"Nosotros
somos un pequeño género humano, poseemos un mundo
aparte; cercado por
dilatados mares, nuevo en casi todas
las artes y ciencias, aunque en cierto modo
viejo en los usos de la sociedad civil".
SIMON BOLÍVAR
(1815)
I - El Titanic de cada día
Todo país
que malgaste a su juventud, condena a su sociedad al fracaso
interminable. Argentina en particular, y Latinoamérica
en general, se inscriben en ese fatídico ritual. Sería
muy simplista culpar por ello a las idiosincracias aluvionales
que configuraron su población desde los días del
"Descubrimiento" (mas bien un "Encubrimiento"),
a los endémicos regímenes totalitarios, o a recurrentes
designios imperiales precipitados desde otras latitudes. Pero
en verdad, aquí la inmolación social no se produce
como efecto de una causa específica: es como un virus
enquistado en las propias entrañas de la población
y que irrumpe toda vez que las circunstancias históricas
favorecen su proliferación. Y sus nefastas ritualidades
caníbales.
Existe una
honda diferencia entre "poblar" y "habitar".
El poblador simplemente ocupa un espacio físico. Llega
desde algún otro punto del mapa, tanto el interior del
país, como un país limítrofe o una comarca
asiática. Llega y se posa en la superficie de las cosas
y los sucesos, distante, epidérmico, funcionalmente ajeno.
Está presente apenas para solucionar lo que considera
sus problemas: lo demás no le concierne. En cambio, un
habitante tiene vocación de arraigo, se entrelaza con
el paisaje y los seres que allí conviven, se vuelve parte
del clima, brota o se marchita con las estaciones del suelo
y del alma. Es espontáneamente ecológico, puesto
que en griego "oikos" significa morada, hábitat.
En 1961,
Marco Denevi nos decía: "El argentino (el habitante
de la Argentina desde Pedro de Mendoza a nuestros días)
tiene una mentalidad de huésped de hotel. El hotel es
el país. Y ya se sabe: un huésped procura que
lo atiendan bien a él, se interesa únicamente
por que no hayan goteras en su habitación, protesta por
el pelo que aparece en su sopa, revisa escrupulosamente su sopa,
pone el grito en el cielo si le cobran de más y, cuando
puede, paga de menos. Pero un pasajero de hotel "no se
mete". No se mete con los otros pasajeros (los cuales,
si tienen goteras en sus cuartos, si encuentran un pelo en la
sopa, si les cobran de más; que vayan a la 'recepción'
y se quejen). Y si los administradores administran mal, si los
administradores roban y hacen asientos falsos en los libros
de contabilidad, es asunto del dueño del hotel, no de
los pasajeros. Eso sí: cada huèsped trata de quedarse
con las cucharitas, las toallas y los ceniceros del hotel, porque
el dueño del hotel es muy rico (es muy rico, y no se
sabe , concretamente, quién es). Y entretanto a cada
pasajero lo está esperanza en otro sitio, su futura casa
propia, ahora 'en construcción'. Quizás algún
día los argentinos nos convenzamos de que este hotel
de tránsito es nuestro único hogar. Que no hay
ninguna Argentina --visible o invisible-- esperándonos
en alguna otra parte". [1]
Ante cualquier
situación nefasta, los argentinos tienen por costumbre
salir a buscar vehementemente a quién echarle la culpa.
Puesto que nadie tiene las manos limpias, la coartada consiste
en señalar a alguien con un dedo acusador, y pedir de
inmediato que le corten la cabeza. Esto rige tanto para los
colapsos financieros como para las catástrofes ambientales.
Por lo demás, los temas profundos o complejos son patrimonio
de "otros" que con seguridad se ocuparán de
poner las cosas en su lugar. Y como eso jamás ocurre,
a través de las décadas se ha ido consolidando
una rutina de la queja y el resentimiento, cada vez más
sospechosa, y más tenebrosa. No sorprende entonces de
los después lloradísmos "chicos de la guerra"
hayan estado dando sus vidas por la patria en los combates de
las Islas Malvinas contra las tropas británicas en 1982,
mientras en la Capital Federal los hinchas locales atestaban
los estadios de fútbol.
Los primeros
oportunistas que se implantaron en las pampas bárbaras
--donde no había riquezas aztecas, mayas o incas, sino
anónimas bandadas de nómades semidesnudos-- fueron
llamados "Señores de la Nada" por Ezequiel
Martínez Estrada. "Ante el vacío inexpresivo,
era inútil pensar en pueblos que conviven una vida de
trabajo, en animales domesticados, en huertos, en mercados...
