Resumen
A
todos los grupos subalternos se les ofrece la misma falsa disyuntiva:
integrarse en la cultura dominante, transformándose en
malas copias, o mantener su especificidad al precio de la desvalorización.
Esto es inevitable si no se cuestiona la premisa mayor implícita:
la validez más elevada de los logros culturales de la
sociedad receptora. Así el relativismo puede utilizarse
para justificar la creación de compartimentos estancos
en que cada sector quede encerrado en su especificidad. Pero
la discriminación puede manifestarse también contra
personas con formas de vida muy semejantes. En España,
el problema de la inclusión/exclusión es interesante
en el caso de los latinoamericanos, dado que no presentan diferencias
considerables (religiosas, de clases sociales, raciales, lingüísticas
o educacionales) con la sociedad receptora. Al faltar los elementos
a partir de los cuales se "naturaliza" la idea de
exclusión, queda al descubierto la construcción
social de los límites. El antecedente se encuentra en
la conceptualización del "indiano" durante
el siglo pasado, mediante el cual se "extranjerizaba"
a nativos. Este mecanismo de exclusión incrementa su
poder de segregación cuando se aplica a los retornados
de segunda generación. En las Ultimas décadas
el neologismo "sudaca" señala la condición
de extranjería social de ese sector. Los límites
se activan o se neutralizan en la interacción social
y, por consiguiente, en la escuela.
Palabras
clave: discriminación, etnicidad, relativismo cultural,
asimilacionismo.
Abstract
Building difference..
the latin-americans
For
all subordinate group it's possible to offer a false disjunctive:
integration (changing it self in bad copy) or to keep specific
but discriminated. It is impossible to avoid this option if
there is no refuse of the main implicit premise: the tacit agreement
that the way of life of the dominant group is morally superior
to that of the lowly. We can use the relativism to create closed
compartments, in what everyone remain in your specificity. But
discrimination can also be used against very alike people. In
Spain is interesting to know the mechanism of inclusion/exclusion
for the "latin-americans" subjects. They haven't differences,
we can find here the social construction of boundary. I found
the preceding during the last half of the nineteenth century:
the concept indiano. made foreign the natives. This is so for
the second generation of returned. In the last time, the neologism
"sudacas". point the social foreign situation for
this group. The boundaries can are either actived or neutralized
in social interaction and, of course, in the school.
Keywords:
discrimination, etnicity, cultural relativism, assimilationism.
Sumario
Integración
o guetisación: el falso dilema
Construyendo diferentes: los sudacas
La escuela ante el dilema Bibliografía citada
Integración
o guetisación: el falso dilema
Con
cierta frecuencia se engloban bajo un mismo rótulo conductas
que tienen poco en común y que incluso pueden ser opuestas,
esto es lo que pasa con los prejuicios discriminatorios hacia
aquellos que se ven como diferentes. Segregarlos o asimilarlos
son dos respuestas que implican valoración negativa de
su especificidad (real o asignada), pero parten de marcos teóricos
diferentes y tienen también consecuencias diferentes.
Ya en la década de los años cincuenta, Oracy Nogueira
sistematizó, las diferencias entre lo que el llamaba
"preconceito de origen" y "preconceito de marca".
El primero consideraba las diferencias esenciales e insalvables,
ponía barreras a las interrelaciones y toleraba mejor
a las minorías cuanto más endógenas y aisladas
eran estas. Se corresponde con las conductas denominadas "racistas"
y con el actual "fundamentalismo cultural". El segundo
tipo de prejuicio considera que las diferencias son negativas
pero modificables, y se pueden ir superando a medida que los
otros reciben nuestra influencia. Tolera mejor las minorías
más "modernizadas" y abiertas al exterior y
se corresponde con conductas asimilacionistas.
