Los derechos humanos tratan de asegurar
la dignidad, la igualdad y la seguridad de todos los seres humanos
en todas partes. Estas tres formidables nociones son el centro
de nuestra visión. Están íntimamente relacionadas.
La dignidad, que refleja tanto autonomía y responsabilidad,
se ocupa del individuo. La igualdad es la piedra angular de
las relaciones efectivas y armoniosas entre la gente, sostiene
nuestros sistemas comunes de ética y derechos, ya sea
que estemos discutiendo de igualdad ante la ley o de la necesidad
de equidad en la forma en que los Estados y los sistemas internacionales
conducen sus asuntos. Ni la dignidad ni la igualdad, desde luego,
pueden echar raíces en ausencia de una seguridad básica.
Estas nociones no son ideas y aspiraciones
imposibles de alcanzar. Se traducen en puntos de referencia
para medir la conducta. Más de medio siglo de duro trabajo
colectivo nos ha proporcionado normas que dan contenido a estas
nociones. Tenemos un marco universal de derechos humanos en
la Carta de las Naciones Unidas, la Declaración Universal
de los Derechos Humanos, las dos Convenciones Internacionales
sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales y sobre
Derechos Civiles y Políticos, así como otros tratados
centrales sobre los mismos. Estos instrumentos han inspirado
disposiciones en muchas constituciones y leyes nacionales, y
condujeron a la creación de infraestructuras nacionales
a largo plazo para la protección y promoción de
los derechos humanos. Asegurarse de que éstos están
al alcance de aquellos que más los necesitan -las víctimas
de violaciones de derechos humanos- es lo que da sentido a las
Naciones Unidas.
Es, para ser franco, el único
punto que justifica que estemos hoy aquí. Si la Comisión
sobre Derechos Humanos, y mi Oficina, no pueden proteger a los
débiles, ¿qué valor tienen? La dignidad,
la igualdad y la seguridad requieren sistemas de justicia que
puedan mantener y sostener estos valores. Por lo tanto, me propongo
concentrarme en la justicia y la aplicación consistente
del estado de derecho como un tema central. Este rico concepto
dispone que la ley debe operar como un instrumento para proteger
la dignidad y valor de la persona humana, y no, como una herramienta
para permitir el dominio arbitrario, la crueldad o la abdicación
de las responsabilidades básicas de un Estado hacia sus
ciudadanos.
Nos ocuparemos de las violaciones,
ya sean deliberadas o por falta de conocimiento, por la debilidad
de las estructuras o por la insuficiencia de recursos. Ayudaremos
a los Estados a integrar e implementar las normas internacionales
que han formulado -que han aceptado- mediante la ratificación
de tratados, aún cuando sean los Estados los que deban
asumir por completo sus responsabilidades para sostener los
derechos humanos.
Los conminaremos a otorgar derechos humanos totales a sus pueblos
y a avanzar en sus sistemas nacionales de protección.
Trabajaremos con líderes y funcionarios, con el poder
judicial, los parlamentos, las comisiones nacionales de derechos
humanos y con la sociedad civil. Podemos ayudar a educar y construir
esa capacidad, podemos auxiliar, exhortar y alzar la voz cuando
sea necesario, para asegurarnos de que los excesos son remediados:
una cosa que no debemos hacer es comprometer nuestra meta final.
Déjenme decirles unas palabras sobre el terrorismo y
las medidas tomadas por Estados para enfrentar este azote. Aunque
el terrorismo no es un fenómeno nuevo, actualmente, cualquier
discusión en este aspecto debe empezar con lo que sucedió
el 11 de septiembre de 2001. Las víctimas de esos horribles
ataques tienen un derecho básico a la justicia. Este
traumático episodio debe ser considerado por todos en
forma unívoca como uno de los ejemplos más repugnantes
en el que los derechos de los inocentes fueron pisoteados sin
piedad. Les debemos a ellos el responder con decisión
y vigor para terminar con el mal del terrorismo. Debemos también
reconocer que los Estados tienen, no sólo el derecho,
sino el deber de proteger a sus ciudadanos de tales formas de
crimen internacional. Un ataque brutal y una amenaza excepcional
pueden requerir de una respuesta extraordinaria e inequívoca.