había tomado posesión de todas las tierras; era
el Conquistador un héroe sobre un país vencido,
donde sólo tenía que pedir a su capricho. No había
venido a poblar, ni a quedarse, ni a esperar; vino a exigir,
a llevar, a que le obedecieran. Así perdió toda
idea de medida, de orden...Estaba vencido. No tenía que
conquistar sino que poblar; no tenía que recoger sino
que sembrar; no iba a entrar al gobierno de su ínsula
sino a trabajar y padecer. Tomó posesión de este
baldío en nombre de Dios y del rey, pero en el fondo
de su conciencia estaba desengañado. Había de
mentir sobre el valor positivo de sus sueños, como en
los nombres irrisorios que daba a las regiones donde no hallaba
lo que esperaba. Así clavó la cruz y el rollo
y desafiaba a la voz de su conciencia, cuando, armado, blandía
la espada y retaba al condómino ausente. Porque no había
quien reclamase la posesión de la nada sino nadie Y ese
nadie, que sólo existía dentro del dominador,
era la voz de su fracaso". [2]
Desde los
orígenes de nuestra sociedad, el existir cotidiano se
abonó con el rencor: los primeros españoles se
esmeraban en robarles sus mujeres a los indios, que su vez les
devolvieron la afrenta cuando --una vez llegadas a suelo americano
las europeas-- muchas de ellas se convirtieron en "cautivas"
de los aborígenes. Los americanos nativos nacidos como
resultado de esa hosca pulseada genital, no fueron frutos del
amor sino del odio. De ahí la melancolía desarraigada
del "gaucho", posiblemente por su naturaleza de hijo
"guacho". Mucho se escribió después
sobre el choque entre civilización y barbarie, valorizando
la primera y denostando la segunda, en el afán de parecerse
a los europeos. Entretanto, a medida que se iba rumbo a lo que
finalmente se llamó república: guerras civiles,
feroces emprendimientos bélicos contra Paraguay o Chile,
el vicio de matar, o sea, el éxtasis de los infelices.
Cuando algún
día se haya avanzado en la arquitectura profunda de la
Ecología Social, podrá estudiarse el pasado argentino
como un problema de ecosistema devastado. Ahora impresiona todavía
como una embrollada madeja que los historiadores sectarios (tanto
de derecho como de izquierda) adulteraron a mansalva para calzar
la realidad en casilleros forjados en otras latitudes y al servicio
de intereses foráneos. Éramos espléndidamente
nuevos, pero al mismo tiempo, prisoneros de formas deformantes,
fuimos viejos antes de florecer.
A cierta
altura, iniciado el siglo 20, decenas de miles de emigrantes
italianos y españoles desembocaron en Buenos Aires porque
sobraban en Europa y el sueño de "hacer la América"
inflamó el aliento de otros opacos desarraigados. En
ese oleaje de mano de obra barata había gente de otras
comarcas, de allí que se recuerde la "mano de obra
polaca" en la construcción del Obelisco y del Subte
A. Fueron sombras que se sumaron a los espectros del indio diezmado
por la Conquista del Desierto y del gaucho asfixiado por las
alambradas (convertido luego en el malevo del arrabal amargo).
En esas almas germinó la semilla del tango.
En su biografía
de Enrique Santos Discépolo, hijo de napolitanos, nacido
el 23 de marzo de 1901, gran cronista del hambre porteño
de los conventillos, recuerda Norberto Galasso: "De pronto,
en 1929, el mundo todo se conmueve ante un tremendo crack financiero.
Los cimientos del sistema capitalista se resquebrajan: es el
jueves negro de Wall Street... A través de las corridas
financieras y del brusco descenso de los precios internacionales,
las semicolonias se ven envueltas en el proceso depresivo, recayendo
sobre sus débiles economías el mayor impacto de
aquella tragedia mundial. En la Argentina, Yrigoyen intenta
vanamente paliar los efectos de la onda cíclica, mientras
la oligarquía se dispone a tomar el poder para mejor
cobijar sus intereses en peligro. El huracán de la crisis
afecta, por supuesto, a Discépolo. Su precaria situación
económica se torna aún más grave, al mismo
tiempo que su sensibilidad de poeta se conmueve profundamente
ante el panorama social que lo rodea. Legiones de desocupados
ambulan aquí y allá, arrastrando sin rumbo su
miseria y su desesperación. Los cartelitos de ´no
hay vacante´ se multiplican, las construcciones se paralizan,
los empleados públicos no cobran y las quiebras se suceden
en cadena. Al cruzar frente a la dársena, a pocas cuadras
de la Casa Rosada, Enrique contempla con dolor la Villa Desocupación,
un mundo de desvencijadas casillas de lata donde se cobijan
miles de ex hombres. Más tarde, al caminar por la Corrientes
angosta, observa el desfile de la tristeza con sus ´esclavas
blancas´ y sus traficantes de drogas. En los barrios,
la tuberculosis ahoga con su abrazo fatal, mientras las muchachitas
desaparecen sospechosamente y las madres obreras exprimen hasta
el fin ese peso fuerte tan escaso ahora. La falsa y rosada visión
del país opulento granero del mundo estalla en mil pedazos,
brotando por todos lados la verdadera imagen de la Argentina
subordinada y expoliada, esa sufrida Argentina cuyo drama muerde
dolorosamente al poeta de la calle". [3]
II - Azares del "subdesarrollo"
La Segunda
Guerra Mundial (1939-1945) ocurrió lejos de nuestro país,
que dudó largamente en declararle la guerra al Eje nazi-fascista,
en tanto la bandera con la swástika ondeaba sobre el
frente del Jousten Hotel, en la esquina de avenida Corrientes
y 25 deMayo. Colombia y Brasil enviaron soldados a combatir
junto a los Aliados, en tanto Argentina --ya definida a favor
de los mismos-- les vendía abundantes pertrechos de cuero
y alimentos. Un muy buen negocio que tiempo más adelante
induciría al presidente Juan Perón a comentar
que resultaba casi imposible caminar por el Banco Central dada
la cantidad de barras de oro allí acumuladas.
