuencia de estos
cambios, el modelo se tornó más complejo, pero al perder su simplicidad
se volvió más representativo. A estos autores que reformularon el
modelo clásico haciéndole correcciones y aportaciones parciales
suele llamárseles economistas neoclásicos, porque continuaron siendo
fieles a los principios fundamentales de los clásicos y a la mayoría
de los demás supuestos (fundamentales y de tendencia)(2).
Sin embargo,
de otro lado, efectuaron un cambio sustancial al quitarle exclusividad al factor
trabajo como generador de valores económicos para asociarlo con el capital.
Este
cambio ideológico se debió a lo siguiente: desde el siglo XVIII
la organización económica sufría modificaciones importantes.
El productor independiente desaparecía paulatinamente y era sustituido
por el empresario que empleaba trabajadores a cambio de un salario. Ya no resultaba
tan claro que las mercancías se cambiaran en proporción a los costos
trabajo incorporados en ellas.
Bajo
la mirada de los observadores superficiales, el salario dejaba de tener correspondencia
con el producto individual y la diferencia fue atribuida a la asociación
con el capital (que dejaba de ser propiedad del trabajador para ser acumulado
como propiedad de terceros). En estos hechos se basaron Senior y los demás
neoclásicos para justificar la ganancia percibida por el propietario del
capital.
La ganancia no podía
explicarse por el monopolio tal como había sucedido con la renta del suelo.
En materia industrial, donde suponían que reinaba la libre competencia,
la única explicación lógica consistía en abandonar
el supuesto del trabajo como única fuente de valor, y considerar al menos
que había otra fuente creadora de valores económicos: el capital.
Fue así como creyeron haber resuelto el problema de "justificar"
la ganancia, atribuyéndole al capital ser (igual que el trabajo) fuente
de valores económicos y al propietario derecho a participar del producto
neto que se obtenía al emplear el trabajo asociado con su capital. El capital
era producto del ahorro y éste, decían, implicaba un sacrificio
para quien se abstenía de disfrutar todo su ingreso. La parte del mismo
que no era consumido se destinaba a la acumulación. Por tal razón
la ganancia percibida por el patrón se debía al sacrificio lo que
éste hacía al aportar el capital, tan esencial a la producción
como el propio trabajo. De allí que el costo real o valor de las mercancías
fuera atribuido tanto al trabajo necesario como a la abstinencia de consumo indispensable
para la formación del capital.
Pero
bien pronto Karl Marx con su estudio de la plusvalía explicó este
aspecto que parecía resuelto. Para este autor lo que había sucedido
era que el trabajador al perder su condición de productor independiente
y convertirse en asalariado, no recibía sino parte de lo que su fuerza
de trabajo producía, lo necesario para restablecer la fuerza de trabajo
y perpetuar la especie humana. La otra parte, el excedente no pagado o plusvalía
era la ganancia. De esta manera con la sociedad capitalista habían emergido
dos clases: los asalariados y los capitalistas y dos nuevas categorías
económicas: El salario y la ganancia.
Uno
de los aspectos que contribuyeron a este cambio para complicar el problema de
la teoría del valor fue la transformación de los métodos
de producción, al emplearse en forma continua más capital asociado
al trabajo. El capitalista compra la fueza de trabajo que vende luego incorporada
a las mercancías. El proceso del intercambio que antes era efectuado entre
los mismos pequeños productores se dividió en dos etapas: en la
primera una transacción de fuerza de trabajo a cambio de un salario y en
la segunda etapa otra transacción de bienes y servicios entre capitalistas
y consumidores. En la primera etapa se producía la plusvalía; en
la segunda se realizaba, haciéndose efectiva a través del proceso
comercial.
En la medida que la ganancia
adquiría importancia, la teoría del valor trabajo perdía
prestigio (no validez), al lograr preeminencia las teorías de la abstinencia
de Senior (3) y los esfuerzos y esperas de Marshall, ambas invocadas para justificar
la propiedad de los instrumentos de producción y naturalmente el derecho
de sus propietarios a participar del producto generado. Una vez aceptada la percepción
del ingreso con apoyo en el criterio de que el capital es tan creador de valor
como el trabajo, el problema a discutir sufrió una alteración sustancial.
Posteriormente
la atención de los economistas burgueses se dirigió hacia la discusión
de cómo debía distribuirse entre patronos y trabajadores el ingreso
producido. De la búsqueda de la fuente del valor se pasó hacia el
estudio de los principios de la justicia distributiva (4). Ya no importó
tanto esclarecer la fuente del valor como la discusión de las bases que
debían normar la distribución del producto generado (5). Al desviar
la atención del estudio del valor hacia los aspectos de la distribución
le atribuyeron "carta de ciudadanía" al capital como creador
de valores económicos en igualdad de trato respecto al trabajo. Que el
capital generaba valor económico se dio como un hecho indiscutible. En
lo sucesivo el monopolio y la explotación del trabajador, más que
la propiedad capitalista, vinieron a ser los objetivos que la clase trabajadora
tenía derecho a objetar (6). Fue así como los teóricos de
la economía burguesa consideraron haber justificado la percepción
de ingresos vía la ganancia.