Pero estas medidas deben ser tomadas
con transparencia, deben ser de corta duración, y deben
respetar los derechos fundamentales, no derogables, expresados
en nuestras normas sobre derechos humanos. Deben tener lugar
dentro del marco de la ley. Sin ello, los terroristas ganarán
finalmente y nosotros perderemos -ya que les habremos permitido
destruir los cimientos de nuestra moderna civilización
humana. Estoy convencido de que es posible combatir esta amenaza
sin costo alguno para nuestros derechos humanos. La protección
a nuestros ciudadanos y el apoyo a los derechos no son incompatibles:
al contrario, deben ir firmemente juntos, a menos que perdamos
el rumbo.
También tenemos que trabajar
en las presionantes fuentes de inseguridad. Los conflictos armados,
la discriminación, la pobreza y la ignorancia, por nombrar
sólo algunas de las más importantes. Los derechos
no tiene ningún significado, sin embargo -y no puede
haber seguridad- si la familia se muere de hambre, o si no se
puede uno proteger de los que están más cerca
de uno, de las enfermedades más prevenibles o fácilmente
curables, o si no se puede proporcionar a los niños una
educación básica. Esto es un axioma, igual que
decir que los derechos no tienen ningún significado si
se considera que la vida no tiene valor alguno, o si la voz
es perpetuamente silenciada.
Negar la dignidad de alguien es
humillarlo. Tenemos que estar muy conscientes de esto, más
de lo que ya estamos. Ser humillado arriesga la seguridad. Es
un riesgo innecesario; no logra nada positivo. Si se despoja
a la gente del sentido de la decencia -ya sea física
o psicológicamente, por omisión o intencionalmente-
o si carece o se le niega el reconocimiento básico como
individuo o como pueblo, o se le niega su derecho más
fundamental de vivir a salvo, el resultado es la pérdida
de confianza, el letargo, la desesperación, la radicalización.
En esos escenarios -y hemos visto esto con demasiada frecuencia-
la vida está llena de furia y de años de oportunidades
perdidas. En otras palabras, necesitamos considerar a la seguridad
en su sentido más amplio, no sólo dentro de un
marco explícito de indivisibilidad de los derechos, no
sólo como una condición libre de violencia y terror,
sino reconocer también nuestra creciente interconexión
en un mundo globalizado.
Necesitamos llevar seguridad a todos
los individuos y pueblos del planeta protegiendo su derecho
a la vida, a la identidad, la libertad, al libre pensamiento
y a creer lo que se quiera; su derecho a no temer la tortura
o el exilio o la detención arbitraria; su derecho a expresarse,
a asociarse pacíficamente, a moverse libremente dentro
de su país y a regresar a él; su derecho básico
al desarrollo; su derecho a la educación primaria y a
un nivel de vida adecuado para la salud y el bienestar -adecuado,
en otras palabras, para darles a ellos , y a todos nosotros
dignidad. Esto no se logrará nunca si no es con pactos
mutuos, entre individuos, comunidades, Estados y regiones.
Durante los conflictos se revelan
toda una serie de violaciones a los derechos humanos; no sólo
violaciones a los derechos de aquellos directamente involucrados,
sino también el impacto indirecto -y de mayor alcance-
en la seguridad, la estabilidad y el progreso económico
y social. Durante toda mi carrera, he visto hombres y mujeres,
jóvenes y viejos, despojados de sus derechos y su dignidad
como resultado de un conflicto. Estoy decidido a que trabajemos
juntos para vigilar que el derecho humanitario sea cabalmente
implementado y que avancemos urgentemente en el desarrollo de
los marcos y estrategias necesarios para proteger a los civiles
atrapados en el torbellino.