El jolgorio
no duró mucho tiempo. El irreversible fin de fiesta --para
América Latina, Africa y Asia-- estuvo a cargo del presidente
estadounidense Harry S. Truman, quien con un simple discurso
sumergió en el desván de la historia a 2.000 millones
de habitantes del Tercer Mundo, mientras un generoso Plan Marshall
derivaba sumas cuantiosas para reconstruir Europa occidental,
mercado entonces crucial para EEUU.
En su discurso
inaugural como 33º presidente de la Unión en Washington,
el 20 de enero de 1949, inauguraba la Era del Desarrollo, declarando
al Hemisferio Sur como "subdesarrollado", en base
a una perspectiva eurocéntrica según la cual toda
forma de sociedad que no reflejara los valores de Occidente
era de naturaleza "atrasada" y no poseedora en sí
de validez alguna.
Dijo Truman
(entre otras hazañas, autor de la orden de arrojar bombas
nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki): "Debemos embarcarnos
en un osado y nuevo programa para hacer que los beneficios de
nuestros adelantos científicos y progresos industriales
estén disponibles para la mejora y el crecimiento de
las áreas subdesarrolladas". Hoy, la presencia dominante
en nuestras ciudades de locales de McDonald's y Burger King
coronan medio siglo de infatigable contribución a la
mejoría de la calidad de vida de toda la gente, que alegremente
paga U$S 1,80 por un cucurucho de papas fritas de 60 gramos,
en un país donde por 0,40 centavos se pueden comprar
dos o tres kilos de papas en cualquier feria o mercado.
La doctrina
Truman quedó claramente expuesta en los párrafos
siguientes de su alocución: "Más de la mitad
de la gente del mundo vive en condiciones próximas a
la miseria. Su comida es inadecuada. Son víctimas de
enfermedades. Su vida económica es primitiva y está
estancada. Su pobreza es un impedimento y una amenaza tanto
para ellos como para las áreas más prósperas...
Estados Unidos es predominante entre las naciones en el desarrollo
de las técnicas industriales y científicas. Los
recursos materiales que podemos permitirnos usar para asistir
a otros pueblos son limitados. Pero nuestros imponderables recursos
en conocimiento técnico crecen constantemente y son inagotables...
Nuestra meta debería ser ayudar a los pueblos libres
del mundo, por medio de sus propios esfuerzos, para que produzcan
más comida, más vestimentas, más materiales
de construcción, y más energía mecánica
para iluminar sus cargas... Invitamos a otras naciones a que
sumen sus recursos tecnológicos en este emprendimiento.
Sus contribuciones serán cálidamente bienvenidas.
Esta debería ser una empresa cooperativa en la que todos
los países trabajen juntos a través de Naciones
Unidas y sus agencias especializadas donde sea practicable.
Debe ser un esfuerzo mundial para el logro de la paz, la abundancia
y la libertad... Tales nuevos desarrollos económicos
deben ser proyectados y controlados en beneficio de los pueblos
de las áreas donde se implanten. Las garantías
para los inversores deberán ser equilibradas con las
garantías de las gentes cuyos recursos y cuyo trabajo
se aplique a tales desarrollos."
Medio siglo
después, más de la mitad de la gente del mundo
vive en condiciones próximas a la miseria: no dispone
de alimentos suficientes, muere a raudales como consecuencia
de enfermedades antiguas (tuberculosis) o nuevas (caso Sida
en Africa), la contaminación ambiental y los desastres
"naturales" detonados por cambios climáticos
que indujeron los gases carbónicos liberados en la atmósfera
terrestre por los megaprocesos industriales de desarrollo. Según
cifras oficiales del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional
--agencias de la ONU dedicadas a concretar los "ideales"
de 1949-- por lo menos 1.300 millones de seres viven actualmente
muy por debajo del índice de pobreza, con menos de un
dólar diario para satisfacer sus necesidades. Ya no se
habla de "desarrollo" a secas, sino de desarrollo
"humano" o "sustentable", pero ello no modifica
en absoluto su derrumbe en la agonía.
El sociólogo
mexicano Gustavo Esteva destacó que aquel 20 de enero
unos 2.000 millones de individuos dejaron de ser lo que eran,
se esfumó su diversidad y fueron reinventados para responder
a la realidad de otras personas: eran como una imagen en un
gigantesco espejo que los achicaba y los ponía al final
de una larguísima fila. El espejo definía su identidad,
y lo que era una mayoría heterogénea y variada,
se convertía en una minoría homogeneizada y estrecha.