Los
dos cuernos del dilema reducen las opciones a un modelo de convivencia
empobrecido: segregar o asimilar. En ambos casos los europeos
nos constituimos en modelo universal (inalcanzable u obligado)
de las conductas de los restantes seres humanos. Esta es, sin
embargo, una opción falsa, apoyada la primera en supuestos
funcionalistas (el que las sociedades son diferentes y estáticas)
y, la segunda en el evolucionismo unilineal, que actualmente
tiende a confundirse con el universalismo, según el mal
toda la diferencia de logros humanos confluyen en un resultado
superior y único: nuestra cultura occidental.
A
partir de estos supuestos, a todos los grupos subalternos se
les ofrece la misma falsa disyuntiva: integrarse en la cultura
dominante, transformándose en malas copias de los sectores
dominantes, o mantener su especificidad al precio de la desvalorización.
Las respuestas a esta doble presión han sido variadas.
Las mujeres, que constituyen uno de los sectores con más
dinamismo político en la actualidad, han oscilado en
sus opciones al respecto. Así, en algunas épocas
ha predominado un feminismo de la igualdad, caracterizado por
reclamar iguales derechos a partir de reivindicar semejantes
características de base (tendencia que podría
estar representada por Simone de Beauvoir), mientras, que en
otros momentos ha predominado el feminismo de la diferencia,
que subraya la especificidad de las maneras femeninas de ver
y sentir el mundo. Las minorías étnicas parecen
recorrer el camino inverso: partir de la reivindicación
de su derecho a la diferencia para terminar reclamando igualdad
de condiciones.
El
dilema parece irresoluble y lo es si no se cuestiona la premisa
mayor implícita: la mayor validez de los logros culturales
de los sectores dominantes, que legitiman la acumulación
en sus manos de los resortes de poder político y económico.
Ya hace cincuenta años Ruth Benedict constataba que a
los integrantes de la cultura occidental les costaba más
que a cualquier otro pueblo aceptar la validez de propuestas
culturales diferentes, ella decía en su libro clásico:
Aún
pueblos muy primitivos tienen a veces más conciencia
que nosotros del papel de los rasgos culturales, y con buenas
razones. Han tenido la experiencia íntima de culturas
diferentes. Ante el hombre blanco han visto desaparecer su religión,
su sistema económico, sus prohibiciones matrimoniales...
El hombre blanco ha tenido una experiencia diferente. Quizá
nunca haya visto a un extraño antes que el extraño
se hubiera ya europeizado. Conoce poco de los modos de vida
ajenos al suyo. La uniformidad de la costumbre, de la perspectiva
que ve extenderse a su alrededor le parece bastante convincente
aunque en verdad esconde ante él un accidente histórico.
Acepta sin mayor dificultad la equivalencia entre la naturaleza
humana y sus propias modalidades culturales (12-13).
Aceptar
la validez equivalente de las diferentes concreciones culturales
fue el logro teórico del relativismo cultural, y aun
en la actualidad algunos autores, como Camilleri, sugieren que
este ha sido el mayor aporte de la antropología a la
convivencia entre los seres humanos. Desgraciadamente, la ciencia
sólo produce discursos, y estos pueden ser leídos
y utilizados de diferentes maneras. El viejo relativismo habla
de valores equivalentes, pero en una sociedad desigualitaria,
la idea de culturas con valores diferentes y estáticos
que deben ser respetados puede utilizarse, y de hecho lo ha
sido sistemáticamente, para justificar la creación
de compartimentos estancos en que cada sector quede encerrado
en su especificidad. La equivalencia cultural queda entonces
enredada en la jerarquización social que dispone de grados
de poder y posibilidades de acción muy diversas para
los distintos sectores que la integran. Quizá la mayor
ironía de nuestra época es, precisamente, que
el humanismo relativista haya sido usado para legitimar los
más feroces sistemas segregacionistas, como el apartheid
sudafricano. Ya lo consignaba Bastide: el principal argumento
de la segregación es afirmar que con este sistema se
evita que mueran dos culturas, la de los blancos y la de los
bantúes.