Necesitamos acercar más los derechos humanos y las cuestiones
humanitarias. La difícil situación de los refugiados
y los internamente desplazados no debe ser considerada sólo
bajo la rúbrica de las últimas. Debemos proporcionar
cuerpos intergubernamentales que tengan mandatos internacionales
de supervisión legal, con respaldo político y
resolución inequívoca. Los Estados les han confiado
la tarea final de asegurarse de que se observe la ley.
Me gustaría ver que los derechos
humanos estuvieran realmente en el centro de los acuerdos de
paz, de nuestros esfuerzos para prevenir conflictos y de nuestro
esfuerzo pacificador. Ninguna paz es real a menos que se hagan
realidad los intereses más fundamentales de la justicia.
¿En cuántas ocasiones, incluyendo en tiempos recientes,
han sido ignoradas las señales alarmantes de violaciones
a los derechos humanos y sólo los resultantes crímenes
en contra de la humanidad nos despiertan de la inercia? El establecimiento
de la Corte Criminal Internacional (ICC, por sus siglas en inglés)
constituye un parteaguas en este sentido; como quiera que yo
pueda y dentro de mis posibilidades, trabajaré para ayudar
a asegurar que, en ausencia de todas las demás vías
jurídicas, la ICC esté bien apoyada, libre de
manipulación y en posición de lograr sus objetivos.
Es para mí axiomático que para aquellos que cometen
los más atroces crímenes de genocidio, crímenes
de guerra y crímenes en contra de la humanidad, debe
haber una responsabilidad internacional genuina Los intereses
de todos lo Estados, particularmente de aquellos que encabezan
la lucha por la justicia, han sido -o pueden ser-complacidos.
También me gustaría
que estuviéramos equipados para ayudar a las sociedades
que emergen del conflicto a construir instituciones democráticas,
representativas, participativas y responsables, para curar sus
heridas, para trabajar por la reconciliación y para asegurar
un proceso creíble de responsabilidad por crímenes
graves y violaciones cometidas durante los conflictos.
Sé muy bien por nuestro trabajo en Kosovo y Timor Oriental
qué tan onerosa es esta tarea, pero sé también
lo vital y digna de apoyo que ese. Frecuentemente, un conflicto
tiene sus orígenes en patrones de discriminación.
Necesitamos resolver estas causas radicales básicas mediante
el principio de igualdad. Necesitamos fortalecer nuestro trabajo
en la roca firme de la justicia que está en el centro
de todos los derechos humanos. Necesitamos poner especial atención
a la discriminación racial, los derechos de las minorías,
los derechos de los nativos, los derechos de los discapacitados
-una área que ha sido descuidada durante demasiado tiempo-
los derechos de los niños y la igualdad de géneros.
La cuestión de los derechos
de las mujeres merece un tratamiento específico y enérgico:
haré de ello una de mis prioridades. Mi experiencia en
Timor Oriental (ahora Timor-Leste), al igual que en otros lugares,
me ha enseñado que muy seguido son las mujeres las que
forjan el impulso más grande para la paz en las sociedades
arrasadas por los conflictos. Son, como regla, una fuente de
restricción, razón, reconciliación, estabilidad
y democracias. Aunque ha habido grandes progresos en la última
década, para poner en alto los derechos de la mujer dentro
de la agenda de los derechos humanos, aún queda mucho
por hacer, sobre todo a nivel nacional. El tratado básico
sobre el tema, la Convención sobre la Eliminación
de Toda Forma de Discriminación en Contra de las Mujeres
(CEDAW, por sus siglas en inglés), ha tenido un largo
alcance, con cerca de 170 ratificaciones. Al mismo tiempo, los
problemas que trata son de una excepcional profundidad y complejidad.
Necesitamos todo lo anterior -y
más- y trataremos de hacerlo, pero no podemos hacerlo
solos. Necesitamos trabajar con todos los miembros de la familia
de los derechos humanos y ampliarla. Trabajaré con el
Secretario General, cuya confianza y liderazgo político
serán de suma importancia, y en cercana colaboración
con mis colegas de la Secretaría y de todo el sistema
de las Naciones Unidas, con otras organizaciones intergubernamentales
y regionales, y con los medios. El papel de la comunidad empresarial
será también de particular importancia.