"El 'subdesarrollo' convertía a la historia meramente
en un programa necesario e inevitable: esa sociedad decolaba
desde un estado retrasado que evolucionaría 'naturalmente'
hacia el estado de la sociedad industrial. Occidente presuponía
que la totalidad del mundo diverso tenía que seguir el
rumbo occidental aunque el modo industrial de producción
fuese una de muchas formas posibles de vida. Así, la
historia fue reformulada en términos occidentales. El
'desarrollo' no sólo permitía que Occidente prosiguiera
su dominación, sino que convocaba a los líderes
de los países nuevos. Estos líderes habían
conquistado previamente su poder unificando a sus pueblos en
la lucha contra los poderes coloniales. Ahora que la batalla
había sido ganada, debían hallar una nueva causa
para mantener unida a la población y dependiente de los
líderes nacionalistas".
De ese modo, el "desarrollo nacional" se convirtió
en la meta principal de los nuevos estados independientes. A
la gente, ahora librada de las cadenas coloniales, se le pedía
el sacrificio de construir una nación que pudiera ser
disfrutada por sus hijos. Al provenir de sus heroicos líderes,
ese requerimiento difícilmente podía ser resistido.
Así, el "desarrollo" fue destruyendo los sistemas
y dinámicas tradicionales, desde el punto que dejaron
trunco los colonizadores antiguos. Se impusieron los modelos
políticos, económicos y sociales occidentales,
con lo cual se inauguró una versión nativa de
la misión civilizadora, a medida que los gobiernos impulsaban
la "modernización" hacia segmentos cada vez
mayores de las poblaciones. Así, colmaban el preconcepto
de una historia singular apuntada al ideal de la nación
"desarrollada". Esteva remarcó que "el
proceso de descolonización institucionalizó las
cicatrices del colonialismo. La política global trasladó
el control físico de los poderes coloniales sobre sus
posesiones hacia la más sutil y manipuladora dominación
diplomática del Norte sobre el Sur." [4]
Tanto la
"Alianza para el Progreso" promovida por la Casa Blanca
en los años ´60, como el concepto "Desarrollo
Sustentable" adoptado en 1987 a partir del Informe Brundtland
de la Comisión Mundial de la ONU sobre Ambiente y Desarrollo,
fueron vueltas de tuerca de un constante proceso de uniformización
y homogeneización de la cultura mundial. La globalización
financiera ha venido diluyendo inflexiblemente las resistencias
regionales. El estilo estadounidense de vida parecería
ser la única vía de acceso a la plenitud y a la
felicidad. Entretanto, a la par de la pérdida de la biodiversidad
de los paisajes, la flora y la fauna del globo, también
va desapareciendo la diversidad cultural de los pueblos.
De acuerdo
con datos provistos por la CEPAL (Comisión Económica
de Naciones Unidas para América Latina y el Caribe),
la deuda externa de Latinoamérica pasó de 100.000
millones de dólares en 1981 a 373.000 millones en 1986.
La UNESCO (Organización de la ONU para la Ciencia, la
Educación y la Cultura) aludió al derroche de
determinadas materias primas (aluminio, cobre, níquel
y platino) y señaló que el consumo mundial para
fines militares sobrepasaba todas las demandas juntas de América
Latina, Africa y Asia. En 1982, para fabricar doscientos misiles
balísticos intercontinentales hicieron falta 10.000 toneladas
de aluminio, 2.500 toneladas de cromo, 150 toneladas de titanio,
24 toneladas de bario, 890.000 toneladas de acero y 2.400.000
toneladas de cemento. Todo ello extraído de las entrañas
de la Tierra con gran impacto ambiental y procesado con un descomunal
caudal de energía eléctrica. En septiembre de
ese año, en la revista El Correo de la Unesco, el politicólogo
estadounidense Richard Falk decía que "la trampa
del endeudamiento en que se ven atrapados los gobiernos del
Tercer Mundo da lugar a nuevas formas de dependencia que limitan
el pleno ejercicio de los derechos soberanos y que impiden la
aplicación de formas nacionales de desarrollo".
[5
III -
Tiempos tormentosos
Llegamos
a finales del siglo XX con evidencias extremas sobre una situación
de emergencia en torno de la Espacionave Tierra. Todas las semanas,
la red informativa CNN brinda un servicio llamado Earthweek
- A Diary of the Planet donde puntualiza los detalles más
críticos de la situación ambiental global.
Abrió
setiembre de 1999 con una lectura sobre temperaturas extremas:
más de 45 grados centígrados en la capital de
Kuwait y 40 grados bajo cero en Vostok (Rusia). Citaba luego
un informe del Fondo Mundial de la Naturaleza (WWW) según
el cual numerosos centros turísticos tradicionales estarían
ante la posibilidad de un colapso debido al recalentamiento
ambiental. Se reduciría la temporada de nieve en los
centros de esquí, los días de calor extremo invalidarían
puntos clave del Mediterráneo, muchos bosques antiguos
se incendiarían espontáneamente y enfermedades
como la malaria irrumpirían en lugares inéditos.
Resumía: "lugares altamente rentables pasarían
a lucir como vacaciones de terror".