Aunque
es evidente que todo discurso puede ser manipulado, esto no
evita el trabajo de analizar a través de que grietas
del bienintencionado relativismo se cuela tan fácilmente
el segregacionismo. La transferencia es posible porque el concepto
de cultura que manejaban los funcionalistas era un supuesto
estático y, consensuado, cuya garantía de legitimidad
estaba dada por su estabilidad. Estos supuestos son perfectamente
aceptables por los discriminadores, que pueden así defender
la permanencia de situaciones socialmente asimétricas,
justificándolas por lo que representan de respeto a los
condicionantes culturales, vistos como inmutables. Este tipo
de culturalismo entonces toma el revelo del viejo racismo en
dos significativos: considerar a cada persona predestinada por
su origen a cierto tipo de conductas y considerar que éstas
se mantienen permanentes a través de varias generaciones.
Las divergencias son comparativamente menos significativas.
Para los racistas estas conductas estaban ligadas al fenotipo
y podían incluirse dentro de una escala de valores decrecientes.
Para los culturalistas "el problema no es el color de la
piel, sino la incompatibilidad cultural" igualmente reificada,
y se salva la buena conciencia con un reconocimiento genérico
de la equivalencia de las practicas diferentes (que no implica
más aceptación que el: "allá ellos").
El culturalismo además ha tomado los espacios que el
racismo en retirada ha ido dejando libre, fundamentalmente como
base teórica de las conductas xenófobas ligadas
a los nuevos nacionalismos. El mito de la superioridad racial
del propio grupo ha sido reemplazado entonces por el de la inmutabilidad
de la especificidad cultural. Este se ha demostrado poliforme.
Las minorías étnicas dentro de los macroestados,
las nacionalidades tradicionales y los estados mismos, pueden
recurrir a su argumentación para diseñar políticas
excluyentes con respecto a sectores catalogados como distintos
o realmente participes de culturas diferentes.
Además
este discurso se ve como legítimo, pues se apoya en una
vertiente de la antropología, y moralmente válido,
pues pretende respetar las características esenciales
de los demás al mismo tiempo que salvaguarda las propias.
Su eficacia legitimadora de la discriminación es entonces
tan alta, que no debe extrañarnos que sea compartido
por los medios de comunicación y por los sectores sociales
encargados de la autorreproducción social, por ejemplo
los maestros.
Como
reacción a esta distorsión, algunos antropólogos
como Llobera, o sociólogos como Gosselin, acusan al relativismo
de causar problemas epistemológicos en la comprensión
de los demás (presentando a las diferentes culturas como
mundos mutuamente incomunicables) y de producir conflictos sociales
(defendiendo el derecho a la diferencia). Pero reconocer que
aún en el seno de las macroculturas puede haber sectores
que se autoidentifiquen a partir del subrayado de algunas especificidades,
no implica negar la base común (y por consiguiente la
inteligibilidad mutua de las concreciones humanas). Además
la jerarquización social existe dentro y fuera del discurso
que la describe, y no puede identificarse a priori diferencia
(real o construida) con discriminación. Es cierto que
hasta ahora no ha existido diferencia sin jerarquización.
Lo que no resulta tan evidente es que para suprimir un término
de la ecuación haya que suprimir el otro, o que suprimiendo
la diferencia se acabe con la jerarquización. De hecho,
nuestra sociedad marcha a grandes pasos hacia niveles cada vez
más grandes de desigualdad económica, en y entre
sociedades cada vez más homogéneas culturalmente.
Esto ha sido denunciado reiteradamente y en los últimos
meses ha dado pie a un interesante debate entre Petras y Colombres.
La propuesta entonces de culpar a las diferencias culturales
(reales o asignadas) de la jerarquización social no se
apoya en la realidad. La especificidad étnica no es un
conjunto de contenidos, sino una red de interrelaciones que
sirven de protección algunas veces y de jaula otras.
