Resumen: En primer lugar, se rastrean sucintamente los
aspectos fundamentales de los orígenes históricos
de las ideas de progreso, desarrollo y evolución, abriendo
paso a una breve caracterización del subdesarrollo de
la teoría económica hegemónica del desarrollo.
A continuación se analizan los conceptos de desarrollo
sostenible, desarrollo humano y desarrollo cultural, como alternativas
al concepto dominante de desarrollo y a su aplicación
en el denominado proceso de globalización. Después
se destaca el papel central de la participación en la
teoría y en la práctica de un desarrollo alternativo.
Finalmente, se presentan un conjunto de propuestas para una
reconceptualización del desarrollo, en directa vinculación
con la necesidad de una planificación democrática
y, por tanto, participativa del desarrollo.
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"Los servidores literarios de
los poderosos tienen todavía la desvergüenza
de preguntar, con la pose de hombres imparciales, de hombres
que todo lo saben acerca de las dificultades teóricas:
"¿qué es el progreso?" ¡El
progreso es el mejoramiento de las condiciones de vida
de los hombres! Para la mayoría de los hombres,
este mejoramiento es lo más importante del mundo.
El progreso social es siempre una tarea histórica
y no una necesidad mística. Pero la historia no
se orienta necesariamente en este sentido, a no ser que
se la obligue"
Max Horkheimer, Ocaso
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1. Progreso, desarrollo, evolución,
¿revolución?: raíces histórico-conceptuales
de la teoría económica hegemónica del desarrollo.
Estos conceptos, que tanto usan y de los que tanto abusan los
humanistas y científicos sociales, no han sido objeto
de una investigación que permita distinguirlos y clarificar
sus contenidos. En la introducción a esta breve ponencia
no pretendo emprender semejante tarea, sino simplemente destacar
algunos aspectos que considero importantes para la búsqueda
de elementos que permitan contribuir a la reconceptualización
del desarrollo.
En los diccionarios -especializados o no- nos encontramos con
una asimilación de los términos "progreso",
"desarrollo" y "evolución", que aparecen
como sinónimos, bien entre ellos mismos, bien con los
términos "adelanto", "crecimiento",
"maduración", "ampliación",
"mejora"... Y en todos ellos encontramos, aunque con
distintas priorizaciones y grados en cada caso, cinco nexos
comunes e interrelacionados:
a) La connotación biologista que equipara la evolución
social y la orgánica, y de acuerdo con la cual las hipótesis
de la biología decimonónica sobre el desarrollo
se confunden con las nociones contemporáneas de desarrollo
social, cambio social, "modernización" y tránsito
del "subdesarrollo" al "desarrollo". Así,
por ejemplo, la orientación estructural-funcional sigue
sosteniendo que los procesos fundamentales son la diferenciación
funcional y el movimiento de lo simple a lo complejo.
b) La concepción lineal de los procesos, según
la cual parece que tengan que pasar necesariamente por unos
estadios sucesivos, con el consiguiente determinismo histórico
que relega el papel del sujeto humano a mero comparsa de la
historia y que se justifica por un determinismo científico
basado en la supuesta neutralidad de la ciencia.
c) El carácter gradual, continuo y ordenado de las transformaciones,
que excluye todo cambio revolucionario -entendido como cambio
cualitativo radical fruto de la voluntad y de la acción
humanas- como no normal o patológico.
d) La autoperpetuación, consecuencia del alejamiento
constante de la meta final, y el aplazamiento de su realización
ad calendas graecas.
e) El componente normativo inmerso en un juicio de valor acerca
de la historia: el presente es mejor que el pasado y el futuro
será mejor que el presente.
La idea de progreso es una de las más complejas cuestiones
no resueltas del pensamiento social occidental moderno y contemporáneo.
Esta idea remite a la dimensión temporal y refleja una
concepción del presente como superior al pasado y la
creencia de que el futuro será aún mejor. Mientras
en un extremo nos encontramos con los más fervorosos
partidarios de esta idea, en el otro se ubican quienes -los
menos- la consideran una perniciosa superstición. El
nacimiento de las ciencias sociales estuvo ligado a la noción
moderna de progreso y fueron -y son-, a la vez, consecuencia
y causa de la idea de progreso. Idea que, por otra parte, no
es más que la versión laica y moderna de la idea
cristiana y medieval de Providencia, y que, con ella, se distingue
de la concepción cíclica de la historia de la
antigüedad greco-romana y se opone a las ideas de decadencia
y de regresión.
La idea moderna de progreso se alimenta de la tesis racionalista
de la perfectibilidad del hombre, que, a partir del siglo XVII,
hace creer en un perfeccionamiento inevitable de la especie
humana. Se trata de esa razón de raigambre burguesa revolucionaria
que se opone a toda imposición fideísta de la
teología y a toda afirmación no confirmada por
los hechos de la metafísica. Pero esta fe en la razón,
trascendente y crítica en sus orígenes, se ve
menguada en el siglo XIX por una razón "científica"
y "positiva" que se atiene a los "hechos"
con pretensiones de neutralidad valorativa y con la consiguiente
adaptación apologética a una realidad en la que
la burguesía opera hegemónicamente. En este proceso,
la complicidad de las ciencias sociales dominantes -especialmente
de la economía y de la sociología- está
fuera de toda duda [CAMBRA (1982)]. Pero la castración
de la razón crítica burguesa se acentúa
con su reducción a una razón instrumental [HORKHEIMER
(1969)] tecnocientífica, al socaire del pragmatismo,
el utilitarismo y el ludismo exacerbados y materialistamente
vulgarizados que se prolongan hasta nuestros días. La
fe en dios, sustituida primero por la fe en la razón,
más tarde por la fe en la ciencia y, finalmente, por
la fe en la técnica, reduce también única
y peligrosamente las ideas de progreso y de desarrollo al mejoramiento
de los aspectos materiales y consumistas de la existencia humana,
amén de que su disfrute esté sólo al alcance
de una exigua minoría de la especie. He aquí un
aspecto esencial del subdesarrollo del concepto de desarrollo.
Aunque siempre han convivido partidarios y detractores de la
idea de progreso, los acontecimientos acaecidos durante la primera
mitad del siglo XX provocaron la crisis de esta idea y de cualquier
idealización respecto a la bondad del presente y del
futuro. El siguiente punto de inflexión se produjo a
partir de la crisis de la Unión Soviética y de
sus países satélites. Aprovechando el derrumbe
de un sistema que desde mucho antes había traicionado
al modelo socialista que decía representar, se pretende
liquidar todo rastro del modelo más avanzado de la modernidad.
Así se ha abierto paso la idea de que el sistema vencedor
-igualmente traidor del modelo liberal que enarbola- y su totalitario
"pensamiento único" pueden llevar a la humanidad
al progreso definitivo, que hoy se llama globalización
y que no es más que la fase ulterior de la concentración
de capitales en manos de los grandes trusts transnacionales
y de su dominación a nivel planetario. Esta dominación
adquiere un carácter global -territorial e ideológicamente
hablando- que fomenta desde el poder una aceptación acrítica
de la injusticia por parte de la inmensa mayoría de los
escasísimos "beneficiarios" -y de quienes aspiran
a serlo- del materialismo consumista. El encubridoramente denominado
neoliberalismo (¿qué queda del liberalismo en
la situación oligopolista/monopolista contemporánea?)
ensalza al mercado como el nuevo dios, erige al consumismo en
la nueva religión, sustituye las catedrales por centros
comerciales, reinventa los ejercicios espirituales bajo la forma
de mensajes publicitarios e instaura el acto de la compra como
comunión integradora: subdesarrollo del desarrollo.
Otra cuestión importante ligada a la idea de progreso
es su pretensión de universalidad que la ha llevado a
ser aplicada con un carácter tan falaz como uniformizante
más allá de las diferencias culturales y sociales.