Después
de los huracanes Dennis y Cindy, el Floyd paralizaría
la costa este de Estados Unidos con millones de evacuados. Unos
600 camiones quedaron varados en la cordillera de los Andes,
en el linde entre Argentina y Chile, cuando una tormenta de
nieve bloqueó el túnel Cristo Redentor. En Turquía
y Grecia se reponían de fuertes terremotos, y otros se
hacían sentir en Nueva Zelanda, el norte de Filipinas
y el centrosur de Alaska. Había más de 2.000 incendios
forestales fuera de control en Brasil, y temores de eventos
similares en las montañas de San Bernardino (California).
Una inaudita invasión de medusas y aguavivas preocupaba
a los nadadores en la costa italiana (especialmente en la famosa
Portofino). En el Mar del Norte había delfines privados
de su sentido de orientación.
No extrañó
entonces a los entendidos que a mediados de mes, desde el Centro
Antártico Internacional de Nueva Zelanda, el presidente
Bill Clinton de Estados Unidos advirtiera que los cambios climáticos
podrían llevarnos a un cataclismo incontrolable. Dijo:
"Los cinco años más cálidos desde
el siglo XV se han dado en los años ´90. El consenso
mayoritario de la opinión científica mundial es
que los gases de invernadero emitidos por la actividad humana
están elevando la temperatura de la Tierra de modo veloz
e intolerable... El problema debe ser encarado entre todas las
naciones, ya que los niveles de emisiones están aumentando
con mayor velocidad en las naciones en desarrollo. Abogo para
que la comunidad internacional se convenza de los beneficios
que traería el uso de las energías alternativas".
Ese mismo
día, Naciones Unidas presentó dos documentos que
calzaban puntualmente en el cuadro general. Por un lado, el
Programa Ambiental de la ONU (Pnuma) daba a conocer el Informe
Global-Geo 2000, donde indicaba: "la concentración
de dióxido de carbono, uno de los gases de invernadero,
alcanzó niveles récord. Y el recalentamiento causa
cada vez más catástrofes ambientales que durante
la última década causaron la muerte a tres millones
de personas. El ciclo mundial de renovación del agua
parece incapaz de responder a las demandas del futuro, la degradación
de los suelos anuló numerosas conquistas realizadas en
la productividad agrícola, y la contaminación
del aire alcanzó niveles de crisis en muchas ciudades".
A su vez,
el Banco Mundial distribuyó su informe En los umbrales
del Siglo XXI (o WDR - World Development Report), que resaltaba:
"Las migraciones están causando cambios dramáticos
en el perfil demográfico, tanto de las naciones industrializadas
como en los países en desarrollo". Con la previsión
de un crecimiento del número de necesitados, la distancia
entre ricos y pobres aumenta en ambas regiones, y los recursos
oficiales se empequeñecen: "En este momento, la
batalla por el desarrollo se está perdiendo y el mundo
anda para atrás".
Tres capítulos
del estudio están centrados en los efectos de la globalización
sobre el desarrollo en tres áreas: las finanzas internacionales,
la integración comercial y la degradación ambiental.
Según
el WDR, la tendencia a transferir la producción industrial
hacia los países en desarrollo agravará la problemática
de la contaminación atmosférica: para la mayoría
de los niños de las ciudades de estas naciones, respirar
el aire urbano podría ser tan perjudicial a la salud
como fumar dos atados de cigarrillos diarios. "De los 4.400
millones de personas que viven en el mundo en desarrollo, casi
tres quintos no poseen saneamiento básico, y un tercio
no tiene acceso al agua potable, 25 por ciento carece de habitación
adecuada y un quinto no cuenta con servicios modernos de medicina.
Uno de cada cinco niños no llega a completar la escuela
primaria, y un porcentaje semejante no consume la cantidad de
proteínas y calorías necesarias. Este dato explica,
en parte, por qué aproximadamente 9 millones de niños
con menos de 5 años mueren todos los años en las
naciones pobres, víctimas de enfermedades que podrían
prevenirse totalmente". Parecían palabras de Greenpeace,
pero pertenecían a Joseph Stiglitz, entonces economista-jefe
del Banco Mundial.
Las proyecciones
demográficas indican que la población mundial
parará de crecer a mediados del siglo próximo.
Pero hasta ahí, casi se duplicará el número
de habitantes del planeta, de los 6.000 millones actuales a
unos 10.000 millones hacia el 2050. Con todo lo que eso significará
en demanda de alimentos y agua potable, efluentes cloacales
y producción de basura casera. En un mundo donde ya hay
--aquí y ahora-- más de 1.000 millones de desnutridos.
Casi el 90
por ciento de la población urbana del futuro pertenecerá
al mundo en desarrollo, que dentro de 15 años albergará
a 80 de las 100 mayores metrópolis del globo. Los esfuerzos
hechos durante el último medio siglo para mejorar las
condiciones de vida del antaño llamado Tercer Mundo,
han fracasado. Al despuntar el siglo XXI habrá 1.500
millones de seres humanos "viviendo" apenas con un
dólar diario. De paso, el Sida, solamente en Africa,
ya afecta a 250 millones de niños, en su mayoría
huérfanos.