A través de ellas se expresan conflictos de otros tipos,
que se reifican y esencializan. Unificar las conductas no significa
dar ningún paso en el sentido de la solución de
ese problema.
Experimentos
desarrollados en el aula muestran que se pueden inducir conductas
discriminativas a partir de diferencias inexistentes . De hecho
los "pogrom" se han realizado habitualmente sobre
comunidades, como la judía, muy integradas en la economía
y en la sociedad del país discriminador, y tan semejantes
físicamente que obligaba a los racistas a identificar
a sus victimas por símbolos externos (como la estrella
de David llevada en lugar visible). Si se quiere unificar la
sociedad haciéndola compartir pautas culturales homogéneas,
eso no garantiza el cese de la discriminación. Esta se
da a partir de la competencia por recursos económicos
y ámbitos de poder y puede manifestarse ferozmente contra
personas con formas de vida muy semejantes, simplemente rotulándolas
legalmente como extranjeros o encasillándolos como "otros"
a partir de cualquier particularidad de su sistema de creencias
o de su manera de hablar. Es difícil imaginar hasta donde
tendría que llegar la uniformización para que
no dejara ningún resquicio a una rotulación diferencial.
Como muestra el ejemplo escolar, hasta un lazo de color diferente
puede ser considerado una diferencia insalvable, si así
conviene a la estrategia de poder. Hay que cambiar entonces
la base del planteamiento. No es la existencia de la multiculturalidad
en una sociedad la que produce los fenómenos de discriminación
y los enfrentamientos armados de "limpieza étnica",
la otra opción posible es la aceptación y el diálogo.
Esto
no impide que el rótulo de "multiculturalidad"
y de defensa de la diferencia (o del derecho a ser diferentes)
lo puedan utilizar proyectos políticos diferentes. Es
evidente que la nueva derecha, en su afán de mantener
o ampliar sus ámbitos de poder, aplica la política
de dividir para vencer (o separar para discriminar) como lo
ha destacado Verena Stolcke. Pero hay también una corriente
dentro de las ciencias sociales que presta atención,
desde una perspectiva solidaria, a los reclamos de los sectores
que se reivindican diferentes: mujeres, minorías étnicas
y jóvenes. De esta corriente forman parte Petras, Ricouer,
Gros, La Sociedad Brasileña de Antropología y
muchas otras instituciones profesionales e investigadores. Utilizar
el mismo rótulo para ambos proyectos es una prestidigitación
terminológica. Parece mas útil intentar diseñar
una taxonomía más precisa. Como señala
Petras, el proyecto de creciente control de los individuos y
de los pueblos llevado a cabo por los sectores "modernizantes"
exige ser complementado por una manipulación intelectual,
según la cual la creciente desigualdad social se oculta
bajo un discurso de respeto de los derechos humanos, al tiempo
que se descartan las propuestas alternativas como utópicas
o reaccionarias.
Según las interpretaciones esencialistas, cada grupo
humano resultaría portador de determinados contenidos
culturales que lo diferencian de los demás grupos y que
constituyen su "legado" a transmitir a las nuevas
generaciones y la base a partir de la cual se reivindica la
pertenencia étnica. La prioridad dada a los contenidos
culturales sobre las estructuras sociales en este tipo de aproximación
justifica que algunos autores como Siffredi y Briones de Lanata
la denominen "contendista". En la actualidad esta
línea de investigaciones ha sido reemplazada por modelos
transaccionales más dinámicos, de base interaccionista
y constructivista, que subrayan la variabilidad de los contenidos,
la arbitrariedad de su selección y las estrategias dinámicas
a partir de las cuales se definen, aceptan o rechazan las pertenencias
étnicas.