¿Es o debe ser el progreso igual para todos? Ante el
enigmático conjunto de diferencias culturales, ya en
los inicios de la modernidad, se dio la solución más
reduccionista y a la vez más interesada: la negación
de las diferencias culturales y su falsa identificación
con distintos grados de realización en un proceso universal
de desarrollo, considerando, eso sí, a Europa como el
exponente máximo de ese proceso. Se trata de una conceptuación
etnocéntrica, por supuesto nada ajena a la dominación
económica, política y cultural que Occidente ha
ejercido y ejerce sobre el resto del planeta. Otro aspecto del
subdesarrollo del desarrollo.
El problema se agrava con el imperio de la razón instrumental
-propia de un homo faber que es víctima enajenada de
los instrumentos que él mismo ha producido [ARENDT (1974):
398-399]- que desplaza toda reflexión acerca de los criterios
sobre lo que es el bien y lo mejor: ¿qué desarrollo,
para qué y para quién? Es absolutamente necesario
denunciar que el desarrollo, tal como se está realizando,
comporta un posicionamiento ideológico que encubre la
defensa de intereses particulares bajo la pretensión
de responder tecnocientíficamente y neutralmente a intereses
universales: poder, ciencia y tecnología están
inextricablemente unidos. E igualmente necesaria es la determinación
de unos objetivos de desarrollo alternativos. Todo lo cual pasa
por la asunción y la denuncia de los vínculos
existentes entre poder, perspectivas históricas, intereses
y sistemas éticos. No puede hablarse de desarrollo si
éste no implica la libertad de todos y cada uno de los
seres humanos para elegir conscientemente su destino individual
y colectivo. Mucho más grave que la llamada crisis económica
-¿crisis de quién y a favor de quién?-
es la crisis ética por la que atravesamos -de la que,
por lo demás, son reflejo y retroalimentación
los neoconservadores pretendidamente "postmodernos",
quienes pretenden hacernos creer en un "vale todo"
que excluye la realización y el mejoramiento de los modelos
éticos y políticos aportados por la civilización
occidental con tantas contradicciones, traiciones y frustraciones
como sacrificios, luchas y esperanzas de grupos y clases oprimidos-.
La eliminación del juicio ético defenestra la
crítica y sólo favorece la reproducción
de las relaciones de dominación establecidas: fin de
la historia y fin del progreso. Más subdesarrollo del
desarrollo.
2. Breve caracterización
de la teoría económica hegemónica del desarrollo:
ideología y subdesarrollo del desarrollo.
Las transformaciones y reconceptualizaciones del concepto de
desarrollo en las ciencias sociales siempre han estado ligadas
al enfrentamiento entre distintas posiciones teóricas
vinculadas -más explícita o más subrepticiamente-
a alternativas políticas y éticas concretas. Si
una teoría se convierte en hegemónica en unas
circunstancias históricas concretas no es precisamente
por su más elevado nivel científico, sino porque
responde a -y justifica- los intereses dominantes: es un elemento
de la ideología dominante. En este apartado caracterizaré
muy brevemente -otros paneles de este Congreso se ocupan de
esta temática- los principales componentes conceptuales
de la teoría económica hegemónica del desarrollo,
que, como se observará sin necesidad de explicitarlo,
recoge los aspectos fundamentales de los orígenes históricos
sucintamente rastreados en el apartado anterior.
La teoría económica hegemónica endiosa
el papel del mercado -encubriendo la acentuación de las
tendencias oligopolistas y monopolistas bajo el principio del
laissez-faire y de la libertad de mercado-, enfatiza la industrialización
-estudiando, en el mejor de los casos, cómo "internalizar
las externalidades ambientales" pero sin preocuparse de
erradicar sus causas-, hace del crecimiento económico
una profesión de fe -rehuyendo la cuestión de
la distribución equitativa del pastel o incluso justificando
la desigualdad como algo natural, necesario y "positivamente
funcional"- y minimiza el papel del Estado -aunque reclamando
su intervención para socializar pérdidas mientras
se privatizan ganancias, para reprimir la conflictividad social,
para expandir la base social de la ideología dominante
y, en definitiva, para todo aquello que permita la reproducción
y ampliación del poder económico vigente-. Ideología
y subdesarrollo del desarrollo.
El desarrollo es conceptuado reduccionistamente como crecimiento
económico, en un proceso esencialmente técnico-económico
que, por un lado, privilegia el crecimiento económico
como condición y causa del desarrollo general y, específicamente,
del desarrollo social; y, por otro lado, parte de una ingenua
y acrítica -pero no por ello carente de contenido ideológico-
concepción de la expansión tecnológica
como motor de un crecimiento que permitirá una mayor
acumulación de riqueza que, a su vez, nos llevará
al reino de la libertad. Está claro que el modelo a seguir,
necesaria y universalmente, es el de los denominados países
desarrollados, bajo la guía de una ciencia económica
presuntamente avalorista y desinteresada que promete que, si
se sigue un proceso gradual y ordenado, algún día
el pastel será suficientemente grande como para que haya
para todos, anteponiendo la eficiencia y posponiendo la equidad.
Ideología y subdesarrollo del desarrollo. Mientras tanto,
se incrementan las desigualdades Norte/Sur y las bolsas de pobreza
en el Norte, se degrada la diversidad cultural y se perjudica
irreversiblemente el medio ambiente... Éstas son las
consecuencias del "desarrollismo" o modelo del "desarrollo
sostenido" [MEDINA (1997): 103-105].
Una fe tan profunda en el crecimiento económico ya la
encontramos en La Riqueza de las Naciones de Adam Smith, quien,
por otra parte, no consideró el mecanismo de mercado
como una forma de organización económica universal
y sin fallos. Además, la lógica del intercambio
-base de la falacia del libre mercado y preñada de individualismo
burgués- se ha empecinado durante dos siglos en dar poder
a la empresa capitalista y en restringir la acción colectiva
instrumentada a través del Estado. Según la lógica
del intercambio, si dos partes -libres para elegir- eligen intercambiar,
es porque el intercambio las favorece y enriquece a ambas. Esta
lógica sólo se sostiene si ambas partes están
plenamente informadas y si se guían por la maximización
de su utilidad, lo cual -además de contener muchas implicaciones
éticas, ideológicas y culturales- es mucho suponer
o mucho encubrir. Pero, además, la lógica del
intercambio es indiferente a la naturaleza de las partes que
realizan el intercambio: pueden ser individuos, grupos o naciones.
¿Por qué no confiar a los individuos o al Estado
la autoridad de la toma de decisiones? El modelo neoclásico
tampoco restringía la posibilidad teórica de la
intervención del Estado hasta los límites que
estamos viendo en la práctica de la economía contemporánea
y en la teoría de los economistas neoliberales -quizá
muy poco acertadamente calificados de neoclásicos- que
son sus paladines. [GORDON (1995): capítulos 7, 9 y 17;
NORGAARD (1997): 187-192].
Hay que reseñar también, finalmente, que el tecnoeconomicismo
sólo utiliza variables económicas -descartando
cualquier tipo de dimensiones sociales, políticas, éticas
y culturales- y padece una obsesión cuantofrénica
que le lleva a reducir el análisis a variables, dimensiones
e indicadores económicos cuantificables, a hacer caso
omiso de lo cualitativo y a presumir que lo que no puede ser
medido, o no es importante, o sencillamente no existe. El resultado
son unos ejercicios numéricos expresados en la forma
de "modelos" que muy poco, o nada, tienen que ver
con la realidad y que sirven a su ocultación: mistificación
del número, ideología y subdesarrollo del desarrollo.
El tecnoeconometra, mago de nuestra era, se rodea de artilugios
informáticos y bases de datos en su campana de cristal
y representa el ritual de la nueva magia del cuánto,
o no sé si del cuento... [CAMBRA (1982)].
3. El concepto de desarrollo
sostenible:
reduccionismo medioambientalista y desvirtuación ideológica.