Por primera
vez, el Banco Mundial evalúa minuciosamente los impactos
de la globalización en la ecuación finanzas-mercados-medio
ambiente: "La globalización y la descentralización
pueden revolucionar el panorama del desarrollo o conducir al
caos y aumentar el sufrimiento humano". Nada más,
nada menos.
Vemos, y
resaltamos, que según el WDR, un número creciente
de los más pobres vive en las ciudades. Hacia 1950, las
poblaciones urbanas y rurales de países pobres y ricos
eran más o menos las mismas: giraban en torno de los
300 millones. El año próximo, las ciudades de
las naciones en desarrollo contendrán unos 2.000 millones
de individuos, más que el doble que el número
de residentes urbanos de los países ricos. En consecuencia,
crecerá la demanda de servicios básicos --hoy
escasos-- como el agua potable, las cloacas, los transportes,
atención primaria de la salud, pautas de seguridad alimentaria
y control de la violencia delictiva.
Entonces,
aquella Declaración de Río que coronó la
ECO 92 se presenta ahora como una tibia invocación medioambiental
superada patéticamente por la realidad de fin de siglo.
El mundo se presenta cada día más pequeño
pero, al mismo tiempo, más complejo. Nunca antes había
sido tan urgente abordar el llamado "desarrollo humano"
con criterios generativos y transformacionales. Sabemos que
los adelantos de la medicina, innovaciones como los filtros
de agua, las cámaras sépticas, los generadores
portátiles, el aire acondicionado y las comunicaciones
digitales mejoraron la calidad de vida del mundo desarrollado.
¿Pero incrementaron la calidad de su existencia espiritual?
¿Por qué hay entonces tanta violencia nihilista,
alcoholismo, toxicomanía, abuso sexual de menores y manicomios
repletos?
No cabe duda:
es preciso repensar el concepto de "progreso" y recuperar
el sentido de la piedad y la justicia. El mero desarrollo económico
no previene la aberración distributiva. Asimismo, la
expansión de las ciudades no puede quedar librada al
azar. Una nueva ciencia del diseño tendría que
casarse con la gestión municipal y las políticas
nacionales. Y ante la ausencia de políticos visionarios,
son los individuos más lúcidos del mundo empresarial,
ecológico, educacional, terapéutico y religioso
los que deberían ir en dirección de un Nuevo Pacto
Planetario, rebosante de imaginación, innovación
y ternura. Caso contrario, como enseña la Historia, todo
será silencio, desolación y olvido.
IV - La
plaga conglomerada
Nuestro mundo
viene convirtiéndose en un gigantesco campo de concentración:
nadie se atreve a encarar el tema. Resulta demasiado grande.
Demasiado definitivo.
Un neo-feudalismo
electrónico se desarrolla a velocidad descomunal y los
datos abundan por doquier para quien quiera registrarlos: pero
conservadores y progresistas prefieren seguir adorando los fetiches
de antaño, más fáciles de clasificar.
La expropiación
de la vida es total. Todo ítem viviente es pasible de
convertirse en commodity (mercancía cotizable en las
bolsas de comercio). El germoplasma, los genes, los órganos
para trasplantes y el gas carbónico ya fueron confiscados.
El "futuro" o la creación de una atmósfera
en Marte ya están cotizándose en secreto. La cadena
Hilton ya compró los derechos para el primer hotel orbital
de la historia terrestre. No se menciona: la individualidad
se siente impotente ante tan descomunal empresa.
Quedaron
atrás como tópico los ajustes estructurales, la
ponderación del libre mercado, las desregulaciones, la
cancelación de los Estados nacionales y las monedas autóctonas:
el planeta entero está en vías de privatización.
La globalización pasó a ser una ideología
no debatible: el globalismo. Sinónimo de totalismo: la
sociedad como prisión donde todos deambulamos en "libertad
condicional" sin saber cómo nos ganaremos el pan
mañana. Nada más maleable que un hombre en estado
de incertidumbre.
Ya en la
primera quincena del año 2000 hubo un par de acontecimientos
que ilustraron inequívocamente el arrollador esquema
totalizador diseñado para el nuevo siglo desde los megacentros
donde se intenta decidir el porvenir de la humanidad. Primero,
en Estados Unidos, la fusión AOL-Time Warner: las bodas
de la Internet con los titanes del entretenimiento masivo (diez
días después adquirieron el control de Emi Music,
la mayor discográfica del globo). Segundo, en Gran Bretaña,
se fusionaron los gigantes farmacéuticos Glaxo Wellcome
y Smithkline Beecham, cosa que los convirtió en el mayor
conglomerado del mundo, en tanto círculos financieros
de Europa preanunciaban --en el mismo ramo-- la consolidación
de los laboratorios Pfizer y Warner-Lambert en una sola firma.
Entretanto,
la TV y los diarios globalizados se esmeraron --como de costumbre--
en omitir un dato definitivo. En nombre de un llamado Compacto
Global, Kofi Annan --secretario general de Naciones Unidas--
formalizó una "alianza" operativa entre la
ONU y las mayores corporaciones transnacionales. Por lo tanto,
cada uno de nosotros ha ingresado de lleno a la categoría
de commodity.
