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LA
ERA DE LAS COMUNIDADES
La palabra liderazgo,
en su acepción convencional, nos remite a la imagen de un
individuo, único de su categoría -una persona en un
grupo, una organización en el medio social, una nación
en el mundo- que ejerce su dominio con autoridad y poder, imponiendo
su visión, marcando tendencias, motivado por su propio beneficio
o, en el mejor de los casos, por lo que este individuo cree que
es el beneficio de los demás. No
es este el significado que cobra la palabra hoy para nosotros.
Se trata de un nuevo liderazgo, con base moral, centrado en valores,
que por naturaleza promueve su propia socialización, su distribución
en el conjunto.
Aunque admite, en un inicio, una concentración de capacidades
en uno de los miembros del sistema, este actuará tan solo
(y nada menos que) como facilitador de un proceso que lleva, necesariamente,
a la apropiación de estas capacidades por parte del colectivo.A
diferencia del liderazgo en su sentido arcaico, este liderazgo,
no necesita del desnivel entre lider y liderado para existir, pues
su esencia no es la competencia, sino la cooperación. Acepta
las diferencias, la diversidad, y aún más, se enriquece
gracias a ellas, pero estas diferencias jamás darán
lugar a la aparición de rangos o jerarquías personales.
Es un liderazgo orientado al servicio, y quienes lo vivencian, como
el océano, se engrandecen silenciosamente por estar más
abajo que el resto de las aguas.Los colectivos humanos que experimentan
este liderazgo distribuido y participativo, desarrollan armónicamente
las potencialidades de todos sus miembros, desdibujando todo resabio
de autoritarismo, paternalismo, tecnocracia o manipulación.
Este liderazgo sin líderes es, en definitiva, un liderazgo
comunitario, orientado a la emergencia del ser organizacional, esa
entidad sutil que es, desde una perspectiva sistémica u holística,
más que la suma de las partes constitutivas. Y es en aras
de ese ser organizacional que las personas sacrifican su ego, y
se brindan con confianza, devoción y desprendimiento a una
causa que, a diferencia de las ideologías del pasado no las
separa del resto, por inscribirse en el vasto programa evolutivo
de la humanidad. Implica también una profunda resignificación
de las relaciones humanas, las que a través de él
dejan de estar signadas por el desequilibrio y la dominación,
para pasar a convertirse en relaciones de reciprocidad, cooperación
y servicio.
Este liderazgo transustancia, en definitiva, el concepto de poder.
Ya no se trata del poder obsoleto, tribal y partidista que se ejerce
en beneficio propio o de la propia parte, si no de un poder sobre
uno mismo y junto con otros.Aparecen así las dos caras indisolubles
de un mismo proceso, la transformación individual y transformación
colectiva, unidas en relación de recursividad, sin que ninguna
de ellas pueda pretender preceder a la otra, a pesar de que la lógica
lineal promovida por el viejo paradigma nos tiente a priorizar una
u otra...Los valores que orientan tanto este cambio personal como
comunitario, son valores que hoy emergen por doquier en las mentes
y corazones de los miembros de la humanidad. Al decir de los sabios
reunidos en Budapest y su "Manifiesto", se trata del "Espíritu
de la Conciencia Planetaria".
Entre estos valores, si uno ha de destacarse, es el supremo valor
de la unidad. Mas el sol de la unidad sólo brilla sobre el
trasfondo de la diversidad, sin esta se empobrece y degrada convirtiéndose
en uniformidad. Esta unidad en diversidad requiere del absoluto
e incondicional reconocimiento de la unidad esencial del género
humano, de que todas las mujeres y hombres somos miembros de una
sola familia y gotas de un mismo océano, y requiere también
del absoluto e incondicional respeto -aún mas, atracción-
por la diversidad, en todas sus formas. Y es por esta atracción
hacia la diversidad que es este un liderazgo para los derechos humanos.
Y es por que se expande desde un sinnúmero de centros de
nucleamiento, microespacios comunitarios, sin otra frontera que
las del planeta mismo, que es un liderazgo para la ciudadanía
mundial.
Hoy, miríadas de organizaciones de voluntariado, sin ánimo
de lucro, y más aún, no atravesadas por la racionalidad
instrumental, si no orientadas al servicio y a la promoción
de estos valores, se mueven intuitivamente en la dirección
correcta. Aún sin saberlo y desde su identidad profunda,
dan expresión orgánica a esta conciencia planetaria,
vivencian a través de un renovado espectro de relaciones
humanas, este liderazgo participativo. A diferencia de las comunidades
arcaicas, en las que el universo coincide con sus propios límites,
las nuevas organizaciones se reconocen como miembros diversos de
un mismo programa evolucionario universal.
En su conjunto conforman un vasto sistema mundial, vinculado por
lazos suaves, y con aún poca visibilidad para el ojo superficial.
Pero para la mirada profunda, aquella que descubre la sinergia y
anticipa desarrollos, constituye un mundo pleno de sentido, que
se abre paso ayudado por el acelerado desmoronamiento de las gigantescas
estructuras del viejo orden.
Este liderazgo orientado al servicio, participativo, y sobre todo
consultivo, ya anima a miles y miles de organizaciones comunitarias.
Su desafío inminente es encontrar expresión interinstitucional,
local, mesosocial, para finalmente dar a luz un sistema de articulación
local-mundial, caracterizado por un inédito universo de instituciones
no partidistas.
En su máxima y final expresión, sus límites
coincidirán con los de la humanidad toda, que trascendiéndose
a sí misma, ingresará en su plenitud, en aquella edad
que podría definirse como la era, ya no de los individuos,
si no de las comunidades, cuyo ser se nutre de la diversidad y se
interconecta con los otros seres organizacionales en una luminosa
red que abarca el planeta entero.Aquel tiempo soñado por
visionarios y profetas, en que la historia será escrita,
sin excepción y para siempre, por todos cuantos habitamos
en la Tierra.
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