La interdependencia entre medio ambiente y desarrollo es obvia:
el medio ambiente es un recurso para el desarrollo. Pero el
caso es que la industrialización se ha producido con
un proceso de degradación continua del medio ambiente
a escala planetaria. La tesis de la "corresponsabilidad"
de todos los países en la conservación del medio
soslaya la responsabilidad histórica de los países
industrializados en los problemas que hoy afectan al medio.
Los planteamientos que tienden a priorizar la importancia de
los problemas globales de un "mundo único",
lo hacen en detrimento de los problemas nacionales de los países
menos industrializados o económicamente "menos desarrollados",
olvidando que nuestro planeta se caracteriza por la existencia
de países con muy distintos niveles de desarrollo económico
y científico-técnico, con gran desigualdad en
la distribución de los ingresos y con distintas prioridades
ambientales [PNUD (1992)]. No es fácil conciliar intereses
ambientales -nacionales y globales-, sobre todo si tenemos en
cuenta la capacidad de los medios de comunicación para
generar en la población del mundo económicamente
"menos desarrollado" la creencia en una fácil
reproducción de los irracionales y despilfarradores estilos
de producción y de consumo [PNUD (1998)] de los países
llamados desarrollados. La preservación del medio ambiente
ha de ser una responsabilidad de cada país, aunque en
un nuevo clima de solidaridad y cooperación internacional
impulsadas por mecanismos supranacionales que doten a los países
"menos desarrollados" de los medios financieros y
de la transferencia de tecnología que les permitan enfrentar
sus problemas nacionales y colaborar en la solución de
los problemas globales. La perspectiva y las iniciativas del
Sur han de ser respetadas y apoyadas. [BARÓ (1996)].
El concepto de "desarrollo sostenible" se aplica
errada y reduccionistamente en referencia exclusiva a la dimensión
ambiental del desarrollo [PNUD (1998): 14]. Por otra parte,
su uso y abuso como un término de moda, "moralmente
noble" y "políticamente correcto" lo ha
ido convirtiendo en un lugar común de amplia y difusa
aplicación, capaz de acomodarse a un amplio abanico de
discursos y circunstancias, de manera tal que se ha llegado
a convertir en una pantalla de humo que contradice la propia
idea de sostenibilidad [CELECIA (1997): 59]. El concepto de
sostenibilidad se ha ido desvirtuando y ha perdido su contenido
crítico en la retórica y trivialización
del discurso político, económico y académico,
en la acomodación a los intereses de las élites
o en el lirismo de las buenas intenciones. Hay que combatir
el abuso en la utilización indiscriminada del término,
al servicio de estrategias políticas o comerciales que
poco tienen que ver con la sostenibilidad -e incluso se oponen
a ella- [CAMBRA, BOU, SEROO, SERRAT (1999): Conclusiones].
Son muchas las definiciones de sostenibilidad que se han formulado
en la última década, pero la que ofrece el denominado
"Informe Brundtland" [WORLD COMMISSION ON ENVIRONMENT
AND DEVELOPMENT (1987)] -con todas sus limitaciones- ha sido
generalmente aceptada y ha conferido al concepto una amplia
difusión. El citado informe va mucho más allá
de las políticas medioambientales y de las medidas de
crecimiento económico y define el desarrollo sostenible
como aquel desarrollo que satisface las necesidades del presente
sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para
satisfacer sus propias necesidades. Éste no es el momento
de entrar en la problemática filosófica relativa
al significado y al carácter subjetivo, valorativo e
histórico de los conceptos de "necesidad" y
de "satisfacción". Voy a ser muy expeditivo.
Amén de que la satisfacción universal de las necesidades
básicas -físicas, sociales y psicológicas-
es conditio sine qua non del desarrollo:
1) Las primeras necesidades que deben ser satisfechas son las
que permiten la sobrevivencia, las denominadas "necesidades
primarias" (alimento, abrigo, cobijo, protección
contra la enfermedad...).
2) En nuestra época -y quizás por primera vez
en la historia de la humanidad- podemos afirmar -y hacerlo "científicamente"-
que es posible dar satisfacción a las necesidades primarias
de todos los miembros de nuestra especie y erradicar la pobreza.
Sólo un dato: el costo adicional de lograr la meta de
prestar servicios sociales básicos para todos en los
países en desarrollo, representa menos del 0,2% del ingreso
mundial [PNUD (1997): 126].
3) Por tanto, el problema esencial no es ni la superpoblación
-contra todo neomalthusianismo-, ni la escasez -contra toda
obsesión del crecimiento por el crecimiento-, ni la falta
de desarrollo de las capacidades productivas de la especie humana,
sino la distribución no equitativa de los recursos de
la humanidad. Sólo dos datos: las 225 personas más
ricas tienen una riqueza igual a la de los 2.500 millones de
personas más pobres y con menos de un 4% de su riqueza
se lograría el acceso universal a los servicios sociales
básicos [PNUD (1998): 30].
La aplicación del concepto de desarrollo sostenible
es muy antigua, ya que ha sido practicada por culturas indígenas
durante centurias o quizás milenios. Y la noción
de sostenibilidad tiene ya un largo camino recorrido en el que
es de destacar su utilización -por lo que respecta a
organismos, programas y conferencias del sistema de Naciones
Unidas-: por la FAO, en relación con la pesca, en la
década de los años 60; en la I Conferencia Mundial
sobre Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada en Estocolmo en
1972; en el Programa Intergubernamental de la UNESCO Hombre
y Biosfera (MAB), iniciado a principios de los años 70;
por la UNESCO, en relación con la gestión de los
recursos naturales terrestres, en los años 70, y con
un amplio debate en los 80; por la UNESCO en el Decenio Mundial
para el Desarrollo Cultural 1.988-1997, en cuyo marco se creó
la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo que presentó
el informe "Nuestra Diversidad Creativa"; en los Informes
sobre Desarrollo Humano del PNUD, publicados anualmente desde
1990; en la Conferencia sobre Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada
en Río de Janeiro en 1992; y en la Cumbre Mundial sobre
Desarrollo Social, celebrada en Copenhague en 1995.
En la Declaración de la Conferencia de Río de
Janeiro [MINISTERIO DE OBRAS PÚBLICAS Y TRANSPORTES (1993)]
se pretenden sentar las bases del desarrollo sostenible. Bases
que no están reducidas a los aspectos medioambientales,
tal como queda especialmente patente en los principios 1, 5,
8, 10, 20 a 22 y 25 de la Declaración. En ellos se hace
referencia a los seres humanos como el centro de las preocupaciones
relacionadas con el desarrollo sostenible, a la equidad intergeneracional,
a la erradicación de la pobreza como requisito indispensable
del desarrollo sostenible, a la necesidad de eliminar los sistemas
de producción y de consumo insostenibles, a la participación
de los actores sociales, a la equidad entre géneros,
a los valores e ideales, al respeto de las identidades culturales
y a la interdependencia entre paz, desarrollo y protección
del medio ambiente.
Así mismo, la Guía Básica del Consejo
de Municipios y Regiones de Europa para la Agenda 21 Local [GENERALITAT
DE CATALUNYA, DEPARTAMENT DE MEDI AMBIENT (1998)] recoge los
siguientes principios de sostenibilidad: protección de
la biodiversidad; planificación que asegure el desarrollo
en el futuro; satisfacción de las necesidades económicas,
sociales, culturales y espirituales; equidad; y participación
en la toma de decisiones.
El informe sobre Ciudades Europeas Sostenibles [EUROPEAN COMMISSION
(1996)] introduce una serie de cinco características
de la sostenibilidad interrelacionadas, con el objetivo de entender
mejor cómo alcanzarla:
1) Límites medioambientales: debemos elegir determinados
tipos de desarrollo que nos permitan reconciliar desarrollo
y límites medioambientales.
2) Eficiencia medioambiental, con el objetivo de mantener la
vida y el bienestar humanos así como la vida animal y
vegetal y mantener e incrementar la biodiversidad.
3) Gestión de la demanda, de manera que la cantidad de
bienes sea reemplazada por la calidad de vida.