La expropiación
de la temática ambientalista, velada en tiempos de la
Conferencia de Estocolmo sobre Ambiente Humano (1972) y harto
explícita a la hora de la Cumbre de Rio sobre Medio Ambiente
y Desarrollo (ECO 92) --con el mismo personaje como Secretario
General de ambas: el magnate canadiense Maurice Strong-- ahora
quedó consumada. Bajo un lema ubicuo y maleable según
el interés de las partes poderosas de cualquier tratado
internacional firmado en el seno de la ONU (desarrollo sustentable),
todo es hoy manipulable, siempre en detrimento de los intereses
genuinos de los pueblos.
Decenas de
fundaciones y ONGs solventadas por las megacorporaciones (ahora
llamadas "consolidados") confiscaron por completo
el discurso verde. Dispones de ingentes recursos para asistir
a cuanta reunión cumbre haya en el globo, disponen de
generosos fondos para editar vistosas publicaciones, y contratan
a talentosos "formadores de opinión pública"
que acompañan a esas entidades en cada instancia del
debate en los foros internacionales.
En la jerga
específica, el mecanismo se llama en inglés cooption
(cooptación). Consiste en apoderarse de emblemas honorables
para causas hipócritas. Finalmente, con tanto asesoramiento
profesional e imagen de "responsabilidad ambiental",
los grandes defensores mundiales del mundo natural son actualmente
los mismos hiperconglomerados que inciden en su destrucción
a través de las compañías que manejan como
en el antiguo juego infantil El Estanciero (conocido en el mundo
angloparlante como Monopoly). Inocentemente, se jugaba a vender
o comprar estancias, ferrocarriles, pozos petroleros, etc. Ahora,
el juego se practica en las Bolsas de Valores. Y ya no es más
un juego, sino una rutina de conquista planetaria.
De paso,
para ajustar durante el siglo 21 su papel facilitador del asalto
final, la ONU atraviesa un proceso de "reforma" llamado
Comisión de Gobernabilidad Global, donde como consejero
especial del Secretario General Annan aparece una vez más
el petrolero Strong. Que se mueve anfibiamente en círculos
de Naciones Unidas o en redes megacorporativas como el Consejo
Empresarial Mundial para el Desarrollo Sustentable, y a la vez
incide en el mundillo no gubernamental desde una poderosa (presunta)
ONG llamada Consejo de la Tierra, con sede en Costa Rica, con
vistosísimas páginas electrónicas en la
Internet y permanentes seminarios internacionales que atraen
a muchos jóvenes idealistas.
Creer que
es preciso combatir esta expropiación constante con las
herramientas clásicas de denuncias y contra-información,
es perder el tiempo. A tal punto están bien organizados
los cooptadores que convocan a las ONG revolucionarias a sentarse
ante la misma mesa de "negociaciones". Alegan que
tienen como misión primordial el diálogo entre
los "sectores independientes". Lo cual equivale a
una especie de invitación donde el verdugo desafía
al reo a sentarse frente a un tablero de ajedrez... en tanto
llega la hora de la ejecución.
Tres son
los principios que deben ser perseguidos nuevamente por quienes
no quieren ser "idiotas útiles" del asalto
final a la soberanía individual. Que cohesionaban antaño
a los pueblos, y que el globalismo trata de borrar de la memoria
colectiva.
El trabajo
imprescindible va en otra dirección:
No es este
el momento ni el lugar para un extenso tratado programático.
Dadas las reglas del juego, sabemos que toda buena idea será
de inmediato expropiada por los nuevos conquistadores. Que como
en todas las épocas, siempre tienen una capacidad mimética
infinita. De ese modo, desbarataron los impulsos libertarios
de San Martín y de Bolívar. No fue por accidente
que ambos terminaran sus días en el ostracismo.
No obstante,
para concluir, se puede esbozar una teoría de las Ciudades
Verdes, pues aquí el protagonismo comunitario no puede
ser usurpado por ONGs cooptadoras.
Cada vez
con mayor nitidez, las áreas urbanas donde tratamos de
vivir se van haciendo más y más insostenibles.
No pueden "sostenerse" apropiadamente porque se han
vuelto dependientes de fuentes distantes (y menguantes) de alimentos,
agua potable, energía y materiales básicos. Los
cursos hídricos se han vuelto receptores de cualquier
cosa, desde vertidos agroquímicos hasta líquidos
cloacales. Las tierras fértiles circundantes son ocupadas
por construcciones de todo tipo. Las tierras públicas
(fiscales) se van privatizando. Suelos y acuíferos se
emponzoñan con los sueros lixiviados por los basurales.
Las emisiones carbónicas de los combustibles fósiles
agobian la pureza del aire. El ruido urbano trepida en los tímpanos.
Se multiplican las "gentes sin casa" y los "niños
en la calle". El SIDA hace estragos. La juventud sin rumbo
se autodestruye. La TV globalizada promueve el autismo, la pasividad
cívica y el consumismo mecánico. Y los diminutos
enclaves de vegetación nativa son permanentemente amenazados,
reducidos.
