Existen
por lo menos dos maneras de contar la historia del Voluntariado.
Una se refiere a aquella historia nominal que hurga en los orígenes
del Voluntariado en la Argentina, pivotando en nombres y fechas
y poniendo la lupa en la conformación y la actuación
de las primeras instituciones de bien público, desde
las cuales esta práctica se iba a desarrollar.
Es una historia que se remonta a los orígenes coloniales
mismos, continúa sumida en los vaivenes de la organización
institucional del país, y va atravesando - no con pocos
sobresaltos- las demás épocas hasta nuestra contemporaneidad.
Esa historia rica en nombres, acontecimientos y fechas resulta
de conocimiento imprescindible si deseamos entender esta realidad
del Voluntariado del nuevo milenio en nuestro país.
Pero hay otra historia, cuyo conocimiento resulta también
esencial.
Es la historia de las ideas subyacentes; de los paradigmas conceptuales
sobre los cuáles el Voluntariado fue levantando sus torres.
Esas ideas rectoras
- que pujan detrás de los hechos concretos que siempre
han constituido la sustancia del Voluntariado - fueron y son
su verdadera esencia.
Lejos de ser inamovibles,
estos paradigmas fueron de lo más dinámicos, reflejando
juicios y prejuicios de cada época, y constituyendo la
identidad del Voluntariado de hoy.
Veamos un breve y seguramente incompleto repaso de esas fuerzas
conceptuales que lo modelaron.
El Voluntariado nació en la Argentina - y esto es bueno
reconocerlo y aceptarlo - como una manifestación del
más puro asistencialismo material y cultural, donde aquellas
personas que podían - es decir que tenían buena
posición, educación, solvencia económica,
tiempo libre y sobre todo muy buen corazón- se ocupaban
de dar algo a aquellos que nada tenían, todo lo necesitaban,
poco sabían.
El Voluntario era fácilmente
diferenciable del beneficiario; una brecha - a veces muy grande-
se encargaba de mantener las posiciones en su lugar.
Era un Voluntariado de "arriba hacia abajo", donde
la reciprocidad no era moneda corriente, excepto como manifestación
de gratitud.
Este se ligaba, además, a una idea "moralizadora"
de la pobreza y la marginalidad: "cuando los pobres se
eduquen; cuando estos desvíos se corrijan, entonces la
sociedad será igualitaria... etc."
Este paradigma marcó nuestro Voluntariado durante muchísimo
tiempo y como sucede con las corrientes fuertes -que retroceden
pero difícilmente desaparecen - sobrevive y convive hoy
con nosotros, aunque en retirada.
Junto con esta idea,
hubo otra que la acompañó desde un ángulo
diferente pero del todo crucial, ya que constituyó un
pilar en la identidad del Voluntariado. Esa idea decía:
el Voluntario debe darlo todo; sin recibir nada a cambio.
Este pensamiento posicionó
rápidamente al Voluntariado como algo necesariamente
puro, como la práctica de un sacerdocio, en el cual resulta
entonces impensable
no sólo imaginar una retribución económica,
sino mencionar que el Voluntario podía disfrutar tanto
del Voluntariado como de cualquier otra práctica placentera,
o recibir a cambio satisfacciones tan grandes como las que daba.
Esta combinación
de dos paradigmas tan fuertes, influyó directamente en
la configuración del cómo cotidiano del Voluntariado:
apolítico, "puro", con notable diferenciación
entre Voluntario y Beneficiario y necesariamente... silencioso.
Sí; el silencio fue siempre un elemento madre en la historia
del Voluntariado en la Argentina: había que dar, había
que hacer, había que servir... mas no había que
contarlo.
Pero lo inexorable
del tiempo y lo político de las relaciones humanas, dinamizaron
estos paradigmas con el combustible del debate y el motor de
la contradicción; y así en esta última
mitad del siglo pasado (el XX), varios fueron los cambios.
En principio, el Voluntario
comenzó a recuperar su derecho a recibir.
Esta ganancia, esta aceptación del placer blanqueó
de alguna manera el disfrute de ser Voluntario y colocó
esta actividad en el listado de lo que puede hacerse no sólo
por sacerdocio; sino también... por placer.
Se puede hablar entonces de una alegría de ser Voluntario,
de una regla que dice que lo único que un Voluntario
no puede recibir a cambio es dinero, pero todo lo demás
está permitido !!!!
Esto, compatibilizado
con la responsabilidad de ser un buen voluntario, le cambió
virtualmente el rostro al Voluntariado.
Pero lo más
importante estaba aún por venir: hace relativamente poco
tiempo, el Voluntariado fue redescubierto en la - tal vez -
principal de sus ideas fuerza: si antes se valoraba al Voluntariado
por el bien que este le hacía a la sociedad; ahora se
descubrió que también es valioso el Voluntariado
por el bien que este les hace... ¡a los propios Voluntarios!
Este salto cualitativo
lejos de un juego con palabras resume toda una nueva visión
del para qué del Voluntariado en la sociedad actual:
no sólo ya para hacer cosas concretas, para actuar generar
y hechos (la escuela pintada, la plaza recuperada, el plato
de comida servido, etc.); sino que lo constituye en una herramienta
más - tal vez no la más importante; tal vez no
la mejor, pero herramienta al fin - para trabajar sobre personas
que ya han quedado fuera de buena parte de los circuitos de
la sociedad (los circuitos económicos, culturales, de
consumo, ciudadanos, etc.) y en los que la practica del voluntariado
social puede operar de puente; puede favorecer una reinserción
social que de agravarse - sabemos- convierte la vulnerabilidad
en marginalidad.