4) Eficiencia del bienestar (equivalente social de la eficiencia
medioambiental), capaz de obtener el mayor beneficio humano
por unidad de actividad económica (el beneficio humano
se diferencia de la utilidad tal como la mide la economía
neoclásica, pues se entiende en el marco del concepto
de desarrollo humano).
5) Equidad, tanto en la presente generación como en las
futuras, de modo que sostenibilidad medioambiental y equidad
y solidaridad sociales están íntimamente relacionadas.
La sostenibilidad se fundamenta en un sistema de valores que
exige responsabilidad, voluntad y compromiso y que requiere
una planificación democrática y participativa
en un marco ético de cooperación y solidaridad,
capaz de superar el individualismo insolidario y competitivo
inducido por las políticas económicas llamadas
neoliberales. La equidad es un componente esencial de la sostenibilidad
y, aunque la equidad intergeneracional es un elemento importante
de ella, nuestra responsabilidad y compromiso corresponden sin
lugar a dudas al presente. [CELECIA (1997): 59-61, 73 y 170;
CAMBRA, BOU, SEROO, SERRAT (1999): Conclusiones].
El modelo dominante considera que el problema es cómo
emplear los recursos de manera eficiente y conseguir que los
mercados trabajen de manera perfecta mediante la internalización
de las externalidades ambientales. Pero el modelo económico
neoclásico no desencadena las señales de alarma
que deberían sonar cuando actuamos imprudentemente. Además,
la sostenibilidad no es una cuestión de eficiencia sino
una cuestión de equidad [NORGAARD (1997): 177-180]. Considero
que la distinción entre una "sostenibilidad débil"
(basada en conceptos neoclásicos) y una "sostenibilidad
fuerte" (la de la economía ecológica) [CARPENTER
(1997): 55-68; CELECIA (1997): 56-58] encubre la insostenibilidad
de la primera y confiere a la segunda un grado que no le corresponde,
dada la falta de atención de una buena parte de su literatura
a características importantes de la sostenibilidad.
4. El concepto de desarrollo
humano:
una alternativa para el desarrollo.
El concepto de desarrollo humano no está separado del
concepto de desarrollo sostenible, sino que lo incluye y lo
complementa, y hay que entenderlo -en parte- como una respuesta
al reduccionismo medioambientalista y a la desvirtuación
ideológica de la idea de sostenibilidad que he denunciado
en el apartado anterior [PNUD (1998): 14]. Por otro lado, es
un concepto que se opone a la concepción neoliberal del
desarrollo, que critica la globalización tal y como se
está produciendo y que apunta -ni que sea tentativamente-
estrategias alternativas para el desarrollo de la humanidad
y del planeta en que ésta habita. El desarrollo humano
-tal y como lo conceptúan los Informes del PNUD [PNUD
(1990-1998)]- es un concepto en evolución, falto de una
más rigurosa base teórica y de un modelo de desarrollo,
y no exento de componentes ideológicos más que
discutibles -especialmente en algunas de sus dimensiones-. Sin
embargo -y a pesar de sus limitaciones-, el esfuerzo realizado
por el PNUD para la realización de estos informes debe
ser valorado muy positivamente, dado que ofrece un marco de
reflexión sobre el desarrollo del más alto interés.
El Administrador del PNUD ha definido el desarrollo humano
como un desarrollo que no sólo genera crecimiento, sino
que distribuye sus beneficios equitativamente; que regenera
el medio ambiente en vez de destruirlo; y que potencia a las
personas en vez de marginarlas, ampliando sus opciones y oportunidades
y permitiéndoles su participación en las decisiones
que afectan a sus vidas. El desarrollo humano está a
favor de los pobres, a favor de la naturaleza, a favor del empleo
y a favor de la mujer. [UNICEF (1995): 7]. El término
"desarrollo humano" significa tanto un objetivo a
perseguir, como el proceso de ampliación de las oportunidades,
como también el nivel de bienestar alcanzado. Así
mismo, pretende ayudar a distinguir entre la formación
de capacidades humanas y cómo se utilizan las capacidades
adquiridas. [PNUD (1990): 34].
Desde 1990 [PNUD 1990: 33] hasta 1998 [PNUD 1998: 14], los
informes del PNUD han insistido en que son tres las capacidades
esenciales para el desarrollo humano: que las personas vivan
una vida larga y saludable, que tengan conocimientos y que cuenten
con acceso a los recursos necesarios para tener un nivel de
vida decente. Aunque se reconoce que el ámbito del desarrollo
humano es mayor, pues los aspectos esenciales de las opciones
de las personas van desde las oportunidades políticas,
económicas y sociales de ser creativas y productivas
hasta el auto-respeto, la potenciación y la conciencia
de pertenecer a una comunidad. Por otra parte, se indica que
el desarrollo humano se relaciona con cuatro preocupaciones
mundiales: la visión integrada de los derechos humanos,
en contra del estrecho enfoque de los derechos civiles y políticos;
el bienestar colectivo, que exige unas formas responsables de
desarrollo, en contra del individualismo excesivo fomentado
por el libre mercado; el lugar central de la equidad en el desarrollo
humano, no sólo en cuanto a la distribución de
la riqueza económica, sino también en cuanto a
capacidad básica y oportunidades para todos; y la sostenibilidad
-satisfacción de las necesidades de las generaciones
actuales sin comprometer la capacidad y las oportunidades de
las generaciones futuras-, que implica equidad intrageneracional
e intergeneracional.
En el informe de 1996 [PNUD (1996): 62-63] se distinguen cinco
dimensiones del desarrollo humano:
a) Potenciación, entendida como el aumento de la capacidad
de las personas que entraña la ampliación de sus
opciones existenciales, destacándose la participación
de las personas en la toma de decisiones para que sean agentes
activos de su propio desarrollo. Se determina como prioritaria
la protección contra el hambre, la necesidad y la privación.
b) Cooperación de las personas en las comunidades en
las que viven que permita arraigar el sentido de pertenencia
a la comunidad. El desarrollo humano comporta una preocupación
por la cultura, entendida como la forma en que las personas
deciden vivir juntas. La cohesión social ha de estar
basada en la cultura, los valores y las creencias compartidos.
c) Equidad, no sólo en términos de ingreso, sino
en lo referente a capacidades básicas y oportunidades
de vida. La equidad implica la no discriminación por
razón de género.
d) Sostenibilidad, que como ya se ha dicho, implica equidad
intra e intergeneracional.
e) Seguridad, entendiendo por necesidades básicas de
la seguridad el derecho a ganarse el sustento y la liberación
de la amenazas de la enfermedad, de la marginación y
de la represión.
Como puede apreciarse, el concepto de desarrollo humano -de
la misma manera que el de desarrollo sostenible- es un concepto
global y, por tanto, muy amplio y difícil de concretar
y de definir. Hay que valorar muy positivamente la sencillez
expositiva de los informes del PNUD, pues facilita su comprensión
a sectores sociales mucho más amplios que la élite
de los "especialistas". Pero esta sencillez corre
el riesgo de convertirse en simplificación, especialmente
cuando se está trabajando con un concepto tan complejo
y ambicioso. Su carácter difuso y, a veces, ambiguo es
resultado de la falta de precisión conceptual. El problema
se acentúa cuando se pretende operativizarlo a través
de unas dimensiones mal definidas y sin un marco conceptual
de referencia.
Otra cuestión derivada de las anteriores -y en la que
no voy a entrar, pues es objeto de otro panel temático
de este Congreso- es el de la medición del desarrollo
humano. Pero hay que dejar claro que todo intento de confección
de indicadores de desarrollo humano será baldío
si no se realiza a partir de un marco teórico adecuado
y conceptualmente riguroso que permita unas definiciones operativas
de sus dimensiones y una selección adecuada de las variables
en ellas incluidas. Hay que tener presente, además, que
muchas dimensiones del desarrollo humano -y quizás las
más importantes- tienen un carácter cualitativo
y no son cuantificables. Al número lo que es del número:
sin miedo a la magia del número, midamos todo aquello
relevante que pueda ser medido; pero no caigamos en una cuantofrenia
en la que la maraña de cifras nos haga olvidar los aspectos
esenciales de aquello que estamos observando.