Pero déjenme distinguir a dos actores: los Estados y
las organizaciones no gubernamentales (ONGs). Trabajaremos en
sociedad con los Estados. Nunca podré repetirlo lo suficiente:
la principal responsabilidad de promover y proteger los derechos
es suya. En años recientes, los Estados han empezado
a darse cuenta y a aceptar que la soberanía es una responsabilidad
que no sólo proporciona derechos, sino que también
conlleva obligaciones para con aquellos que viven bajo su jurisdicción,
así como para con la comunidad internacional como un
todo. Ellos tienen, en las palabras de un informe reciente,
la "responsabilidad de proteger". Mi Oficina apoyará
y será constructiva, presumiendo buena fe en todas las
partes incluso y particularmente cuando surja un desacuerdo.
Seguiremos trabajando con las ONGs.
Mi experiencia en mucos países me ha dejado un profundo
aprecio por la irremplazable contribución, en las líneas
del frente de nuestros esfuerzos, que la ONGs internacionales,
regionales y nacionales han hecho para reforzar el respeto a
los derechos, ya sea que estén trabajando con los derechos
humanos, con cuestiones humanitarias o de desarrollo. Es difícil
imaginar dónde estaríamos ahora sin su experiencia,
energía y dedicación.
En su informe del 23 de septiembre sobre la segunda fase de
su reforma, el Secretario General ha subrayado la importancia
de la cooperación internacional para ayudar a los Estados
a establecer o fortalecer los sistemas nacionales para la promoción
y protección de los derechos humanos. También
hace énfasis en el eficiente servicio de los informantes
especiales de la Comisión y de los órganos del
tratado. Estos órganos constituyen la espina dorsal del
sistema de derechos humanos de la ONU y sus deliberaciones deben
sin duda, ser consideradas como la base sobre la cual deben
proceder todos los demás avances.
Otra área en la que me propongo
hacer énfasis es la del incremento de nuestra capacidad
para comunicar nuestro mensaje. Los derechos humanos no son
sólo para discutirse en las cámaras de contados
campos. Los derechos humanos son de propiedad universal y debemos
hacer realidad esta retórica. A pesar de los impresionantes
esfuerzos de los últimos años, el nivel de conciencia
sobre el trabajo que realizan los numerosos componentes de la
maquinaria de derechos humanos de la ONU sigue siendo alarmantemente
bajo. Y esto es particularmente cierto en el caso del objetivo
de nuestros esfuerzos: los sistemas y los individuos que violan
los derechos, y aquellos cuyos derechos han sido violados. Sólo
recientemente, me fue presentado elocuentemente el hecho de
que nuestros derechos humanos universales deben también
ser conocidos por los niños de las regiones más
remotas y empobrecidas del mundo, tanto como por nuestros estudiantes
más brillantes en las mejores universidades. Necesitamos
encontrar formas innovadoras de multiplicar el impacto de nuestro
trabajo y de asegurarnos de que es apoyado en forma más
vigorosa por el público en general.
La Comisión de los Derechos
Humanos es central para la acción de las Naciones Unidas
que los promueve y protege. Como uno de los órganos intergubernamentales
más viejos de la ONU, tiene una historia de sólidos
logros, tanto en la definición del contenido de las normas
internacionales sobre derechos humanos, como en su promoción
y protección. Pero eso no es suficiente. La Comisión
sigue siendo un foro internacional vital para la discusión
de los derechos humanos. Sobre todo, continua en su papel de
redactor preeminente de instrumentos de derechos internacionales,
como lo evidencia la adopción, el año pasado,
del Protocolo Opcional de la Convención en Contra de
la Tortura, así como la decisión de empezar a
considerar, para el año entrante, un Protocolo Opcional
para el Convenio sobre Derechos Económicos, Sociales
y Culturales.