A estas personas cuya
gran mayoría son jóvenes y jóvenes pobres
a las que la sociedad ya les ha dicho NO de muchas maneras,
el Voluntariado puede decirles SI.
SÍ; háganse Voluntarios, que eso no sólo
significa "hacer cosas", sino que puede ser una importante
escuela de ciudadanía.
A este "Voluntariado
de Reinserción" todavía hay que construirlo,
hay que desarrollarlo, apuntalándolo teóricamente
y dándole sustento desde lo operativo.
Pero es fundamental ponerlo en marcha cuanto antes.
Así, en el camino
de su evolución, el Voluntariado moderno se encontró
frente a una paradoja: para poder avanzar debía dejar
atrás una certeza y aceptar convivir con una contradicción.
En efecto, en el Voluntariado
antiguo había una certeza: para ser Voluntario había
que estar preparado; no cualquiera podía serlo ya que
era necesario - como se dijo- posición, cultura, algo
de status y sobre todo estar en situación de "disponibilidad"
y no de "necesidad".
Hoy en día,
el Voluntariado moderno convive con ésta, su contradicción
inherente; en un extremo: para ser Voluntario sólo hacen
falta dos cosas: tiempo y ganas.
Con ellas, cualquiera puede ser Voluntario; sea rico, pobre,
analfabeto, marginal o universitario.
Este mensaje es ideológicamente
muy fuerte, porque coloca las condiciones para ser Voluntario
al alcance de todos y elimina para siempre al Voluntario Modelo,
diluyéndolo en la más absoluta diversidad de rostros,
habilidades, procedencias y saberes, sólo ligado a estos
dos factores unificadores: tiempo y ganas.
No importa cuanto tiempo, mucho o poco; no importan cuantas
ganas, muchas o pocas: el Voluntariado es para todos, no solo
para algunos.
En el otro extremo,
esta contradicción se manifiesta también plena:
Cuidado; cualquiera puede ser Voluntario, pero NO cualquiera
es de por sí un buen Voluntario.
Y es que habida cuenta
de la complejidad de los procesos sociales de estos tiempos,
ser un buen voluntario es cada vez más difícil
ya que el voluntario está cada vez más exigido,
cada vez más urgido por respuestas precisas y seguras;
cada vez más necesitado de una permanente capacitación,
cada vez mas actualizado, cada vez más comprometido,
cada vez más...
Pero lo importante
es que esta contradicción inherente con la que el Voluntariado
carga a cuestas, es su propia fuerza dinamizadora, que amplía
la base a un máximo (todos pueden ser Voluntarios) y
perfecciona cada vez más la cima de su pirámide
(para ser buen Voluntario hay que capacitarse cada vez más);
y no al revés.
Incompleta sería
esta historia - aunque vale aclarar que hemos resumido y generalizado
a un máximo- si no mencionáramos cuales son los
desafíos futuros que producto de ella se han generado.
En principio, creo
que el Voluntariado tiene en nuestro país un doble desafío,
hacia dentro y hacia fuera de sí mismo.
Hacia dentro el Voluntariado tiene dos campos para explorar
y desarrollar: uno es aquel que tiene que ver con investigar
y reposicionar los Valores que lo sustentan, y otro es lograr
aquellos mejoramientos de su propia Tecnología, esa que
lo hace más operativo, más eficiente.
Veo a ambos - Tecnología y Valores- como los dos principales
campos a desarrollar; como vela y timón del futuro Voluntariado.
Hacia fuera, existen
otros dos desafíos: Comunicación y Posicionamiento
Ideológico.
En lo primero, el desafío es doble: aumentar desde ya
la Comunicación de lo mucho que el voluntariado hace
en silencio por la sociedad, pero sobre todo romper el círculo
autoreferencial: esta muy bien que los que ya estamos en el
tema sigamos leyéndonos unos a otros, pero es fundamental
entrar en oídos nuevos, en aquellos ámbitos distantes:
en el ámbito empresarial, en la política, en los
negocios, en la educación, en el arte, en el espectáculo,
en los adolescentes, en los pueblos, en la gente de campo...
que todos oigan de qué se trata...
Posicionar ideológicamente
al Voluntariado es todavía un desafió mayor.
Creo que ello puede hacerse - debate mediante - desde dos lugares
clave: por un lado la Diversidad ya que el Voluntariado nace
y vive necesariamente diverso; no hay un Voluntariado mejor
que otro, sino muchos, porque todas las fórmulas valen
si son respetuosas de la dignidad y del crecimiento mutuo de
las personas ya que la homogeneidad es en el Voluntariado su
debilidad; y las diferencias su fortaleza.
Por otro mostrar a
quienes lo miran como salvavidas social o herramienta partidaria,
que - aunque colabore a hacerlo - el Voluntariado no está
para resolver problemas sociales porque el Voluntariado NO es
respuesta
El Voluntariado - en
cambio - es pregunta (pregunta a la sociedad cómo hacer
las cosas de otra manera) y aún imaginando el mejor de
los mundos posibles - un soñado mundo sin guerras, sin
hambre, sin enfermos, sin odios- el Voluntariado seguirá
existiendo, porque su existencia no está ligada a la
resolución de los males sociales, sino a esa irrefrenable
necesidad que tenemos los que nos llamamos humanos de comunicarnos,
de compartir, de ayudar, de tocar, de hacer... en fin, de Ser
con el Otro, que -sin dudas - es mi otro yo.