La
política económica constituyó el campo de la discusión
y no ya las bases teóricas en que debía apoyarse la generación
y el reparto de los valores económicos. Este cambio de enfoque reflejó
la transformación del capitalismo comercial al capitalismo industrial,
y su principal abogado fue Senior (7).
Aceptada
la argumentación anterior, aún quedaba la necesidad de solucionar
esta discordancia: el esfuerzo de ahorrar no es lo mismo, que el de trabajar.
Por lo tanto, subsistía el problema, aunque de menor fondo de sumar cantidades
heterogéneas: ¿cómo hacer mensurables ambos esfuerzos mediante
un denominador común? Fue el mismo Senior quien creyó encontrar
la solución al afirmar que ambos esfuerzos implicaban un "sacrificio".
La medida de este sacrificio era lo que debía ser objeto de cuantificación.
Respecto al trabajo, atendiendo a qué cantidad de dinero era necesaria
para que el trabajador renunciara al ocio; en cuanto al propietario del capital,
preciando cuál era el precio o costo monetario que había de pagarse
al capitalista para incitarlo a no gastar todo su ingreso e inclinarlo a tomar
el riesgo de invertir la parte ahorrada.
Una
vez desviada la atención del problema central fue fácil derivar
hacia otros enfoques falsos. Así, pocos años después, en
Inglaterra también se soslayó la atención del sector obrero
cuando surgió la discusión proteccionismo vs. librecambio. Al discutirse
en el Parlamento la famosa Ley de Granos, los obreros terciaron en esta discusión
en pro del librecambio olvidándose de presionar para que se aprobara una
legislación que los protegiera. Al desviar su atención hacia un
asunto que más bien competía discutir a los capitalistas y a los
terratenientes, acerca de sí debían abolirse o no los aranceles
a la importación de alimentos, cayeron en el garlito siguiente: La eliminación
de los impuestos a la importación de trigo tendría la ventaja de
aumentar el salario real, porque la importación de trigo más barato
debía bajar su precio, hecho que beneficiaba tanto a los trabajadores como
a los industriales en detrimento de la renta de los terratenientes. Enfrascados
en esta discusión (secundaria para el sector obrero) retrasaron su lucha
por una legislación social que los protegiera ante el cambio radical que
acontecía: incluir el capital en igualdad de derechos con el trabajo para
justificar que su propietario participara del producto neto generado por el trabajo.
Dentro
de estas condiciones prevalecientes en el último tercio del siglo XIX surgen
las corrientes de pensamiento subjetivas y marginalistas. De las variantes de
este pensamiento predominó la teoría neoclásica, cuyo principal
representante fue Alfred Marshall. En materia de comercio internacional, los neoclásicos
después de repudiar la teoría del valor-trabajo se dedicaron a la
tarea de acercar el modelo clásico a la realidad, eliminando los supuestos
irreales más evidentes (v.gr.: que sólo había dos países
y dos mercancías), pero aceptando otros supuestos que en realidad también
eran falsos. Nos referimos a la ley de los mercados o Ley de Say, al supuesto
de la ocupación plena, a la ausencia de crisis de sobreproducción
y al pleno funcionamiento de la teoría cuantitativa del dinero.
En
el aspecto productivo, los neoclásicos trabajaron con base en un supuesto
fundamental: el problema económico consiste en obtener el máximo
provecho neto de una dotación determinada de recursos productivos, y el
cometido de la política económica consiste en lograr la mejor asignación
de dichos recursos. La política óptima para los neoclásicos
estribaba en conceder amplia libertad a los empresarios en cuanto a la decisión
de qué y cuánto producir, a los trabajadores qué salario
motivaba la dedicación al trabajo y a los consumidores cuáles eran
sus preferencias. El equilibrio del sistema se lograba por sí mismo gracias
a la libre competencia entre los empresarios, teniendo como guía la libre
elección de los consumidores. A las leyes de la oferta y la demanda y al
lucro les atribuyeron ser los factores decisivos del buen funcionamiento del sistema.
El precio ocupó el centro de la escena como guía en las decisiones
de los empresarios, de los asalariados y de los consumidores.
A
consecuencia de este cambio ideológico que sirvió para normar la
política económica surgió el marginalismo para enfrentarlo
al clasicismo y sobre todo al marxismo. Se trataba de sustituir la teoría
objetiva del valor por la teoría de la utilidad marginal y su derivación:
la productividad marginal. Con este nuevo enfoque se hizo depender el valor económico
de los satisfactores de la utilidad que para el consumidor tiene la última
unidad disponible de tal manera que a medida que la cantidad de bienes disponibles
aumenta, baja no sólo la utilidad de la última unidad sino la de
todas las anteriores. Así condujeron esto al contrasentido de que el valor
no dependa del trabajo humano sino de las reacciones psicológicas del consumidor,
cuyos cambios están en función de la abundancia o escasez, y que
al disminuir la cantidad de satisfactores, la utilidad subjetiva de estos puede
aumentar (8).