El funcionamiento efectivo de la
Comisión es un interés legítimo de todos
sus participantes -y el más importante, para todos los
que dependen de él, consciente o inconscientemente- para
la protección de sus derechos básicos a medida
que continúa su misión de promover la indivisibilidad
de los derechos humanos, poniendo mayor atención a los
derechos económicos, sociales y culturales. Apoyaremos
este proceso -este imperativo lógico- al grado máximo
de mis capacidades y las de mi Oficina. Trabajaremos hacia la
realización del derecho al desarrollo, de forma que todos
puedan gozar plenamente de su derecho a participar, contribuir
y disfrutar de tales derechos sistémicos, tanto como
con ustedes para asegurar sus derechos civiles y políticos.
Otro equilibrio a lograr en el trabajo
de la Comisión es aquel entre su papel de protector y
de promotor. El papel de protector de la Comisión es
una de sus funciones centrales y una que requiere resultados
mensurabas. La importancia y efectividad de su trabajo de protección
se hace evidente por el tamaño y la sofisticación,
siempre crecientes, de su sistema de procedimientos especiales.
No obstante, la protección va de la mano con la promoción
y debemos estar listos para responder a las peticiones de los
Estados Miembros y proporcionar servicios de asesoría,
sobre todo como consecuencia de las deliberaciones en los órganos
de derechos humanos, siempre que no se hagan en sustitución
de mejoras tangibles a las situaciones domésticas. Igualmente,
la Comisión debe cumplir con sus responsabilidades y
estar preparada para llamar abuso a un abuso, en cualquier lugar
donde esto ocurra.
Lo que estoy diciendo no es nuevo.
No es más que una reafirmación de lo obvio: los
derechos humanos van al corazón de nuestro sentido colectivo
de humanidad, así como a nuestro sentido de la política,
en su significado griego original: un orden social que es para
uno y para todos. Va al centro de cómo queremos vernos
a nosotros mismos y al ideal que estamos luchando por alcanzar;
no deberíamos -no debemos- alejarnos del idealismo. Cualquiera
que sea nuestra cultura, compartimos un impulso común
para mejorar al individuo y al bien común. Con frecuencia
codificamos esta aspiración ideal en nuestras leyes nacionales,
tal como lo hacemos en nuestras leyes internacionales. Esta
visión de los derechos humanos como el prisma fundamental
y más frecuentemente comprendido, a través del
cual vemos nuestra propia humanidad, es la guía central
de todo nuestro trabajo.
En otras palabras, sabemos hacia
dónde nos dirigimos. Para esta hora deberíamos
estar todos de acuerdo. A los desacuerdos debemos contemplarlos
dentro de ese marco. Las discusiones nos llevarán más
lejos; la acción nos llevará todavía más
lejos. Encontrarán en mí a un socio incansable
y honesto para ayudarles a lograr ese fin. Este privilegio que
el Secretario General y la Asamblea General me han dado es algo
que no tomo a la ligera. Unas palabras especiales para los defensores
de los derechos humanos, particularmente a nivel nacional: ustedes
encontrarán en mí a un amigo y aliado que está
dispuesto a actuar para proteger sus derechos. Igualmente, sin
embargo, mi sentido de responsabilidad es superado por un sentido
de emoción.
Estamos, una vez más, en
una encrucijada: sacaremos lo mejor de ello y no nos arrepentiremos
de nada. A menos que aspiremos a lo que parece inalcanzable,
correremos el riesgo de quedarnos en la mediocridad.
Fuente: Crónica ONU
* Nombrado Alto Comisionado de las
Naciones Unidas para los Derechos Humanos en septiembre del
2000. Fue Representante Especial del Secretario General y Administrador
Transitorio de la ONU en Timor Oriental, de 1999 al 2002. El
Sr. Vieira de Mello fungió también como Coordinador
de Asuntos Humanitarios y Auxilio de Emergencia, y como Sub
Alto Comisionado para los Refugiados.