5. El concepto de desarrollo
cultural:
una propuesta integral.
En ciertas concepciones de la relación entre cultura
y desarrollo, se describe a estas categorías como antagónicas:
mientras que el desarrollo es entendido como un proceso deseable
e inevitable hacia la modernización y el progreso, la
cultura se asimila a la tradición que es necesario conservar
y preservar poniéndola al amparo de lo moderno. De esta
manera se olvida que todo proceso de desarrollo -incluso los
cambios revolucionarios- contiene simultáneamente elementos
innovadores y elementos estabilizadores y que toda cultura -incluso
la más estática- genera , a la vez, permanencia
y transformación. En el marco de las teorías y
de las políticas económicas hegemónicas,
la cultura -si es que se la contempla- es un derivado de los
avances en la esfera económica, una "consecuencia
lógica" del bienestar material, un epifenómeno
insignificante de la economía o, lo que es peor, un objeto
de consumo más. Se trata de una noción vulgarmente
materialista del desarrollo con una connotación ideológica
específica, pues se sustenta en los valores del lucro,
el consumismo y el carácter meramente utilitario de los
objetos, y trata de justificar teóricamente el tipo de
relaciones sociales que se propone regir en una sociedad determinada.
Además, estos planteamientos dejan de lado el contexto
histórico en el que el cambio es posible, las estructuras
socio-culturales en que se apoya todo cambio, las relaciones
de poder que lo alimentan y el carácter hegemónico
de aquella cultura que pretende imponer su modelo. [LINARES,
CORREA y MORAS (1996): 36-39; CENTRE UNESCO DE CATALUNYA (1998):
23].
Una consecuencia especialmente peligrosa de la globalización
que estamos viviendo es el proceso de homogeneización
cultural, cuyas fuerzas se manifiestan en tres tendencias principales
[M'MWERERIA (1997): 308-309]:
a) Dan forma, condicionan y controlan los valores de la producción
y los gustos, destruyendo la diversidad cultural, inextricablemente
ligada a la diversidad biológica y biorregional. Como
consecuencia, la capacidad humana para determinar las necesidades
y la forma de satisfacerlas está controlada o eliminada.
b) Determinan los límites precisos del sentido común,
en una cultura del silencio y de las mentes conquistadas que
corrompe nuestras mentes, nuestro pensamiento y nuestro lenguaje.
c) "Universalizan" y "cientifican" el conocimiento,
sustituyendo y destruyendo los conocimientos biorregionales
a los que tachan de primitivos e indeseables.
Lo que parece que no quiere entenderse es que la economía
y el desarrollo son parte de la cultura de un pueblo y que ninguna
comunidad puede ser liberada si no es a través de su
propia gente y de su conciencia. El desarrollo no llega dentro
de las maletas de los expertos foráneos. Ante la urgente
necesidad de "repensar el desarrollo", el conjunto
de las Naciones Unidas -bajo la dirección de la UNESCO-
creó el Programa "Decenio Mundial para el Desarrollo
Cultural 1988-1997", cuyo principal objetivo ha sido fomentar
la toma de conciencia de la relación entre cultura y
desarrollo. En el marco de este Programa se creó la Comisión
Mundial de Cultura y Desarrollo que, presidida por Javier Pérez
de Cuéllar, presentó el Informe Nuestra Diversidad
Creativa [UNESCO (1996)]. Así mismo la UNESCO convocó
la Conferencia Intergubernamental sobre Políticas Culturales
para el Desarrollo, celebrada en Estocolmo del 30 de marzo al
2 de abril del pasado año [UNESCO (1998)]. A continuación
destacaré los aspectos fundamentales de ambos documentos.
Hay que precisar lo que entendemos por el término "cultura".
Aquí no lo utilizamos en su tristemente común
acepción "humanística" y elitista que
restringe su contenido al "gran" arte o al conocimiento
"elevado". Hablamos de cultura en su sentido integral
y holístico -antropológico y sociológico-,
que incluye tanto la cultura simbólica como la material,
la social y la ambiental. El Informe antes citado la define
como el conjunto de rasgos distintivos -espirituales y materiales-
que caracterizan el modo de vida de un pueblo o de una sociedad.
O, de una forma muy simple, como las maneras de vivir juntos.
En este sentido, las dimensiones culturales de la vida humana
son más amplias y más esenciales que el crecimiento
económico: la cultura no tiene que estar al servicio
del crecimiento económico, sino, a la inversa, ser un
elemento constitutivo del desarrollo humano. Obsérvese
la interrelación, el solapamiento y la complementariedad
de los conceptos de desarrollo humano y de desarrollo cultural,
que queda especialmente patente en el análisis que hace
el Informe de la relación entre cultura y desarrollo:
forma en que diferentes maneras de vivir juntos -es decir, diferentes
culturas- afectan a la ampliación de las posibilidades
y opciones abiertas al ser humano. Hay que entender que la diversidad
cultural es una fuente fundamental de energía social
y un factor esencial de desarrollo y que las diferencias culturales
sólo desencadenan conflictos violentos cuando se movilizan
y manipulan con ese fin para los intereses de determinados grupos.
Armonía entre cultura y desarrollo, respeto por las identidades
y diferencias culturales y equidad socio-económica son
precondiciones de una paz justa y duradera. Por ello, el primer
objetivo recomendado por la Conferencia a los Estados miembros
es convertir las políticas culturales en uno de los componentes
clave de las estrategias de desarrollo.
Todas las culturas deben ser respetadas bajo el principio de
libertad cultural: una de las libertades más fundamentales
consiste en poder definir nuestras necesidades básicas
y nuestra manera de vivir. Libertad que está amenazada
por la globalización y que despierta la preocupación
de que el "desarrollo" se traduzca en pérdida
de la identidad cultural, del sentido de pertenencia a la comunidad
y del valor personal en un contexto social. Se trata de un proceso
de homogeneización cultural fomentado por el papel predominante
de los medios de comunicación oligopolísticos
-nacionales y transnacionales- cuya influencia debe ser combatida.
El Informe hace un llamamiento al compromiso con el pluralismo
cultural que implica el respeto y la aceptación de la
pluralidad de las culturas, etnias, razas y religiones -entre
países y dentro de un mismo país-. Compromiso
que va directamente ligado a la recomendación de asumir
el carácter multicultural y multiétnico de los
Estados y de promover la democratización, la cultura
de ciudadanía participativa -fomentando la participación
de las minorías culturales y de las mujeres y eliminando
su discriminación-, la rendición de cuentas de
los funcionarios públicos y la capacidad de la sociedad
civil de ejercer control sobre el aparato estatal.
Por lo que respecta a las relaciones entre cultura y medio
ambiente, el Informe también insiste en que el desarrollo
sostenible tiene un significado que va mucho más allá
de conservar el capital medioambiental. Dado que el aspecto
cultural de la sostenibilidad es fundamental -pues los valores
culturales condicionan las relaciones de una sociedad con la
naturaleza-, es necesario un enfoque culturalmente diversificado
de las cuestiones de medio ambiente, desarrollo y cultura. Es
preciso promover la conciencia de la relación simbiótica
existente entre biodiversidad y diversidad cultural, entre hábitat
y culturas, entre ecosistemas e identidad cultural; fomentar
cambios en los modos de vida consumistas; y reflexionar sobre
las repercusiones éticas y sociales de las nuevas tecnologías.