Así, la alternativa no está entre un relativismo
extremo y un universalismo igualmente excluyente, que es en
la práctica un relativismo absolutizado. También
se puede partir de la idea de la identidad básica de
los seres humanos, y a través del reconocimiento de su
dinamismo cultural y de la variedad y fluidez de sus logros,
proponer la igualdad de sus derechos y el respeto por sus particularidades.
Si
se parte de entender la cultura como un conjunto de estrategias
adaptativas, desarrolladas por un grupo humano a través
de la historia, como parte de sus interrelaciones con las otras
sociedades y con el entorno; se puede aceptar que constituye
una configuración dinámica en la que se apoyan
las conductas individuales, pero que no las determina. Con este
punto de partida se puede otorgar valor positivo a los elementos
dinámicos de cada sociedad y a los agentes de cambio
cultural, entendidos como actores que facilitan el desarrollo
social y no como elementos de su desintegración. Así,
el respeto por la diferencia cultural se transforma en interés
por las interrelaciones mutuas -y mutuamente enriquecedoras-
dejando de lado todo esencialismo. Una interpretación
teórica de este tipo brinda un marco más flexible
a las relaciones entre minorías y sociedad global, y
permite encuadrar mejor la actividad docente con respecto a
ambos sectores.
La
escuela ante el dilema
Estudios
realizados en las escuelas en Francia (Pierre Jordan) y en Argentina
(María Rosa Neufeld) señalan que en ambas sociedades
(y probablemente en muchas otras) el discurso del relativismo
cultural ha arraigado fuertemente entre los maestros de todos
los niveles de enseñanza, que explican a través
de él las dificultades escolares de los niños
de las minorías o sus problemas de integración:
los niños "son así" porque vienen de
culturas diferentes y la acción de las escuela no puede,
ni debe, modificar esa especificidad (aunque en la mayoría
de los casos implique marginación). La construcción
docente respecto a las minorías étnicas, es entonces
parte de la construcción social al respecto y se nutre
de los aportes del funcionalismo antropológico.
Con anterioridad y en contraposición con la propuesta
del relativismo culturalista (a la que algunos autores identifican
erróneamente con el multiculturalismo actual) se ha desarrollado
desde fines del siglo pasado la propuesta asimilatoria. Ésta
consiste en igualar las oportunidades de los integrantes de
las minorías brindándoles los elementos de conductas
y de conocimientos propios de la cultura dominante. Pese a que
el miedo a la segregación empuje a docentes bienintencionados
y a algunos miembros de las minorías estigmatizadas a
este tipo de opción, es evidente que su presunto "universalismo"
no significa un paso adelante, sino un retroceso con respecto
al relativismo. También en este caso hay un fundamento
teórico aparentemente aceptable: la unidad de la especie
humana y la existencia de valores y derechos universales, y
existe también un colectivo científico que da
la base teórica para la propuesta. En este caso se trata
de los filósofos, alguno de los cuales, como Finkielkraut
o Bueno, acusan duramente a la antropología de fraccionar
al mundo en tribus incompatibles y al relativismo de fomentar
las guerras civiles de los países del Este.
Desgraciadamente, ni el universalismo que señala "todos
somos iguales" ni el relativismo que proclama "todos
tenemos derecho a ser diferentes" evitan la realidad de
la existencia de un mundo fuertemente jerarquizado, en que algunas
sociedades dominan política y económicamente a
otras. Encontrar las palabras exactas no cambia esta realidad,
pero discursos mal construidos ayudan a legitimarla. La lucha
no tiene tampoco que darse entre antropólogos y filósofos,
sino entre concepciones estáticas y dinámicas
de la sociedad.
Construyendo
diferentes: los sudacas
En
España, país de adscripción por nacimiento,
el problema de la inclusión / exclusión es particularmente
interesante en el caso de los latinoamericanos, dado que no
presentan grandes diferencias raciales ni en términos
de códigos lingüísticos con la sociedad receptora.
