De su diversidad la humanidad
puede extraer sus mayores tesoros, siempre y cuando recobre
el secreto de su unidad y se replantee el futuro solidariamente,
en una Tierra que es su Casa común.
Con el objetivo de instaurar la paz, la Constitución
de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación,
la Ciencia y la Cultura, parte de este atinado diagnóstico:
"...puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres,
es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes
de la paz."
Hoy día vuelven a plantearse de modo exacerbado, pero
sin las ilusiones y el fervor de 1945, los graves problemas
que dieron lugar a la creación de la UNESCO, los problemas
de la paz y de la guerra, del subdesarrollo material, técnico
y económico que padecen el Sur y el Este y del subdesarrollo
psíquico, moral e intelectual, que es universal.
A la hora de hacer un balance de este milenio, hay que remitirse
a las tres preguntas que dos siglos atrás formulaba Kant:
Qué puedo saber ? Qué debo hacer ? Que puedo esperar
?
LAS ANGUSTIAS DE UNA AGONIA
Nuestro planeta peligra: la crisis del progreso afecta a toda
la humanidad y provoca rupturas por doquier, hace crujir las
articulaciones y origina repliegues particularistas; se reavivan
las guerras; el mundo pierde la visión global y el sentido
del interés común. En todas partes, la fe en la
ciencia, en la técnica, en la industria, entra en conflicto
con los problemas que éstas suscitan. La ciencia no siempre
es capaz de aclarar y elucidar; a veces está ciega frente
a su propia aventura, que se sustrae a su control y a su conciencia;
al igual que el bíblico árbol "de la ciencia",
sus frutos encierranb a la vez el bien y el mal.
Esa enorme máquina que se llama ahora la tecnociencia,
no sólo produce conocimientos y elucidación, sino
también ignorancia y ceguera. La evolución de
cada una de las disciplinas científicas no ha dado como
único fruto las ventajas de la división del trabajo,
sino también los inconvenientes de la supuerespecialización,
la compartimentación y la fragmentación del saber.
Tantos problemas dramáticamente relacionados entre si
inducen a pensar que la situación del mundo no es una
mera crisis, sino ese estado violento -en el que se enfrentan
las fuerzas de la muerte y de la vida- que se conoce con el
nombre de agonía.
Aunque solidarios, seguimos
siendo enemigos unos de otros, y el desencadenamiento de los
odios por motivos raciales, religiosos o ideológicos
sigue provocando guerras, matanzas, torturas y menosprecio.
La humanidad no logra dar a luz a la Humanidad. No sabemos aun
si es la agonía de un mundo viejo, anunciadora de otro
nacimiento, o si es una agonía mortal.
Ya habíamos predido los principios que nos enraizaban
en el pasado; ahora hemos perdido las certezas que nos guiaban
hacia el futuro.
Ninguna ley de la historia garantiza automáticamente
el progreso.
Estamos viviendo a la vez la crisis del pasado y la crisis del
futuro, la del devenir de nuestra era planetaria, que se caracteriza
entre otras cosas, por los problemas cada vez más graves
que plantean la urbanización del mundo, los desórdenes
económicos y demográficos, las regresiones y los
enstancamientos democráticos, la marcha acelerada y descontrolada
de la tecnociencia.
Al riesgo de llegar a una
civilización homogeneizada que destruya la diversidad
cultural se suma el riesgo opuesto, una "balcanización"
de los pueblos que haga imposible una civilización humana
común. Bien se puede decir que la situación de
nuestra Tierra corresponde a la etimología de la palabra
planeta: "astro errante". Estamos viviendo una gran
aventura hacia los desconocido.
NACIONALIDAD: TERRESTRE
La propia Tierra ha perdido el que fue su universo; el Sol ha
pasado a ser un astro minúsculo entre miles de millones
de otros en un universo en expansión; el planeta es un
punto en el cosmos; su superficie es un insignificante brote
de vida tibia en un espacio helado en que los astros se consumen
con una violencia inimaginable y los agujeros negros se autodevoran.
Mientras no se disponga de más información, sólo
en este diminuto planeta hay vida y pensamiento. Es la casa
común de todos los seres humanos.
Se trata ahora de reconocer nuestro vínculo
consustancial con ella y desechar el sueño prometeico
de dominar el universo para asumir la aspiración a una
buena convivencia en la Tierra.
No tenemos tampoco que oponer lo universal a las patrias (familiares,
regionales, nacionales), sino unirlas concéntricamente
e integrarlas en el universo concreto de la patria Tierra. Tampoco
hay que oponer un futuro radiante a un pasado de vasallaje y
superstición. Todas las culturas tienen sus virtudes,
sus experiencias, su sabiduría, y todas sufren de carencias
y de ignorancias. En su pasado es donde un grupo humano encuentra
energía para afrontar su presente y preparar su futuro.
Todos los seres humanos son hijos de la vida y de la Tierra.
Hay que rechazar, pues, el cosmopolitismo sin raíces,
que es abstracto, y abogar por un cosmopolitismo de la Tierra,
por la ciudadanía de nuestro pequeño planeta singular.
Todos los nuevos arraigos étnicos o nacionales son legítimos,
siempre y cuando vayan acompañados de un arraigo más
profundo, en la identidad humana terrestre.
Lo que caracteriza a lo humano es la unitas multiplex: es la
unidad genética, cerebral, intelectual y afectiva de
nuestra especia, que expresa sus innumerables potencialidades
a través de la diversidad de las culturas. La diversidad
humana es el tesoro de la unidad humana, y ésta es a
su vez el tesoro de su diversidad. Del mismo modo que se impone
una comunicación viviente y permanente entre las singularidades
culturales, étnicas y nacionales, y el universo concreto
de una patria Tierra para todos.