Por supuesto que el Informe también exige asegurar el
acceso universal a la educación como derecho humano fundamental,
fomentando una educación intercultural que favorezca
actitudes de cooperación, solidaridad, participación
y reconocimiento de la diversidad cultural. En definitiva una
educación para una nueva ética global, entendida
como un núcleo de principios y valores éticos
-capaces de criticar la injusticia y la falta de equidad vigentes
y de evitar una respuesta relativista a la diversidad cultural-,
que debe ser alcanzada a través de la tan problemática
como desafiante y enriquecedora búsqueda de lo común
entre lo diverso, de la unidad en la diversidad. Este tema ha
suscitado un amplio debate teórico, pero está
falto de investigaciones y de acciones que permitan avanzar
en el terreno teórico y en el práctico [CENTRE
UNESCO DE CATALUNYA (1998): 250-314]. No es el momento de entrar
en tan importante debate, pero sí hay que señalar
que esta nueva ética global pretende cimentarse sobre
los siguientes cinco pilares: derechos humanos, democracia y
participación ciudadana real, equidad, protección
de las minorías y resolución pacífica de
los conflictos. Y son muchas las voces que reclaman la necesidad
de un posicionamiento ético capaz de enfrentar los problemas
que afectan a la humanidad. Se trata de una intelección
de la globalidad a través de una conciencia de ciudadanía
planetaria solidaria y respetuosa de la diversidad entendida
como un valor ético y un patrimonio de la humanidad:
un sistema de valores o conjunto de ideales éticos y
modelos de comportamiento alternativos, procedentes de nuestro
acervo común y capaces de influir en nuestra acción.
La intensificación de los intercambios a nivel planetario
facilitará sin duda el diálogo intercultural y
la eclosión de esta nueva ética global en un mundo
multicultural. Quizá estamos en los orígenes de
un cada vez más necesario contraproyecto global y local,
un conjunto de utopías realizables [BLOCH (1978): Tomo
I] -diversas y unidas- como proyecto de futuro...
6. Desarrollo y participación
social:
el concepto de democracia cultural.
La participación debe ser un elemento esencial del desarrollo.
El derecho de toda la población a decidir sobre aquello
que influye en sus vidas implica la distribución del
poder en la sociedad y la transformación del concepto
de desarrollo. El desarrollo debe centrarse en el ser humano,
que pasa a ser considerado como motor -a la vez que objeto-
del desarrollo, y al que se le atribuye la capacidad y necesidad
de participar activamente en los procesos de ampliación
de sus propias oportunidades. Así, el ser humano es,
a la vez, fin y medio del desarrollo: su objetivo y su agente
esencial. [PNUD (1997 b): 4].
En el campo del desarrollo social y cultural, no sólo
ha emergido la dimensión cultural del desarrollo, sino
también su carácter endógeno y autodirigido:
el desarrollo que emana de las fuerzas internas de la sociedad
y que se sustenta en los conceptos de democracia cultural y
de participación social [LINARES, CORREA Y MORAS (1996):
48-63]. Llamamos democracia cultural a la participación
activa, integral y pluridimensional de la población en
el complejo proceso de construcción de su vida individual
y colectiva. La democracia cultural es un modelo teórico
que tiene por objetivo colaborar en la realización del
derecho de la humanidad a la participación en la toma
de decisiones. La democracia es entendida como el conjunto de
relaciones socio-políticas que permiten la participación
de los individuos en las decisiones de la sociedad y que aseguran
las condiciones necesarias para garantizar su plena expresión
y desenvolvimiento, a través de un conjunto de canales
que posibilitan compartir el poder. La calidad de vida dependerá
del grado en que una determinada sociedad consiga realizar la
democracia cultural: mejorar la calidad de vida es desarrollar
estilos de vida participativos. La participación es un
proceso activo en el que se interpenetran los planos individual
y social, y está encaminada a transformar las relaciones
de poder. Con la democracia cultural se pretende crear la base
de una estrategia general de desarrollo que sitúe al
ser humano como sujeto de sus propias transformaciones en un
proceso integral, a la vez que respete la identidad y la diversidad
culturales. La participación se convierte en el prerrequisito
de un verdadero proceso de desarrollo y hay que entenderla como
medio y como fin del desarrollo, así como una de las
principales necesidades humanas. La participación es
un acto democrático y un proceso de autoaprendizaje individual
y colectivo que transcurre en el propio proceso de toma de decisiones
y que implica el compromiso activo de quienes deciden intervenir.
En contra de los múltiples obstáculos impuestos
a la participación y de su reducción a una cuestión
formal (en un proceso electoral, por ejemplo), es preciso crear
las condiciones, los espacios y las estructuras que concreten
y garanticen una verdadera participación que comporte
la evaluación y la acción conscientes de los actores
sociales. Hay que crear un conjunto de condiciones sociales
y políticas que estimulen espacios para compartir el
poder y que permitan un reparto equitativo de los beneficios
del desarrollo. Se trata de contribuir a elevar los niveles
de participación social como vía para alcanzar
un verdadero desarrollo y no convertir a éste en un medio
al servicio de los grupos dominantes. En contra de la irracionalidad
de las leyes ciegas del mercado y en contra de toda planificación
promovida y ejecutada centralizadamente por cualquier élite
política, económica, burocrática, tecnocrática
o académica, es necesaria una planificación democrática
a través de planes de actuación para el desarrollo
-locales y regionales- elaborados y ejecutados con la participación
activa de todos los actores sociales [CAMBRA, BOU, SEROO, SERRAT
(1999): Conclusiones; BOU, CAMBRA, NAVINÉS (1997): 97-110].
No pretendo aquí discutir ni restar importancia al papel
del Estado, sino dejar claro que la legitimidad de sus órganos
de gobierno sólo puede sustentarse en la participación
real y efectiva de la población en la toma de decisiones.
La democracia cultural es la expresión de grupos y movimientos
de oposición -surgidos en el Norte y, especialmente,
en el Sur, sin el lastre y la inercia de la burocracia y de
la oligocracia- que han conseguido socializar la ideología
democrática entre las clases populares y que han servido
para que se reconozca el derecho de todos los sectores sociales
a tomar decisiones en los asuntos que les atañen. El
desarrollo de estos movimientos y grupos alternativos es uno
de los signos más fuertes de renovación en la
esfera política. Ajenos a toda ingenuidad, debemos plantearnos
algunas cuestiones. ¿Hasta qué punto la democracia
cultural puede ser llevada a la práctica y constituye
una opción alternativa real frente a la hegemonía
de los grupos dominantes en el mundo actual? ¿Existe
un punto de equilibrio entre centralización y descentralización?
¿Cuáles son los límites de la autogestión?
¿Pueden encontrarse formas de centralización que
no destruyan su propia base de implantación y que no
reincidan en el burocratismo y en la oligarquía? Pero
de lo que no cabe la menor duda es de que las formas actuales
de organización política -incluso las de los Estados
denominados democráticos- están muy lejos todavía
de responder a los criterios de la democracia cultural, o, si
se quiere, a los principios recogidos en la Declaración
Universal de los Derechos Humanos. De ahí la necesidad
de una transformación institucional capaz de aproximarnos
al modelo de la democracia cultural. Y, sin duda, a los nuevos
movimientos sociales les corresponde un papel importante en
esta ansia de liberación. [GARCÍA CANCLINI (1987)].
7. Recapitulación, conclusiones
y propuestas.
Paulatinamente se ha ido abriendo paso la idea de que el desarrollo
es un proceso integral que incluye dimensiones culturales, éticas,
políticas, sociales, económicas y medioambientales,
con una interrelación que es inherente al propio fenómeno
del desarrollo. Un fenómeno de tal naturaleza precisa
una aproximación transdisciplinar, superadora no sólo
de la especialización disciplinaria académica
convencional, sino también de la llamada colaboración
"interdisciplinaria" o "multidisciplinaria".
El enfoque transdisciplinar engloba las especialidades del viejo
estilo -desde la biología y la física hasta la
ética y la filosofía de la historia, pasando por
las denominadas ciencias sociales- pero adoptando una perspectiva
holística que lo diferencia de los enfoques inter o multidisciplinarios.