Tampoco se encuentran entre los dos grupos diferencias religiosas,
ni distancias insalvables en términos de clases sociales,
por lo que faltan algunos de los elementos a partir de los cuales
se "naturaliza" la idea de exclusión. Esto
hace que las practicas sociales y legales con respecto a los
inmigrantes latinoamericanos se presenten como cruciales, desde
el punto de vista teórico, para entender el proceso de
construcción de la "otredad". Desde el punto
de vista legal, si bien existe una contradicción entre
el proyecto político de construir una Hispanoamérica
integrada y la conceptualización de los latinoamericanos
como extranjeros, esto se salva en la práctica otorgando
algunas ventajas legales a la inmigración de este origen:
menor plazo de residencia para obtener la nacionalidad y más
fácil reconocimiento de equivalencias en los estudios.
A todos los demás efectos se mantiene la ideología
del estado nación como marco de pertenencia legítimo,
y se ignoran las semejanzas culturales, tan subrayadas en el
discurso político.
Reviste mayor interés analizar la construcción
social, ya que esta se apoya en una tradición previa
a la inmigración que nos ocupa. Al respecto, ya en el
siglo XVII, el sabio mexicano Sigüenza y Góngora
se quejaba de la extranjerización y desdén etnocéntrico
de que eran objeto los criollos:
Piensan
en algunas partes de Europa (...) que no sólo los indios
habitadores de estos países, sino que los de padres españoles
casualmente nacidos en ellos, o andamos en dos pies por divina
dispensación, o que, aún valiéndose de
microscopios ingleses, apenas se descubre en nosotros lo racional
(citado en Galviz, 1982).
Pero
el antecedente teórico más significativo se relaciona
con la construcción social del "indiano" durante
el siglo pasado. Según esta conceptualización
popular, cualquier nativo que abandonara temporalmente su pueblo
de origen e hiciera fortuna en América, volvía
transubstanciado en otra cosa, se "extranjerizaba".
A este extranjero construido no se le asignaba más mérito
que la riqueza (que era la que le autorizaba a volver). Todos
los demás elementos de distancia cultural que le hablan
proporcionado las nuevas experiencias se conceptualizaban negativamente,
como extravagancias, vulgaridad o chabacanería. Así,
los indianos se transformaban en elementos pintorescos dentro
de sus comarcas de origen, relacionados con mansiones con palmeras
en el jardín, pero no con cotas significativas de experiencia
o sabiduría adquirida. Esto creaba un estatus ambiguo
en que el ascenso social producido por la riqueza se neutralizaba
con la extranjerización asignada, de modo que el indiano
no ascendía dentro de la escala de clases sociales local,
sino que generaba un espacio propio pero diferente.
Si este proceso de exclusión del universo de lo reconocido
como propio actuaba sistemáticamente con respecto a los
emigrantes que retornaban (pese a que desde el punto de vista
legal continuaban siendo ciudadanos de pleno derecho), incrementa
su poder de segregación cuando se aplica a los retornados
de segunda generación. En este caso, a la conceptualización
excluyente se agrega una base legal. Ésta, al apoyarse
en el ius sanguine puede ser superada en muchos casos por los
inmigrantes latinoamericanos , que suelen contar con algún
abuelo español (o del resto de la comunidad económica
europea, lo que da iguales derechos). La segregación
social, en cambio, se construye prescindiendo de la base legal,
y ha acuñado en la última década el neologismo
"sudaca" para señalar la condición de
extranjería social de ese sector. Quedan así delimitados
tres ámbitos de inclusión-exclusión: el
legal, que se apoya en el derecho de sangre y brinda ciertas
posibilidades a los latinoamericanos de obtener la ciudadanía;
el cultural, marcado por semejanzas que facilitan la interacción,
y el social, donde se establecen los limites de pertenencia.
Ya Gordon ha señalado (hablando de EE.UU.) que las estructuras
sociales son más significativas y persistentes que los
contenidos culturales a efectos de diseñar los límites
étnicos. Y Barth propone que la cercanía cultural
no implica la desaparición, sino el desplazamiento de
los límites de la estructura social a referentes simbólicos.