Esta teoría
subjetiva del valor derivó hacia una teoría relacionada con la distribución
del producto generado. Según ésta, la distribución del ingreso
depende de la productividad marginal de cada factor de la producción. En
el proceso productivo cada factor percibe el equivalente de lo que aporta. Así,
la renta del suelo, el salario del trabajador, el interés del capital otorgado
en préstamo, la ganancia del empresario y otras percepciones de ingresos
cualquiera que sea su motivo no son sino el precio percibido por el servicio aportado.
En estas circunstancias, no hay explotación del trabajador ni percepción
de plusvalía. El sacrificio del trabajador resulta compensado con el salario
pagado, de igual manera que los sacrificios del empresario (el comerciante y el
industrial, o el banquero y el terrateniente) eran compensados con la ganancia,
la tasa de interés y la renta del suelo. Como el sistema económico
se mantiene en equilibrio estable a largo plazo, aunque perturbado por factores
friccionales y aun cíclicos, no hay desocupación involuntaria de
mano de obra. Hay cierto desempleo voluntario para aquellos trabajadores que rehusan
aceptar el salario corriente,
La
falsedad de estos criterios salta a la vista si reflexionamos que la escasez es
sólo un punto de partida en el campo de la economía y de ninguna
manera la escasez en sí crea valor aunque se manifieste en aumento de precios
y conduzca, tras la persecución de mayores ganancias, a la producción
de satisfactores que la sociedad demanda. Es al generarse la producción
cuando los valores económicos se crean por la fuerza de trabajo qué
pone en movimiento a ésta, único factor o agente productivo. La
escasez de un bien demandado motiva la generación de valores económicos
y el mercado con régimen de precios origina la ganancia. En este caso la
economía está gobernada no por factores subjetivos sino por leyes
tan objetivas como la oferta y la demanda que determinan el salario, el precio
de las mercancías y la remuneración de los demás factores
productivos, teniendo como objetivo central la ganancia. Placer y sacrificio de
cada factor se enfrentan y correlacionan inversamente hasta que coinciden en un
punto en el cual se fija el precio. "El valor se ve reducido al precio, en
tanto que éste último a la escasez relativa, o sea, a la correlación
entre la demanda y la oferta. El circulo se vuelve a cerrar" (9).
(1) J. B. Clark, Distribución
de la riqueza, p. 40: citado por Arcadio Fainisky, Crítica de Ias teorías
neoclásica y keynesiana, México, 1967, Ediciones Historia y Sociedad,
p. 34.
(2) En otros aspectos
de la economía, especialmente en teoría económica y en el
desarrollo económico los neoclásicos desempeñaron un papel
más destacado que en la teoría del comercio internacional. Una buena
síntesis de sus aportaciones en desarrollo económico puede verse
en la obra de Celso Furtado, Teoría y política del desarrollo económico,
México, Siglo XXI Editores, pp. 49-68.
(3)
Fue este autor el primero en insistir que el capital era tan generador de valores
como el trabajo mismo al requerir el sacrificio de la abstinencia de consumo que
conducía al excedente económico llamado ahorro.
(4)
Eric Roll, Historia de las doctrinas económicas, México, FCE, 1942,
p. 397; versión española de Daniel Cosío Villegas y Javier
Márquez.
(5) Ibid.,
p. 397.
(6) Un hecho no esclarecido
es hasta donde la afirmación de David Ricardo "El principal problema
de la economía política es determinar las leyes que rigen la distribución"
(Preámbulo a los Principios) ocasionó este enfoque contribuyendo
a desviar la atención del origen del valor hacia el campo de las leyes
de la distribución, criterio que confirma después en una carta a
Malthus cuando dice: "más bien debía llamarse -a la economía
política- una investigación sobre las leyes que determinan la división
del producto de la industria entre las clases que concurren a su creación"
(citado por Eric Roll, op. cit., p. 191, too l).
(7)
Los nuevos intereses económicos beneficiarios tenían que encontrar
validez a la percepción de ingresos debido a fuentes distintas a las del
trabajo. En los demás campos de la actividad creadora del ser humano, a
nadie se le ha ocurrido que la creación de valores, por ejemplo los artísticos,
se deba de un lado al ser humano y de otro al pincel, los colores y la tela que
el pintor emplea. A mayor abundancia respecto a la falsedad de esta dualidad,
se ignoró que en economía los instrumentos de producción
no son sino producto del trabajo social anterior que sólo hacen más
productivo el trabajo actual de la sociedad, y que el capital es una categoría
histórica inherente a un régimen de producción (el capitalismo),
en tanto que los instrumentos de producción son producto del excedente
económico e inseparables de cualquier régimen de producción
anterior o posterior al régimen de la ganancia.
(8)
Para una explicación y crítica amplias de esta teoría véase
Arcadio Fainisky, op cit.
(9)
Fainisky, op. cit, p. 13.