Las demandas
que las ciudades hacen a sus biorregiones, así como a
regiones distantes se multiplican cientos de veces a medida
que menguan los recursos. PERO ESTE ASUNTO CRUCIAL NO CAUSA
IMPACTO EN LAS POLITICAS MUNICIPALES. Urge por lo tanto una
profunda mudanza de las premisas fundamentales y las actividades
de la vida urbana.
Las ciudades
tienen que volverse verdes. Tienen que transformarse en lugares
donde la vida plena sea prioritaria y regenerativa. Potencial
o activamente, ya existen iniciativas aisladas que constituyen
un notable reservorio de buenas ideas y manos dispuestas. Es
preciso, entonces, que la gente alerta confluya y despliegue
propuestas dinámicas para un vasto programa de cambios.
Propuestas que puedan ser apoyadas por el público en
general a fin de prevenir mayores deterioros de la región
y estimularlo en dirección a la autosuficiencia. Es preciso
hilar sin espectacularidad ni paranoia todas las visiones y
todas las sugerencias viables.
No se impulsan
las energías renovables (solar o eólica). La expansión
de gigantescos shoppings y locales de comidas rápidas
estandarizadas aniquilan la diversidad cultural, y anulan los
remanentes de pequeños comercios autónomos, y
la vida familiar y social a nivel del barrio. Los parques públicos
pierden superficie a expensas de permisos especiales de construcción
sin que el gobierno local los proteja de la uniformización
o asegure la adquisición de espacios substitutos.
Todo programa
ya existente de Ciudades Verdes, tanto en América Latina,
en Africa, como en las naciones en transición del Este
europeo, apelan a los valores y las prácticas de un nuevo
tipo de residente urbano, y al énfasis en las variaciones
requeridas en la política municipal a fin de crear un
futuro más vivible. Son primordiales aquí los
principios de la autosuficiencia y la autovalía. Los
equipos operativos de la Ciudad Verde pueden elaborar una plataforma
para el cambio --a buena distancia de las burocracias partidistas--
ceñida a las características de la respectiva
ciudad o pueblo. Una vez hecha pública, será una
herramienta poderosa para presionar a funcionarios, candidatos,
políticos, sindicalistas y empresarios.
Entre
la defoliación y la pavimentación incesantes,
hay que dar respuesta a los siguientes rubros:
Planificación
urbana - transporte conveniente - energías renovables
- carácter y potenciación del vecindario - reciclaje
y reuso de materiales - celebración de la vitalidad de
la zona donde se habita - hábitats silvestres urbanos
- pequeños negocios socialmente responsables - cooperativas
de trabajo y de consumo - clubes de trueque - medios comunitarios
de comunicación - autodeterminación ciudadana
- bancos populares - asistencia a los desprotegidos - prevención
de enfermedades - ecoeducación - zonificación
electoral - candidatos municipales elegidos por la comunidad
y no por los aparatos partidarios políticos - monitoreo
de las actividades de los legisladores locales - control del
presupuesto metropolitano - neutralización de la ofensiva
publicitaria - verdificación del espacio común
- etc.
Lo que cada
ciudad requiere es una especie de Cabildo Verde a nivel barrial,
donde en vez del divague denunciador se boceten y encaminen
proyectos modulares enfocados en algunos de los temas arriba
mencionados, o los que dicte la realidad del momento. Las escuelas,
los clubes barriales y los colegios pueden ser su base de operaciones
en horarios compatibles con sus actividades específicas:
recuérdese que los edificios públicos son propiedad
del pueblo, no un feudo de los gobernantes de turno.
A menos que
la gente establezca su propia agenda y las buenas ideas sean
convertidas en acciones contagiosas, seguiremos siendo víctimas
de la torpeza, la mediocridad, el abuso o la corrupción.
Ya sean locales, provinciales, nacionales, o transnacionales.
Podemos empezar
a construir una sociedad de Ciudades Verdes, donde la gente
viva en armonía entre sí y la Naturaleza. Donde
se atiendan no sólo las necesidades materiales sino también
las espirituales. Donde el logro de la equidad social sea una
labor constante y no apenas un slogan de tiempos electorales.
Y donde el hecho de haber nacido sea una bendición, no
un castigo. Así, de la inmolación nuestra de cada
día podríamos pasar a la plenitud y a la ternura
de cada instante.
[1] ECO CONTEMPORANEO,
número 1. Buenos Aires, noviembre-diciembre. 1961
[2] RADIOGRAFIA DE LA PAMPA, Ezequiel Martínez Estrada.
Losada, Buenos Aires, 1942.
[3] DISCEPOLO Y SU EPOCA, Norberto Galasso. J. Alvarez, Buenos
Aires, 1967.
[4] YOUTH SOURCEBOOK ON SUSTAINABLE DEVELOPMENT. IISD, Winnipeg,
1995.
[5] ECOFALACIAS, Miguel Grinberg. Galerna, Buenos Aires, 1999.
* Profesor de la Maestría de Gestión Ambiental
en la Universidad Nacional de General San Martín, Argentina.