Estos límites se activan o se neutralizan en la interacción
social y, por consiguiente, en la escuela. En el caso que nos
ocupa, es un ámbito de estudio interesante analizar cómo
los limites construidos al respecto dificultan en la práctica
la adopción por los niños y sus familias de las
metas escolares, produciendo dificultades en el proceso de escolarización.
Bibliografía
citada
ABOU,
Selim (1981). L´identité culturelle. Relations
inter-ethniques et problemes d´ aculturation. Editions
Anthropos.
BARTH,
Frederik (1976). Los grupos étnicos y sus fronteras.
México: Fondo de Cultura Económica.
BASTIDE,
Roger (1970). El prójimo y el extraño. Buenos
Aires: Amorrortu.
BEAUVOIR,
Simone de (1968). El segon sexe. Barcelona: Edicions 62, 1952.
BENEDICT,
Ruth (1971). "El hombre y la cultura". Biblioteca
Fundamental del Hombre Moderno, núm. 1. Centro Editor
de América Latina.
BUENO,
Gustavo (1987). Etnología y Utopía. Barcelona:
Jucas Universidad, 1971.
CAMILLERI,
Carmel (1992). "Cultura antropológica i de l'educació".
Recerca i educació interculturals (27 a 49) (Puig coord.).
ERAIM. Barcelona: Hogar del Libro.
COLOMBRES,
Adolfo (1992). "Modernidad y comunidad: una falsa dialéctica".
Voces y Culturas, núm. 4. Barcelona.
FINKIELKRAUT,
Alain (19 87). La défaite de la Pensée. Paris:
Gallimard.
GALVIZ,
Juan M. (1987). "Juana Inés de La Cruz". Historia,
num. 16. Madrid: Quorum.
GORDON,
Milton M. (1964). Assimilation in American Life. The Role of
Race, Religion and National Origins. Nueva York: Oxford University
Press.
GOSSELIN,
Gabriel (1992). Une ethique des sciences sociales. La limite
et l´urgence. París: L'Harmattan.
GROS,
C. (1989). "Diffusion du savoir anthropologique et action
humanitaire". Bulletin de l´Association Française
des Anthropologues, núm. 37-38. París.
LLOBERA,
Josep R. (1993). "Reconstructing Anthropology: the task
for the nineties" en Después de Malinowski Bestard
(Coord.). VI Congreso de Antropología. Tenerife.
NEUFELD,
María Rosa (1985). "Estrategias familiares y escuela".
En 2° Congreso Argentino de Antropología Social.
Mecanografiado.
NOGUEIRA,
Oracy (1954). "Preconceito Racial de Marca e Preconceito
Racial de Origem". En Anais de Congreso Internacional de
Americanistas. Sao Paulo.
PETRAS,
james (1992). "Modernidad versus comunidad". Voces
y culturas, núm. 2-3. Barcelona.
- (1992). "El imperialismo cultural a finales del siglo
XX". Voces y culturas, núm. 4. Barcelona.
- (1993). "Arremeter contra molinos de viento, inventar
adversarios". Voces y culturas, núm. 5. Barcelona.
PUJADAS, Juan J. (1993). "Racismo, xenofobia y conflicto
étnico en una Europa en transición". En Migraciones,
segregación y racismo. PROVANSAL (Coord.). VI Congreso
de Antropología. Tenerife.
PLICOEUR,
P. (1990). Soi-même comme un autre. Paris: Le Seuil.
SIFFREDI, Alejandra y BRIONES
de LANATA, Claudia (1989). "Discusión introductoria
sobre los límites teóricos de lo étnico".
Antropología y Economía. Cuadernos de Antropología,
núm. 3, p. 5-25. Buenos Aires: Universidad Nacional de
Luján; Eudeba.