Responde así a las exigencias de una realidad que no
admite la fragmentación de objetos de estudio impuesta
por las disciplinas especiales, ya que la vida humana y los
ecosistemas de los que forma parte incluyen múltiples
aspectos esencialmente interrelacionados e interdependientes.
Hay que entender -más allá de la inextricable
relación entre lo social y lo económico y de su
inserción en el marco de la cultura en su sentido integral-
que los valores culturales condicionan las relaciones del ser
humano con la naturaleza, que existe una interrelación
entre ecosistemas e identidades culturales, entre biodiversidad
y diversidad cultural. Y también hay que entender que
las culturas no son totalidades monolíticas, determinantes
pero indeterminadas: son escenario de desigualdades y de relaciones
de poder. Es decir, están socio-económicamente
diferenciadas e incluyen códigos y prácticas ético-políticos
diversos y, en las más de las ocasiones, opuestos, que
originan conflictos sociales, económicos y políticos
que determinan, a su vez, la construcción de la cultura
y sus procesos de cambio, transformación o desarrollo.
En definitiva, se trata de totalidades multidimensionales y
contradictorias, en las que existe una interacción entre
las partes, dentro de las partes y entre las partes y el todo.
Los conceptos de desarrollo sostenible, desarrollo humano y
desarrollo cultural son conceptos con una pretensión
globalizadora, exigen una óptica transdisciplinar y se
oponen al reduccionismo economicista que equipara desarrollo
a desarrollo económico y éste a crecimiento económico.
Su loable pretensión integradora de múltiples
dimensiones hace difícil su concreción y definición,
pero tampoco hay que obsesionarse por encontrar una definición
omniabarcante: podría ser frustrante e incluso contraproducente
para el carácter globalizador y abierto de estos conceptos,
que los hace irreductibles y que se opone al impulso delimitador
de toda definición. Además, una definición
cerrada y apriorística iría en contra de su componente
participativo y del papel protagonista de los actores sociales
implicados en el proceso. Sin embargo, esto no quiere decir
que no sea preciso dotar a estas ideas de un marco teórico
adecuado y conceptualmente riguroso que permita evitar su apariencia
difusa y a veces ambigua, tema en el que me detendré
más adelante.
Los conceptos de desarrollo sostenible, desarrollo humano y
desarrollo cultural tienen una base conceptual común,
se interrelacionan, se incluyen entre sí y se complementan,
hasta tal punto que la utilización alternativa de los
tres términos contribuye a incrementar la confusión.
Aunque importa más precisar el concepto que discutir
el término utilizado para designarlo, elegir un término
unificado facilitaría la clarificación conceptual.
Descarto el término "desarrollo sostenible"
porque está lastrado por el reduccionismo medioambientalista
y, con ello y por ello, desvirtuado ideológicamente;
además, la sostenibilidad es una de las dimensiones del
"desarrollo humano". Sin duda, el término "desarrollo
cultural" es el académico-conceptualmente más
adecuado, dado el carácter integral del concepto antropológico
y sociológico de cultura; sin embargo, el uso restringido
y elitista del término "cultura" en el lenguaje
común me inclina a descartar el término "desarrollo
cultural". El término "desarrollo humano",
por su parte, cuenta con las siguientes ventajas: incluye la
dimensión de la sostenibilidad; está más
difundido que el término "desarrollo cultural"
y no tanto como el de "desarrollo sostenible", lo
cual, de momento, es una defensa contra la voracidad integradora
de la ideología dominante; y, finalmente, sitúa
al ser humano en el centro del desarrollo. Se han propuesto
otros términos que no considero demasiado afortunados,
como el de "desarrollo compatible", en el marco de
una propuesta que tiene, sin embargo, mucho interés conceptual
[MEDINA (1997): 102-120]. Sin pretender echar leña al
fuego de la confusión terminológica, me permito
someter a consideración el término "desarrollo
de las civilizaciones", pues incluye "desarrollo humano"
y "desarrollo cultural"; designa tanto la acción
de civilizar -oponiéndose a la barbarie de la globalización
tal y como la padecemos- como el proceso de desenvolvimiento
de la humanidad, como el nivel alcanzado en este proceso, como,
en fin, los objetivos humanos; por su origen etimológico
(civis, ciudadano) responde a la idea democrática de
cultura de ciudadanía participativa; y, finalmente, su
formulación en plural es fiel a un enfoque culturalmente
diversificado del desarrollo y deslegitima todo modelo uniforme,
invariable a lo largo del tiempo o intra e intersocietalmente.
En cualquier caso, sometido el término a su consideración,
quedémonos mientras tanto con el término "desarrollo
humano", aunque, de acuerdo con los criterios que acabo
de exponer, mejoraría con su formulación en plural:
"desarrollos humanos".
Sea como sea, es más importante precisar el concepto
que etiquetarlo. Visto lo que ha sucedido con el término
de desarrollo sostenible, para mantener y ampliar el contenido
crítico del concepto de desarrollo humano es necesario
hacerlo desde un discurso y unas prácticas más
difícilmente integrables por la ideología y las
prácticas dominantes. El desarrollo humano ha de ser
exigente en relación con sus objetivos: exigente para
situar al ser humano en el centro del desarrollo, exigente en
relación a la justa distribución de los recursos
y beneficios del desarrollo, exigente respecto a la defensa
de la diversidad cultural y exigente respecto a la preservación
de la naturaleza. Y, para que no quede todo en un discurso impotente,
la aplicación del concepto de desarrollo humano pasa
por la exigencia de una planificación participativa en
un marco ético de cooperación y solidaridad, según
los criterios de la democracia cultural. El concepto de desarrollo
humano comporta el ejercicio de la crítica de una realidad
insostenible (del subdesarrollo del desarrollo) y de los discursos
teóricos que la justifican (de su ideología perpetuadora)
y la elaboración de una propuesta teórico-práctica
alternativa capaz de transformar esa realidad en una realidad
humana, sostenible y más civilizada.
De acuerdo con este procedimiento de crítica y formulación
de propuestas alternativas, expongo a continuación un
conjunto de elementos que pueden contribuir a sentar las bases
teóricas para una reconceptualización del desarrollo:
· Contra el determinismo histórico: el papel del
sujeto humano como hacedor de su propia historia.
· Contra el cambio evolutivo, parcial, reformista o "en
el sistema": cambio cualitativo, radical, "de sistema".
· Contra el aplazamiento continuo y represivo de la metas
alcanzables: su realización liberadora.
· Contra el "fin de la historia" y del progreso:
la "utopía realizable", cómplice de
la idea de progreso, ni que sea como extensión a toda
la humanidad de las condiciones básicas de existencia
de las que disfrutamos una exigua minoría.
· Contra la traición a los modelos éticos
y a las luchas sociales y políticas que nos han permitido
-aunque con frustraciones, limitaciones y contradicciones- alcanzar
el presente: la forja de nuevos modelos ético-políticos
capaces de contener y de superar a los anteriores.
· Contra el presunto avalorismo científico, el
"final de las ideologías", el "vale todo"
y la crisis ética: la fundamentación ética
apoyada en la libertad de los seres humanos para elegir su destino
y en la reivindicación de la equidad.
· Contra la razón instrumental tecno-científica
vulgarmente materialista y consumista: la reflexión sobre
el bien y lo mejor que permita determinar los objetivos del
desarrollo (qué desarrollo, para qué y para quién).
· Contra el cientificismo positivista adaptado a los
"hechos": la razón trascendente y crítica.
· Contra la pretensión de universalidad uniformizante,
el euro-etnocentrismo y el "pensamiento único":
la diversidad y la libertad culturales.
· Contra la fe en el mercado: confianza en el hombre
y planificación democrática.
· Contra la dominación política, económica
y cultural de unos pocos Estados y de las grandes corporaciones
transnacionales: distribución del poder en la sociedad
y democracia cultural, como participación activa e integral
de los seres humanos en el proceso de construcción de
su vida individual y colectiva.