CIVILIZAR LA TIERRA
Hay un imperativo absoluto: civilizar la Tierra, lo que no sólo
significa confederar a la humanidad en el respeto de las culturas
y las patrias, sino también democratizar y solidarizar.
Democratizar: la democracia presupone y nutre la diversidad
de intereses y grupos sociales y la diversidad de ideas. Ello
significa que no debe limitarse a imponer la voluntad de la
mayoría, sino reconocer también el derecho a existir
y expresarse de las minorías y de los descontentos. Necesita
consenso en cuanto al respeto de las instituciones y reglas
democráticas, y requiere al mismo tiempo conflictos de
ideas y opiniones que le proporcionen vitalidad y productividad.
Pero la vitalidad y la productividad de los conflictos sólo
pueden darse en el acatamiento de la regla democrática,
que regula los antagonisnmos sustituyendo las batallas físicas
por batallas de ideas y, mediante debates y elecciones, determina
quién es el vencedor transitorio de las ideas en liza.
Solidarizar: sólo
si progresa en solidaridad puede una sociedad progresar en complejidad.
La complejidad creciente conlleva en efecto un aumento de las
libertades, de las posibilidades de iniciativa, de las posibilidades
de desorden, tanto fecundas como destructoras. El extremo desorden
deja de ser fecundo y pasa a ser principalmente destructor,
y la extrema complejidad se degrada en desintegración,
con la desmembración de los componentes de un todo. La
reinstauración de la coacción puede mantener,
evidentemente, la cohesión del todo, pero en detrimeto
de la complejidad. La única solución integradora
favorable a la complejidad es el desarrollo de la auténtica
solidaridad, no impuesta, sino sentida y vivida interiormente
como fraternidad. Esto, que es válido para una patria
en particular, debe aplicarse ahora a la patria terrestre común.
Surge aquí el problema
de la reforma del pensamiento y el del replanteamiento de la
educación. No puede haber conciencia de todos estos problemas
si no hay un pensamiento capaz de ligar las nociones desunidas
y los saberes compartimentados. Los nuevos conocimientos gracias
a los que descurbrimos el lugar que ocupa la Tierra-patria en
el cosmos, carecen de sentido mientras permanezcan aislados.
La Tierra no es la suma de elementos distintos (planeta físico
+ biosfera + humanidad), sino una compleja totalidad físico-biológico-antropológica
en que la vida es una emergencia de la historia del planeta
y el hombre una emergencia de la historia de la vida.
El tipo de pensamiento fragmentario, que desmenuza todo lo que
es global, ignora por su propia naturaleza el complejo antropológico
y el contexto planetario. Ahora bien, no basta blandir el estandarte
de la globalidad, hay que asociar sus elementos en una articulación
organizadora compleja, hay que contxtualizar la propia globalidad.
Se impone una reforma del pensamiento que engendre un pensamiento
del contexto y de la complejidad.
El pensamiento del contexto: la política, la economía,
la demografía, la ecología y salvaguardia de la
diversidad biológica y de la diversidad cultural deben
concebirse en términos planetarios. Pero inscribir en
un marco planetario todas las cosas y todos los hechos no es
suficiente; hay que buscar siempre la relación de inseparabilidad
y de interretroacción entre todo fenómeno y su
contexto, y de todo contexto con el contexto planetario.
El pensamiento de la complejidad: hace falta un pensamiento
que una lo que está desunido y compartimentado, que respete
la diversidad y reconozca al mismo tiempo la unidad, que trate
de descubrir las interdependencias. Un pensamiento multidimensional
y organizador que conciba la relación recíproca
todo/partes y que, en vez de aislar el objeto estudiado, lo
considere en y por su relación autoecoorganizadora con
su entorno. Un pensamiento que reconozca su carácter
incompleto y negocie con la incertidumbre, sobre todo en la
acción, pues sólo hay acción en lo incierto.
POR UNA RECIPROCIDAD GLOBAL
A lo largo de la historia se ha visto muchas veces que lo posible
se torna imposible, pero también se ha visto que lo inesperado
se realiza y que sucede lo improbable en vez de lo probable.
Hoy día sabemos que las posibilidades crebrales del ser
humano permanecen en buena parte sin explotar. Como las posibilidades
sociales guardan relación con las cerebrales, nadie puede
asegura rque nuestras sociedades hayan agotado sus probabilidades
de mejorar y de transformarse y que hayamos llegado al final
de la Historia.
La posibilidad antropológica y sociológica de
progreso restaura el principio de esperanza, pero sin certeza
"científica" ni promesa "histórica".
Es una posibilidad incierta, que depende mucho de la toma de
conciencia, de la voluntad, de la valentía y de la suerte.
De modo que tomar conciencia es algo urgente y primordial. Estamos
comprometidos a escala planetaria en la obra esencial de la
vida, que es resistir a la muerte. Civilizar y solidarizar la
Tierra, transformar al género humano en humanidad, pasa
a ser el objetivo fundamental de todo proyecto que aspire, no
sólo al progreso, sino a la supervivencia de la humanidad.
La conciencia de que todos somos mortales debe llevarnos a una
solidaridad y una conmiseración recíprocas, de
cada cual con cada cual y de todos con todos.
EDGAR MORIN, sociólogo francés,
es director de investigaciones emérito del Centro Nacional
de Investigaciones Científicas de Francia (CNRS). Entre
sus publicaciones recientes cabe mencionar Autocrítique
(1994) y en colaboración con Brigitte Kern, Terre-patrie(1993)
Artículo reproducido de la revista "El Correo de
la UNESCO"