A partir de estos criterios básicos, es necesario
cimentar una concepción del desarrollo que:
1) Critique y abandone el modelo hegemónico de desarrollo.
2) Reconozca el carácter multidimensional e integral
de los procesos de desarrollo.
3) Adopte una perspectiva transdisciplinar y holística.
4) Parta de la comprensión del contexto histórico
que atraviesa la humanidad y sus diferentes pueblos y culturas,
y en el cual son posibles los cambios locales, regionales y
globales.
5) Tenga en cuenta las estructuras socio-económicas en
las que se promuevan los cambios.
6) Formule unos objetivos de desarrollo de acuerdo con los criterios
expresados por la población afectada y en los que el
desarrollo se mida por su armonización con la sociedad
y con la naturaleza, a través de la equidad y la participación.
7) Asuma la problemática del poder, dado el contenido
político de los procesos de desarrollo.
Esta concepción del desarrollo parte de dos ejes fundamentales:
la equidad y la participación. Concibe la sociedad desarrollada
como una sociedad equitativa, objetivo que hay que alcanzar
por medio de la participación de las personas inmersas
en el proceso. Esta concepción arranca de un juicio ético
por el que se prefiere la equidad a la falta de equidad, la
justicia a la injusticia. Y que nadie diga que este juicio es
poco concreto o un mero capricho subjetivo al que se puede oponer
con la misma legitimidad su contrario. El juicio ético
a favor de la justicia encuentra su objetividad en un muy largo
proceso histórico en el que la humanidad ha luchado y
sigue luchando por el mejoramiento de sus condiciones de existencia,
y que no puede ser olvidado, ni, aún menos, banalizado.
Además, dicho proceso histórico ha cristalizado
en un conjunto de normas y principios jurídicos (valga
como ejemplo prototípico la Declaración Universal
de los Derechos Humanos de 1948, por lo demás siempre
mentada en las constituciones de nuestros Estados) cuyo nefasto
y no penado incumplimiento no le resta ni un ápice de
objetividad ni de concreción. Por otro lado, esta concepción
del desarrollo parte de un juicio descriptivo o de hecho y de
un juicio valorativo o ético: según el primero
es posible dar satisfacción a las necesidades primarias
de todos los miembros de nuestra especie y prestar servicios
sociales básicos para todos, erradicando la pobreza [PNUD
(1997)]; de acuerdo con el segundo, la erradicación de
la pobreza es mejor que su perpetuación. La utopía,
hoy, ya no es lo imposible, sino aquello que los sistemas de
poder establecidos y los intereses creados no permiten que vea
la luz [MARCUSE (1968)].
El eje "equidad" subsume las dimensiones más
importantes que hemos analizado en los conceptos de desarrollo
sostenible, desarrollo humano y desarrollo cultural. Sin pretender
ser exhaustivo, la equidad incluye:
· la participación, la cultura de ciudadanía
participativa, la capacidad de la sociedad civil de ejercer
control sobre el aparato estatal y la democracia cultural, como
equidad política.
· la libertad cultural, la diversidad cultural, religiosa
y étnica, la cooperación, la identidad cultural,
el sentido de pertenencia, el valor personal en un contexto
social y la educación intercultural, como equidad intra
e intercultural.
· las capacidades básicas y las oportunidades
para todos, la potenciación, el bienestar colectivo,
la erradicación de la pobreza y la liberación
de la marginación, como equidad social.
· la no discriminación entre hombres y mujeres,
como equidad entre géneros.
· la gestión de la demanda, el freno al consumismo,
la eficiencia del bienestar, la distribución equitativa
de la riqueza y el derecho a ganarse el sustento, como equidad
económica.
· la sostenibilidad, la biodiversidad y los límites
y la eficiencia medioambientales, como equidad intergeneracional.
· la no discriminación entre países, Norte/Sur,
centro/periferia, rural/urbana y local/regional/global, como
equidad territorial.
El segundo gran eje del concepto de desarrollo es su eje motor:
la participación. Con ella, el ser humano no sólo
es objeto sino también sujeto del desarrollo, el ser
humano es objetivo y agente esencial del desarrollo. Sólo
así, emanando de las fuerzas internas de la sociedad,
el desarrollo puede ser endógeno y autodirigido. Y ello
debe sustentarse, como ha quedado dicho, en la democracia cultural
y en la participación social, en una cultura de ciudadanía
participativa. La participación la entendemos como un
acto democrático y un proceso de autoaprendizaje individual
y colectivo que transcurre en el propio proceso de toma de decisiones
y que implica un compromiso activo.
Para colaborar a crear las condiciones, los espacios y las
estructuras que concreten y garanticen una participación
real y efectiva, es muy adecuado el método de Investigación-Acción
Participativa (IAP). Este método tiene su fundamentación
teórica en los métodos educativos de Paulo Freire
y se está poniendo en práctica especialmente en
América Latina. Se propone romper la separación
sujeto-objeto, investigador-investigado, salvar la distancia
entre teoría e investigación y evitar la fractura
entre teoría y práctica: no hay que conformarse
con conocer y explicar los problemas sociales, sino que también
hay que transformarlos a través de la acción investigativa.
No voy a entrar aquí en las importantísimas consecuencias
epistemológicas y metodológicas que comporta la
IAP, pues sólo quiero destacar su valor estratágico
para la nueva concepción del desarrollo [LINARES, CORREA
Y MORAS (1996): 65-91]. La IAP coloca al sujeto como productor
de conocimientos en la reflexión de sí mismo y
de su realidad, para generar cambios conscientes en el individuo
y en su contexto social. Su aspiración máxima
es lograr un desarrollo permanente de la comunidad y de la conciencia
crítica de sus habitantes y favorecer fórmulas
autogestionadas de organización social.
La IAP parte de cuatro principios básicos:
a) Destacar que la realidad social no sólo está
conformada por objetos materiales y hechos concretos, sino también
por la percepción que de los mismos tiene la gente relacionada
con ellos.
b) Aproximar el saber popular y el conocimiento científico
hasta hacerlos coincidir.
c) Disminuir las diferencias entre el trabajo manual y el intelectual,
y eliminar la distancia entre el investigador y los residentes,
planificando la investigación con la participación
directa de la comunidad.
d) Contribuir a desarrollar la democracia participativa y el
bienestar social de la comunidad.
La IAP incluye cuatro procesos interrelacionados:
a) Investigación científica colectiva sobre los
problemas de una comunidad por parte de todos los interesados
en la solución de los mismos.
b) Reflexión conjunta sobre las causas estructurales
y consecuencias de los problemas investigados y del potencial
de la comunidad para superarlos.
c) Acción organizada para modificar las causas que generan
los problemas con el intento de solucionarlos.
d) Capacitación y educación popular que se logra
a través de la práctica de la investigación
y de la sistematización e intercambio de los nuevos conocimientos.
En definitiva, de lo que se trata es de impulsar investigaciones
y acciones que involucren a los actores sociales. Esta investigación-acción
puede colaborar al establecimiento de canales de diálogo
y a la creación de espacios y estructuras que posibiliten
la concreción de procesos participativos para la toma
de decisiones, en los que las personas puedan transformar su
realidad de forma autodirigida. Lo más urgente, sin duda,
es pasar a la acción a través de una planificación
democrática del desarrollo humano. Responsabilidad ésta
que nos atañe a todos.
Ponencia presentada
en el Congreso "Análisis de Diez Años de
Desarrollo Humano", celebrado en Bilbao (España)
del 18 al 20 de febrero de 1999, organizado por el Instituto
de Estudios sobre el Desarrollo Humano y la Economía
Internacional de la Universidad del País Vasco.
Jordi de Cambra Bassols:
Profesor Titular de Sociología y Responsable de la Cátedra
Internacional UNESCO "Desarrollo Humano Sostenible: Equidad,
Participación y Educación Intercultural"
de las Universidades de Vic (España) y de La Habana (Cuba);
e-mail: jordi.decambra@uvic.es
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